En nombre de Dios

Mientras los obispos vascos reiteraban su apoyo al proceso de paz en Euskadi, al cardenal Cañizares –tan partidario de convertir la unidad de España casi en el undécimo Mandamiento de la Ley de Dios- se le ocurrió otro toque de nacionalcatolicismo. Ahora, el arzobispo de Toledo reclama que se instale de nuevo el crucifijo en los edificios públicos.

Tras proclamar que “no es posible un Estado ateo” porque “si al hombre le faltase completamente Dios, dejaría de existir”, Cañizares arremetió contra “el laicismo esencial” y alertó acerca de los intentos que, según él, hay en la España actual de borrar a Dios. “Es importante –dijo- que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada”. Para alcanzar tal objetivo, exhortó a “que Dios esté presente, por ejemplo, mediante la cruz en los edificios públicos”.

No sólo abunda el integrismo, o el fundamentalismo, entre los musulmanes. Se encuentra también en la religión hebrea. Y, por supuesto, en algunas de las diversas versiones  del cristianismo. Hoy explica elplural.com hasta qué punto Bush y los suyos respaldan movimientos ultramontanos como los de la Iglesia de los Bautistas del Sur. EEUU sería en realidad el “pueblo elegido”, dispuesto –entre otros menesteres- a satisfacer “la justicia divina” atacando regímenes y naciones “opuestas a los designios de Dios”. La denominada Coalición Cristiana es una de las bazas más poderosas de la derecha americana.

Bush se muestra a menudo partidario, en la práctica, de transformar la Administración norteamericana en una especie de neoteocracia.  La mentalidad perversa de las Cruzadas, propia del cristianismo medieval y del renacimiento –enfrentado a la no menos terrible Guerra Santa de los seguidores de Mahoma- está aflorando de forma vertiginosa en nuestros días. Se emplea al Dios de cada cual como un arma arrojadiza contra los enemigos.

Deje en paz el cardenal Cañizares a los crucifijos en su arrogante obsesión de hacer grande a Dios. Si existe, Dios no necesita que nadie le haga grande. Lo es en sí mismo, omnipotente y omnipresente. Tranquilícese, monseñor, y deje de hacer el ridículo en nombre de Dios. O sea, no utilice el nombre de Dios en vano (Segundo Mandamiento).

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