Enfermos por el Ramadán

Todo se altera en Afganistán durante el mes sagrado del islam Los restaurantes están cerrados y hasta la programación de TV cambia

El doctor Barialay coge el libro de registro y cuenta cuántos pacientes llegaron al hospital de Wazir Akbar Khan, en Kabul, con indisposición o fuerte dolor de barriga. "Unos veinte desde el inicio del Ramadán", acaba diciendo. Todos sufrían de lo mismo: comer en exceso y demasiado deprisa, después de horas de ayuno.

El Ramadán es ese mes sagrado del islam, en que los musulmanes ni comen, ni beben, ni fuman, ni mantienen relaciones sexuales desde el alba hasta que el sol se pone. En Afganistán no sólo trastoca el estómago de algunos. Altera la vida de todo el país. Este año el mes de ayuno empezó el 10 de julio.

Las oficinas gubernamentales cierran a la una de la tarde, en vez de a las cuatro como es habitual el resto del año. A partir de esa hora, resulta casi imposible dar con nadie. El país se sume en un sopor generalizado. "Yo rezo y leo el Corán", comenta Ahmad Rahman Gul, representante comercial en Kabul. Es de los pocos. La mayoría de afganos y afganas reconocen que por la tarde se dedican a dormir a pierna suelta. Es la única manera de aguantar sin beber durante tantas horas y a pesar del calor asfixiante. Las temperaturas en Kabul ascienden estos días a los 35 grados centígrados. En otras partes del país es aún peor: superan los cuarenta.

"A veces tengo tanta sed que me resulta difícil hablar", Akbar Khan, un agricultor anciano de barba blanca, describe la sensación angustiosa en las últimas horas de sol, hasta que a las 19.20 horas en punto, cuando ya está anocheciendo, el mulá llama a la oración y por fin se puede romper el ayuno. "Cuatro o cinco vasos de té, y dos o tres de agua", Islam Mohammadi, un joven afgano, explica qué bebe para aguantar todo el día sin una gota de líquido.

"Medio melón, cuatro vasos de té, y un litro y medio de agua", enumera otro. Y todo eso de madrugada. A las dos todo el mundo se levanta para comer y beber, porque a las 3.15 horas el imán vuelve a llamar al rezo, antes del amanecer. Pero ni por ésas. A las dos de la tarde muchos admiten tener la boca seca. Y así durante treinta días, en los que todo en Afganistán se rige por ese horario. Por ejemplo, la electricidad.

En Qala-e-now, la capital de la provincia de Badghis donde el grueso de las tropas españolas están destinadas en el noroeste de Afganistán, sólo hay electricidad cuatro horas al días, de las siete de la tarde a las once de la noche. No es así dentro de la base militar española, donde el suministro es permanente con generadores. En Ramadán hay una hora extra de luz, de las dos a las tres de la madrugada.

"¿Me puedo lavar los dientes durante el día?", pregunta un telespectador en una cadena de televisión. Porque los programas de la pequeña pantalla también cambian. Los imanes responden a los fieles que exponen sus dudas por teléfono. También se hacen mesas redondas en las que se comenta el Corán. Y por supuesto, todas las cadenas de televisión retransmiten en directo la llamada a la oración.

En Ramadán no se celebran bodas, ni fiestas. Las panaderías están cerradas por la mañana, y los restaurantes no sirven comidas hasta el anochecer. En Kabul sólo están abiertos los considerados restaurantes para extranjeros, que cuentan con vigilancia armada en la puerta y ofrecen un menú occidental a precios también occidentales. Fuera de ahí, se considera de muy mala educación comer y beber en público, aunque no se sea musulmán.

"Ganamos la mitad que otros meses", explica el responsable de un restaurante de Kabul, Raibullah Nuri, que reconoce que, sin duda, el Ramadán perjudica su bolsillo. "Pero lo respetamos y honramos. Es un mes sagrado", añade. Todo sea por Dios.

Ramadán en Afganistán

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