«En materia económica la Iglesia se comporta como una puta, como la gran puta de Babilonia»

El escritor y colaborador de Nuevatribuna Víctor Moreno lamenta en esta entrevista que en España «el laicismo se confunda con una especie de «comecuras» al estilo decimonónico».

Librería Cazarabet (Teruel) ha conversado con Víctor Moreno Bayona, autor del libro Santa Aconfesionalidad, virgen y mártir (Editorial Pamiela, Pamplona). Un libro que completa su ensayo anterior, Los obispos son peligrosos aquí en la tierra como en el cielo.

Librería Cazarabet | Víctor, estamos a punto de iniciar 2015 y deberíamos decir que estamos viviendo en un Estado Laico porque así lo recoge la Constitución, pero eso no es así en la práctica… Coméntanos.

Víctor Moreno Bayona | Sólo existe una declaración en el artículo 16.3 diciendo que en el Estado “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Ni siquiera aparece la palabra laico en la Constitución, palabra que todavía vuelve catatónica perdida a la Iglesia.

En primer lugar, hay un problema de fondo, de mentalidad, por el que la sociedad se sigue rigiendo por atavismos seculares y en los que Iglesia y Estado han convivido la mar de bien a lo largo de la historia.

En segundo lugar, hay un problema de voluntad política o, mejor dicho, de no-voluntad, de no querer llevar a la práctica las exigencias que de dicha formulación constitucional se derivan. De hecho, desde que se aprobó la Constitución en 1978 no ha habido ningún decreto, ni orden, ni ley que aplicase lo que supone el carácter no confesional del Estado. Un decreto ley donde se ordene la retirada de los crucifijos de las instituciones públicas, donde se mande retirar la cruz presidiendo la entrada de los cementerios, donde se anule la presencia de los curas en los hospitales públicos, donde se niegue la presencia de capillas en las universidades, donde se obligue a no asistir a los políticos a misas, procesiones, en representación de la entidad política a la que representan, donde se castigase a quienes consagraran su ciudad a una víscera metafísica… y así sucesivamente.

De esta manera también podemos decir que lo de una sociedad laica es algo como de “papel mojado” porque en realidad… ¿cuál es la realidad? O sea: ¿La sociedad española en qué punto se encuentra, respecto al laicismo?

No se encuentra en ningún lugar. El laicismo no se ha estrenado todavía en España. Es un concepto virgen. La Iglesia, junto con los poderes políticos y, para qué engañarse, apoyándose en una sociedad permisiva con la institución eclesial, no se ha interesado jamás por dicho laicismo y menos todavía por aplicarlo en la esfera pública. La defensa del laicismo no da votos. La palabra laicismo despierta muchas suspicacias, porque es un concepto no normalizado. En la mentalidad social, el laicismo se confunde con ateísmo, con anticlericalismo, y con una especie de “comecuras” al estilo decimonónico.

No se ha hecho pedagogía política de lo que supone el laicismo, como signo de una racionalidad asentada en el pensamiento individual, autónomo, consensuado, plural, ajeno a las intromisiones de principios y dogmas que, no solo no se basan en una realidad empírica, sino que, además, no son compartidos por toda la sociedad.

El laicismo es la base fundamental de la convivencia democrática. La calidad de una democracia se podría medir por el nivel de funcionamiento laicista de la sociedad. Cuanto menos laicismo, peor democracia.

¿Y respecto al aconfesionalismo?

Si no se entiende el laicismo, menos aún se comprende en la práctica en qué consiste la no confesionalidad de las instituciones públicas pertenecientes al Estado. Se encuentra en el mismo plano conceptual de enmarañamiento que el laicismo; se sigue confundiendo aposta con el anticlericalismo y con el ateísmo.

Pero la no confesionalidad no es incompatible con ser creyente. Tanto el laicismo como la no confesionalidad son cuestiones geométricas, higiénicas y profilácticas, que buscan la separación entre conceptos, entre la inmanencia y la transcendencia, la autonomía y la heteronomía, la Iglesia y el Estado, Dios y el César, Rouco y el Código Civil.

Se trata de establecer los límites espaciales de actuación de una esfera y otra. Y, sobre todo, que ninguna de ellas intervenga en la vida y desarrollo de cada una imponiendo sus criterios de forma exclusiva y excluyente.

Que la Iglesia siga actualmente haciendo prevalecer los principios canónicos y evangélicos por encima de los principios del Código Civil y de los derechos humanos es algo inconcebible en un Estado de Derecho no confesional. Que los actos de pederastia cometidos por un cura sean considerados pecados y los de un pederasta laico como delitos, es una vergüenza pública, que deja ver el sometimiento vergonzoso del Poder civil al Poder religioso.

¿Y el anticlericalismo?

