Enfrentamientos sin dimensión religiosa

Los enfrentamientos entre las milicias de Zintan y las de obediencia salafista alcanzaron su punto máximo en junio de 2013, causando más de diez muertos en pocos días.

En los numerosos enfrentamientos que sacuden a la nueva Libia, las líneas divisorias que presentan los medios de comunicación extranjeros, en particular la que existe entre islamistas y seculares, tienen escasa importancia. En cambio, están sobre todo relacionados con las rivalidades entre regiones o ciudades, y con comportamientos en el régimen anterior.

La sesión inaugural del juicio de Seif al–Islam Gadafi tuvo lugar el 19 de septiembre 2013 en la ciudad de Zintan, a unos cien kilómetros al sur de Trípoli. Es en ese lugar donde el segundo hijo de Muamar Gadafi ha estado detenido durante casi dos años, y no en la capital libia como anunció en varias ocasiones el organismo interino que asume las funciones de un Ministerio de Justicia en Libia. La primera audiencia duró sólo unos minutos, el tiempo de fijar la fecha de comienzo del juicio: 12 de diciembre. La información no tuvo una difusión importante en la prensa internacional; sólo se informó de que Libia confirmaba su intención de no trasladar al acusado a la Corte Penal Internacional, como ésta había solicitado formalmente al gobierno libio. Sin embargo, el hecho revela la dificultad de la reconstrucción del Estado en Libia, que se enfrenta a intereses en conflicto entre las regiones, las ciudades, las tribus y los clanes, todos ellos fuertemente armados.

Lucha de influencias

Sobre un fondo de enfrentamientos entre milicias cuya lealtad a Trípoli es cambiante y cíclica, el predominio de lo local sobre lo nacional no ha cesado de aumentar desde la caída del régimen de Gadafi. En este sentido, la decisión de las autoridades de la ciudad de Zintan de negarse a entregar al hijo del coronel a las autoridades centrales es emblemático de esta fragmentación del país.

Esta “resistencia” de la pequeña ciudad de Zintan (bastión de la tribu del mismo nombre), cuya población no excede de 30.000 habitantes no se limita sin embargo a este enfrentamiento en torno al juicio de Gadafi. En los últimos meses, sus milicias, que se han desplegado en el sur desde la caída del régimen con el fin de “asegurar” los campos petroleros, no han dudado en utilizar la fuerza para defender sus intereses económicos y mantener su influencia en la capital. A finales de agosto, hicieron detener la producción de petróleo y gas en los campos bajo su control, argumentando que las cantidades de petróleo exportado declaradas por las autoridades no coinciden con las cantidades reales y que los responsables de la empresa nacional desvían una parte de los beneficios (lo que, sin duda, no está lejos de la realidad). En Trípoli, las citadas milicias se opusieron desde la caída del régimen a las milicias del carismático líder salafista Abdel Karim Belhadj, que desde entonces han prometido lealtad al Consejo Supremo de Seguridad de la ciudad (institución teóricamente dependiente del Ministerio del Interior, pero en realidad completamente independiente).

Profundas divisiones

Lejos de apaciguarse con el tiempo, en la capital los enfrentamientos entre las milicias de Zintan y las de obediencia salafista alcanzaron su punto máximo en junio de 2013, causando más de diez muertos en pocos días. Aclamados por muchos residentes de Trípoli en agosto de 2011, los Zintan son ahora ampliamente impopulares en la capital libia y también en su región de origen de las montañas del Oeste: las poblaciones bereberes que participaron en la insurrección de 2011 no parecen apreciar los “delirios de grandeza” de esta pequeña ciudad árabe.

Este caso podría ser anecdótico a escala de Libia entera, si no fuera emblemático de una situación general en la que los “ganadores” de la guerra de 2011 pretenden transformar su peso militar y su “legitimidad” revolucionaria en capital económico y político. En diversos grados, este mismo complejo de fuerza e impunidad se puede hallar en las ciudades de Misrata y Zawiya, en las poblaciones toubou del sur, o incluso entre segmentos de la población de la Cirenaica. Estos últimos, orgullosos de su papel al frente de la insurrección y con la fuerza de su orgullo regional o tribal se autonomizan de hecho “poder central” de Trípoli. Las milicias “autonomistas” de la Cirenaica, a semejanza de las de Zintan, al oeste, bloquean desde el 27 de agosto las exportaciones de petróleo de la región, que representan dos tercios de las del país.

Por el contrario, regiones y poblaciones enteras acusadas, con razón o sin ella, de haber apoyado el régimen anterior están ahora condenadas al ostracismo en la nueva Libia. La actual línea de fractura se encuentra pues ahora entre estos dos polos y no entre “islamistas” y “liberales” como a menudo se presenta de una manera caricaturesca en la prensa extranjera. Así, para los Zintan, por ejemplo, la lucha contra las milicias salafistas es más una lucha por el control del territorio y la influencia que una lucha ideológica.

Recuperar la cohesión nacional

Otro tanto sucede en Bengazi, donde los asesinatos de funcionarios han aumentado en los últimos meses. Sus víctimas son principalmente ejecutivos que hicieron su carrera bajo el antiguo régimen, pero que sin embargo se unieron enseguida al levantamiento. La ausencia de ideología en la mayor parte de los conflictos actuales dejará evidentemente de ser aceptable cuando se plantee la cuestión de la elaboración de una Constitución y la referencia a la sharia en la misma.

Es en esta perspectiva que se debe analizar la cuestión de la “Ley de Exclusión Política”, aprobada en mayo de 2013 por el Consejo General de la Nación (parlamento) bajo la amenaza de las milicias. Esta ley pretende de hecho excluir de todos los puestos públicos o semipúblicos a los libios que sirvieron bajo el régimen anterior. En previsión de la deriva previsible de esta ley de exclusión, el Consejo adoptó el 23 de septiembre una ley de justicia transicional, que en teoría debería proporcionar un marco jurídico a las prácticas de exclusión.

Paralelamente a la reconstrucción del Estado en Libia, la cuestión de la reconciliación nacional, por lo tanto, constituye el tema prioritario en un contexto en que la guerra civil no sólo ha militarizado las mentes, sino que también ha roto una identidad nacional frágil, a cuya construcción, paradójicamente, el régimen autoritario del coronel Gadafi había contribuido significativamente.

Patrick Haimzadeh es un exdiplomático francés destacado en Trípoli de 2001 a 2004, autor de Au cœur de la Libye de Kadhafi, Jean-Claude Lattès, 2011.

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