En el Vaticano, escoba nueva barre mejor, sin cambios de fondo

Francisco cumplió el 13 de abril un mes en el Vaticano. En este lapso tuvo gestos políticamente correctos, propios de un pontífice sencillo. Sin embargo no hubo cambios de fondo en su institución, ni en Roma ni Buenos Aires.

El 13 de marzo salió humo blanco de la Capilla Sixtina y se escuchó a un cardenal francés decir "habemus papam" a los reunidos en la Plaza de San Pedro. El consagrado por una democracia limitada de 115 hombres fue Jorge Bergoglio, quien eligió llamarse Francisco.

El 8 de abril el jefe de la Iglesia mundial tomó el cargo de obispo de Roma, con una misa en la iglesia de San Juan de Letrán. Ambas designaciones, supuestamente orientadas por el Espíritu Santo, lo pusieron en funciones terrenales de gran importancia. La suya es una institución con impacto espiritual sobre 1.200 millones de fieles y una caja financiera de varios miles de millones de dólares.

El plazo transcurrido es muy breve y sería injusto hacer un balance definitivo, casi un golpe bajo. Como el cronista es ateo y bien intencionado, cree que a Francisco hay que darle más tiempo para ver si pone en marcha reformas a un Estado que tiene fallas muchísimo más graves que una mera humedad en los techos.

La inundación que castigó a La Plata y la Capital en los primeros días de abril mereció una donación de 50.000 dólares del Pontífice. Reparar los daños estructurales, originarios y por desgaste, de la cúpula de la Iglesia católica, será algo mucho más gravoso, políticamente hablando. No se trata de una inundación coyuntural sino de un proceso de putrefacción de larga data y que viene de adentro hacia afuera, y de arriba hacia abajo. Las aguas en Tolosa y Villa Mitre, siguieron un camino inverso, y ya se retiraron.

Papa de masas

Este Papa no anda con grandes bonetes y enormes cruces, sino con vestimenta sencilla y una módica cruz. No usa zapatitos rojos sino los de color negro que calzaba en Buenos Aires y que tendrían varios kilómetros de uso. Por ahora no se instaló en el departamento de sus predecesores sino en una residencia más modesta. En la Plaza lo llevan en un Jeep descapotable en vez del blindado de Juan Pablo II, aunque éste lo comenzó a usar luego de un atentado. Y en esas recorridas, el argentino se detiene como un tren lechero, besa bebés, saluda a discapacitados y enfermos, y hasta dialoga con dirigentes de fútbol del club de sus amores.

Su personalidad contrasta con otros Papas, pues pide la bendición del público, antes de darla él, y hasta solicita que recen por él como si los favores del Espíritu Santo no fueran suficientes.

En una foto reciente se lo aprecia sentado junto a otros asistentes a una misa, como si fuera uno más. Eso es inédito en la Iglesia. Por convicción o por cálculo político, Francisco lo hizo. Es impensable verlo a Julio H. Grondona, titular de AFA, por ejemplo, haciendo la cola para sacar su entrada y luego paradito en la popular, como uno más.

Esa forma más humana del pontífice ha tenido su impacto favorable en la opinión mundial y en Argentina. Con la aclaración de que los números pueden tener algo de IVA o inflación "índice Congreso" debido a la Papamanía, lo cierto es que el sondeo de Poliarquía arrojó resultados muy favorables. Su director Fabián Perechodnik aseguró que "el 69% tiene una imagen muy buena del Papa; el 20% una imagen buena; sólo el 5% la calificó de regular, y apenas el 2% dijo tener una imagen mala o muy mala". Hoy es un Papa de masas.

¿Verdad o sanata?

En algunas de las pocas misas que dio, cartas enviadas a políticos y algunas declaraciones, fueron apareciendo otros elementos del pensamiento bergogliano.

Se lo nota como un Papa que enfatiza la necesidad de ser sobre todo pastores y hacer una tarea evangelizadora y proselitista en las respectivas poblaciones, antes que recluirse muros adentro del Vaticano y las iglesias.

Esa orientación luce como acertada, frente a la desviación burocrática del aparato vaticano y el armado político, antes que la puesta de al menos una oreja en las necesidades de la feligresía. Si fueran las dos, oirían mejor…

En la carta a la 105 asamblea de obispos argentinos les pidió ese vuelco de cara a la gente. "La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial, mirarse a sí misma; es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar la dulce y confortadora alegría de evangelizar", los aconsejó sanamente.

La cúpula católica estaba muy divorciada de sus bases, y la línea que preconiza Francisco busca suturar esas heridas. Semanas atrás manifestó que quería una iglesia de pobres y para los pobres. Llegado a este punto surge la gran duda de si se trata de una política verdadera o una sanata (sanata escribió el cronista, no Lanata, que es parecido).