El anticlericalismo es un invento de la propia Iglesia con el que se quiere motejar el comportamiento de quienes piden mayoría de edad y respeto a la sociedad.

Hoy día, quienes son más conscientes de estas esferas de las que he hablado, no nombran para nada el anticlericalismo. No lo necesitan. Para aborrecer a la Iglesia jerárquica e institucional se basta ella sola.

Ahora bien, si el anticlericalismo sigue entendiéndose como una oposición radical a que la Iglesia siga organizando la vida de las personas siguiendo imperativos y dogmas no consensuados civilmente, pues bien venido sea. Es un anticlericalismo urgente y necesario.

Has sido profesor de secundaria, bueno de ESO y vinculado a la escuela pública; así que va a ir muy bien preguntarte: ¿Se puede entender una Escuela Pública con las religiones, sean cuales sean (aunque solo sea una) en las aulas?

Lo que sucede con la enseñanza de la religión en la escuela pública es, ni más ni menos, que la dejación del poder político ante las exigencias de la Iglesia. La escuela pública es una institución aconfesional, por lo que la única manera de que se respete en el currículum escolar a todas las religiones es no hacer caso a ninguna de ellas. Pero el Estado sigue complaciendo a la Iglesia Católica de un modo escandaloso.

Es verdad que la Constitución dice que los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la iglesia católica y demás religiones, y que garantizarán el derecho de los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral acorde con sus convicciones. Todas estas declaraciones son pura contradicción con un Estado Aconfesional. Por tanto habría que derogar dichos artículos.

Además, en esas declaraciones no se deduce automáticamente que haya que enseñar obligatoriamente religión en las escuelas públicas. Esto no se dice en ningún lugar de la Constitución. El problema sigue radicando en el Concordato de 1953 y los acuerdos con la santa Sede formulados en 1976 y 1979. De hecho, la cooperación que establece la Constitución se traduce, en la práctica, más que en cooperación, en sometimiento a un nacionalcatolicismo pasado de rosca y que bien puede definirse como fascismo de la fe.

En los pueblos, Víctor, este fenómeno que llamamos de “enmascarar la Escuela Pública” con todos sus valores es más traumático, quizás porque nos conocemos todos más y nos es más “difícil” romper con lo de “dar religión”… ¿Cómo lo ves?

Las gentes de los pueblos, con raras excepciones, se dejan llevar por la inercia de lo que llaman tradición y por el aforismo universal de que “siempre se ha hecho así”. Muchos padres no ven el alcance nocivo que tiene encharcar la conciencia de un niño con nociones y dogmas que no hay por dónde cogerlos, y, en especial, la noción de pecado.

El respeto obediente y sumiso a las creencias religiosas por encima de las leyes y de lo que establece la propia Constitución constituye uno de los graves inconvenientes que habrá que superar para que la sociedad sea capaz de distinguir ambas esferas, la de la tradición y la del Código Civil.

Si los padres quieren que sus hijos sigan embotándose la racionalidad con la religión, allá ellos y sus conceptos de respeto y libertad. Pero, si lo hacen, háganlo en el templo, en la iglesia, no en las instituciones públicas, porque estas deben regirse no por el criterio de la estadística o de las mayorías, sino por el respeto al pluralismo. El hecho de que la iglesia controle la mayoría de los pasos simbólicos de la sociedad –bautismo, confirmación, comunión, matrimonio, extremaunción- hace muy difícil que las personas escapen a dicho control eclesiástico, negador de la autonomía individual. En este sentido, el nacionalcatolicismo sigue como en el franquismo.

Vamos a ver: si hablas con la gente y el perímetro es amplio te encuentras de todo. Pero hoy por hoy, con muchos agnósticos y gente que derechos van hacia el considerarse ateos, pero, aun así… no hay fiesta del pueblo que no esté vinculada a un patrón, virgen, celebración religiosa… ¿cómo se entiende esto?

Mucha culpa de todo la tiene la tradición, palabra con la misma raíz que traición. Actualmente, funciona como una súper norma, por encima de la propia ley. Es difícil oponerse a la tradición que es el argumento de quienes no tienen más que decir. “Esto se hace porque se ha hecho siempre así. Y punto”. Por esa regla de tres, podríamos seguir practicando el canibalismo, la eterización rectal y el lanzamiento deportivo de ovejas desde el campanario.

El problema añadido a esta tradición es que, además, es una tradición religiosa, simbólica, confesional, no ajustada a la Constitución.

La participación de los ediles en las misas y procesiones de los pueblos es incongruente con sus cargos públicos. Pueden asistir a dichas procesiones, pero no deben hacerlo si dicen que respetan el pluralismo de la sociedad en que viven. ¿Quiere esto decir que estoy en contra de las procesiones confesionales? No. Solo pido que las organice la iglesia y pida permiso a la autoridad municipal para hacerlas en un día y hora señalados. Pero el ayuntamiento no debe para nada meterse en semejantes fregados. Y si hay ediles que quieren asistir a tales manifestaciones, porque ello forma parte de sus convicciones y creencias personales, pues muy bien, que lo hagan, pero tendrán que hacerlo como individuos a secas, mezclándose entre la gente y sin representar para nada al ayuntamiento.

Y lo de los edificios es también cierto: ¿por qué tiene que haber un crucifijo en muchos Ayuntamientos, aulas…etc.? (Si todos los practicantes de diferentes religiones quisiesen lo mismo tendríamos las paredes de los Ayuntamientos con multitud de signos religiosos… porque o todos o ninguno)

Los hay, porque se incumple la Constitución. En este sentido, todas aquellas instituciones públicas, sean escuelas, ayuntamientos, hospitales, cementerios, universidades, bibliotecas, que permiten la ostentación de cruces o símbolos religiosos confesionales están fuera de la legalidad, y se pueden denunciar ante la justicia correspondiente. Están cometiendo lo que podría llamarse con toda propiedad “delitos confesionales”.

Lo mismo pasa con el hecho de que los curas hisopen, es decir, bendigan –menuda palabra en un contexto de no confesionalidad institucional-, un edificio público o un parque con la asistencia de los poderes públicos. Siento decirlo, pero se necesita disponer de un casquete cerebral muy especial para caer tan bajo en la escala de la evolución racional.

Son muchos los que a la hora de jurar cargos lo hacen encima de una Biblia, con el crucifijo y mencionando a Dios…y eso que la Constitución (¡la intocable Carta Magna!) nos “dice” que España es un estado no confesional… ¿Para cuándo un alto en estas prácticas?

¡Para el próximo milenio! Parece hasta mentira que individuos con cerebros perfectamente amueblados, que hayan, incluso, participado en la elaboración de ese articulado constitucional, se arrodillen a continuación ante un crucifijo y juren esto y lo otro. Esto pertenece a una España negra, oscurantista, encharcada en un nacionalcatolicismo propio, no ya de los obispos de la santa Cruzada del 36, sino de tiempos Recaredo y su santa madre. ¡Es pura superstición! Lo mismo daría jurar ante una calabaza. Si al menos el hecho de jurar ante la biblia o ante un nazareno constreñido les impidiera cometer a posteriori o en diferido latrocinios a manta, aún.

Ponen a Dios como testigo en un Estado Aconfesional y se quedan tan panchos. Ya solo por estos detalles de delicadeza jurídica y constitucional, el personal debería mosquearse de todo político que jurase sus cargos ante un crucifijo. No es de fiar. Se está escaqueando de su responsabilidad civil, para trasladarla a otra esfera que no hay por dónde cogerla. De hecho, ¿a cuántos políticos sinvergüenzas ha acusado la propia Iglesia por haber blasfemado, es decir, por haber tomado el nombre de Dios en vano cuando juraron sus cargos? En buena lógica, tendría que excomulgarlos…

En el libro te aproximas a diferentes lugares de Navarra donde la práctica del laicismo no es más que una patraña ¿Tiene mucho, esto también, de hipocresía? ¿Qué tiene Navarra respecto al laicismo que no tenga otra parte del Estado… es que el ser una de las cunas principales del “rancio tradicionalismo carlista” la hace como especial?

Más que hipocresía, yo diría que es falta de conciencia, lo que es muchísimo peor. El hipócrita tiene remedio, cosa que el inconsciente, no. Y cuando esa inconsciencia se apoya en los modos de actuar tradicionalmente, el cuadro clínico está más que servido. La inconsciencia se convierte en pandemia. ¿Navarra más meapilas que el resto? Para nada. En el aspecto del incumplimiento constitucional, se diferencia el canto de un euro del resto de las ciudades españolas. Navarra no es especial. El llamado tradicionalismo carlista está presente en muchas ciudades españolas aunque no hayan notado jamás de la presencia de un carlista.

En mi opinión, toda España participa al mismo nivel de este “meapilismo” institucional. Lo peor está cuando hay ciudades que pretenden ser más nacionalcatólicas que otras. El caso de Zaragoza durante las fiestas del Pilar da miedo en este sentido.

¿Todavía nos cuesta mucho el catolicismo a cada uno de los españoles, seamos o no creyentes…? (estoy hablando de cómo financiamos a la Iglesia Católica de Roma) ¿Sería hora de desvincularse de los acuerdos y concordatos con la Iglesia de Roma?

La Iglesia es una rémora económica importante para el erario, que es, también, aconfesional. Siendo, después del Estado, la empresa más rica de España, sigue percibiendo cantidades desorbitadas del Gobierno, y eso que en los acuerdos de 1979 anunciaba que poco a poco se iría haciendo mayor y dejaría de esquilmar las arcas del Estado, y, por tanto, su financiación correría a cargo de su patrimonio. Tararí que te ví.