Si fuera sincera aquella preferencia por los pobres, el Pontífice tendría que disponer la venta de tantos inmuebles y propiedades de la Iglesia, reducir los gastos y la plantilla de funcionarios, dejar en Roma una pequeña delegación y mandar a casi todos los obispos a vivir con los humildes de cada diócesis.

Algo similar le pidió el cura Nicolás Alessio. No tuvo suerte. Fue notificado que con fecha del 6 de febrero pasado había dejado de pertenecer a la iglesia, luego de un juicio canónico donde se lo condenó por haberse pronunciado a favor del matrimonio igualitario. "Igualitario las pelotas", tronó Benedicto XVI. Francisco todavía no había tomado posesión del trono de Pedro, pero puede estar más cerca del alemán que del curita cordobés de real opción por los pobres.

Algunas buenas y otras no tanto

Entre los puntos rescatables de la nueva gestión está el tener un punto de vista de lucha contra la pedofilia en que han incurrido y siguen incurriendo tantos sacerdotes. Las agencias internacionales y los medios monopólicos de Argentina destacaron que Francisco tuvo un gesto de desagrado con un cardenal norteamericano acusado de haber encubierto a pedófilos.

El diario italiano Il Fatto Quotidiano y la agencia EFE publicaron el 15 de marzo que el Papa había visto en la Basílica de Santa María a Bernard Law, acusado de ese encubrimiento en Boston, y "habría comentado a quienes lo acompañaban: 'no quiero que frecuente esta basílica'".

De todos modos, eso no es un gesto de combate contra la pedofilia. Primero, se lo tendría que haber dicho de frente a Law, y no hacer un comentario a sus espaldas, a otros religiosos. Segundo, si Law no fuera a esa basílica y sí a otras, el problema subsiste, como cuando la Iglesia cambiaba de diócesis a un cura violador de menores, que llegaba a otra ciudad y seguía haciendo de las suyas. Tercero, como gesto de rechazo total a ese degeneramiento, se necesitan hechos y no meras palabras. Por caso, sancionar y expulsar de la Iglesia al cura Julio Grassi, condenado a 15 años de prisión pero aún libre y con licencia para dar misa, a diferencia de Alessio, sancionado por sus ideas democráticas y libertarias. Y cuarto, Francisco tendría que abrir un debate sobre el celibato, como algo optativo y no obligatorio. Al tornarse más normal la vida de los religiosos, sin prohibirles el sexo ni la familia, podría bajar el índice de aquellos delitos.

De esas cuatro sugerencias por ahora no hay nada, en particular de las últimas dos.

El Papa designó a una comisión de ocho cardenales para que en equipo lo ayuden con las posibles reformas a la organización de la curia. Si bien esa medida tiene su lógica, hubo rechazo a uno de los nominados, el chileno Francisco Errázuriz, obispo emérito, por haber encubierto varios casos de pederastia del ex párroco de El Bosque, Fernando Karadima.

Cuatro cortitas y al pie

En relación con Argentina, el Papa recibió a la presidenta e intercambió sonrisas y buena onda. Pero también le dio audiencia al ultra-reaccionario monseñor Héctor Aguer, obispo de La Plata. ¿Por qué no les abrió las puertas a Estela de Carlotto, titular de Abuelas, o Hebe de Bonafini, de Madres, que viven en esa ciudad de las diagonales? Privilegió a Aguer, a cuya diócesis envió los 50.000 dólares por las inundaciones, que debieron haber sido girados al gobierno nacional o en su defecto al de Daniel Scioli.

Siguiendo con el tema inundaciones, el Pontífice privilegió a Scioli y en menor medida a Mauricio Macri, sin hablar con la presidenta de la Nación, el país afectado por ese drama. En cambio, habló por teléfono con el primero y le envió una carta muy amigable al segundo.

En tercer término, su telegrama de condolencias al primer ministro británico, David Cameron, por la muerte de Margaret Thatcher, ofendió a argentinos y británicos que sufrieron el accionar de la Dama de Hierro imperial; unos por la guerra de Malvinas y otros por el ajuste brutal en el empleo y el Estado de bienestar.

Y por último, con la carta a la 105 Asamblea de Obispos de Argentina, en los hechos ratificó la posición de esta cúpula en contra de la democratización de la justicia. Actuando casi como colateral de Macri y Clarín, el cardenal José M. Arancedo -con lenguaje sibilino- pontificó contra los cambios en un poder judicial anquilosado por los privilegios. Es casi imposible pensar que lo hizo sin la bendición de Francisco, que sigue siendo Bergoglio.

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