Lo de la Iglesia y el dinero es un cuento macabro. No es de extrañar. La religión tal como la concibe la jerarquía es puro capitalismo. Si las empresas de la electricidad explotan la luz obteniendo millones de ganancias, la iglesia lo hace con el miedo y la irracionalidad de la gente, que todavía sigue anulando su inteligencia con postulados del más allá. Puro soborno. La iglesia en materia económica se comporta como una puta, como la gran puta de Babilonia, que decía el escritor Fernando Vallejo. Lo de las inmatriculaciones de edificios de titularidad pública es una de las mayores vergüenzas de la historia reciente, y contra las que el Estado no ha movido un dedo.

El resultado de la Guerra Civil, con los antecedentes de las políticas de la II República (en el período donde mandó la izquierda con el Frente Popular), ¿no hizo que los vencedores establecieran una política del nacionalcatolicismo que todavía tiene sus derivadas hoy en día…? (estamos como “de resaca” de aquellos años)

Más que de resaca, diría que seguimos con la misma borrachera. El estado nacionalcatólico se cebó con saña en negar todo avance laico debido a la II República.

La única manera de ser español era ser católico. Una cantinela que siguen todavía cantándola el ministro Fernández y la ministra Báñez, la cual no tiene sonrojo alguno en pedir la intercesión de la virgen del Rocío para solucionar la crisis económica. En este campo, no hemos avanzando un ápice. Ni siquiera se consiguió dar un paso al frente con los gobiernos socialistas. Estos siguieron cagándose por los pantalones ante el poder omnímodo de la Iglesia. Sin ir más lejos, ni mandaron al desierto del Kilimanjaro los acuerdos con la santa Sede, ni actualizaron la ley de libertad religiosa que sigue vigente la que se aprobó en 1980. Con los socialistas, el nacionalcatolicismo siguió tan fresco como una lechuga de Groenlandia. Modificar los presupuestos mentales, asentados en una tradición de más de cuarenta años, no es, desde luego, buena actitud si se pretende alcanzar el poder.

Lo de Juan Alberto Belloch es capítulo y aparte, pero hay bastantes en el Estado… mucha romería, muchas capillas, muchas derivaciones de los presupuestos a arreglos en los recintos religiosos, mucha Semana Santa como “evento cultural”… Coméntanos.

La Iglesia debería pensarse haberlo hecho obispo emérito de Zaragoza ahora que Ureña fue cesado por Roma. Su defensa de la presencia del crucifijo en el salón de plenos del ayuntamiento pertenece a la más alta representación de la comedia bufa. Defender a capa y espada el nombramiento de una calle de Zaragoza, dedicada al fundador del Opus Dei, diría que es un insulto a su inteligencia, pero hace tiempo que la perdió. ¿Que hay muchos casos como Belloch? Bueno, en el parlamento de Navarra reciben los parlamentarios la imagen de San Miguel de Aralar y hay que ver con qué unción la besan. De verdad. Esta gente o añora el tiempo de las cavernas o ha perdido el norte de la elegancia política, es decir, del respeto al pluralismo de la gente a la que supuestamente representa. Y, sí, es verdad. En un momento determinado, como es la llamada Semana Santa, en la que España sin ningún pudor se convierte en una romería andante esperpéntica que recuerda a la España Negra que pintara Regoyos a finales del siglo XIX.

¿Cómo es posible que en una España, constitucionalmente aconfesional, los patronos de las ciudades y de los pueblos sigan santos confesionales, muchos de ellos auténticas sabandijas?

¿Qué tiene que pasar para que todo esto cambie? ¿Con un cambio de rumbo y de maneras de entender la política basta?

Yo me conformaría con que se desarrollase una legislación específica en materia de no confesionalidad. Que se elaborasen normas, decretos, órdenes y leyes concretas para articular el ejercicio plural de la no confesionalidad del Estado en todos los ámbitos que le competen.

Los caminos de la religión y de la laicidad no tendrían por qué enfrentarse lo más mínimo.

Una España aconfesional y laica no quiere decir que sea atea y anticlerical.

El cambio de mentalidad social suele venir a veces, y muy lentamente desde luego, por un cambio de legislación, pero, sobre todo, por una aplicación respetuosa de la legalidad en los ámbitos que le competen. Pero mucho me temo que, estando de por medio la religión, intrínsecamente totalitaria, la Iglesia se conforme con dejar al resto del mundo en paz. Es capaz de inventarse una nueva cruzada. La religión es beligerante y fanática per se. Quiere que todo el mundo asista a su templo, que es lo que en griego significa fanum, y de aquí fanático.

Santa aconfesionalidad

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