Emtrevista al profesor Henri Peña-Ruiz: «La religión fuera de las aulas me parece un principio de justicia»

Entrevista a Henri Peña Ruiz: «Llevar símbolos religiosos en la calle debe ser libre, pero la escuela es de estudio, no de manifestación»

Henri Pena-Ruiz, profesor de Filosofía Política en el Instituto de Ciencias Políticas de París, ofreció el miércoles una ponencia en el campus del Milán sobre «La emancipación laica en Europa», programada en el congreso «Una Europa solidaria: ciudadanía y cooperación internacional», organizado por el Instituto de estudios para la Paz y la Cooperación.

¿A qué se refiere con la expresión emancipación laica?

Se refiere a la separación de la política y toda forma de dominación religiosa. El concepto de emancipación tiene un sentido jurídico. Significa la conquista del ser humano de su autonomía, que dispone de sí mismo en vez de ser hijo de alguien. Pero la emancipación política o intelectual necesita de la socioeconómica, si tengo el derecho pero no los recursos para poder ejercer estos derechos, se quedan en el abstracto. Yo me definiría como un filósofo de la emancipación.

¿Supone la emancipación laica relegar a la religión?

Sí. Pero hay que matizar, porque hay muchos contrasentidos. La laicidad nunca ha sido algo contra la religión, significa separar el Estado, las instituciones públicas, de toda dominación religiosa. Cuando la religión se define como una fe, una realidad espiritual de la que cada uno extrae preceptos éticos, no presenta ningún problema; es una idea esencial del ser humano. Pero cuando la religión pretende imponer su ley al ámbito público, se transforma en un producto de dominación política. La lucha de la emancipación laica no es para destruir la religión, sino para rechazar la confusión de ésta con la política y que se convierta en una cuestión de elección de los creyentes, una elección particular o del campo jurídico privado, que no solo incluye la libertad individual o colectiva. La laicidad tiene una definición muy sencilla: es la separación del Estado de toda dominación de una espiritualidad particular.

¿Quiere decir entonces Estado agnóstico?

Podríamos decirlo así, si queremos decir que el Estado no elige ni la espiritualidad religiosa ni el humanismo ateo. La laicidad no es la dominación del ateísmo. Pero prefiero decir que el Estado no se mete en cosas de religión, está afuera de eso y su papel se dedica únicamente al bien común a todos.

En España la idea de la laicidad plantea el debate de la financiación de la Iglesia.

La financiación sigue un principio muy sencillo: ¿quién paga impuestos? Todos los ciudadanos. Por lo tanto, el origen del dinero público es universal. ¿Quién cree en Dios? Ciertos, que pueden ser muchos, pero no son todos. Entonces puedo decir que la religión es algo particular. De ahí se deduce el principio de no financiación pública de la religión; lo que es de unos no puede ser impuesto a todos. Por eso me parece contrario a la igualdad de derechos admitir la financiación pública de las religiones.

¿Y cómo sustituir la labor social que realizan religiosos y organizaciones católicas?

Puede ser que una organización católica, pero también una de humanistas ateos, dé una ayuda a pobres, intervenga como ONG… pero esto no se hace para tener dinero ni privilegios públicos. Lo hace porque es un compromiso ético y no sé por qué este compromiso ético tendría que desembocar en un privilegio público de financiación.

Por último está el debate sobre la enseñanza de religión en las escuelas.

La educación sigue el mismo razonamiento: los institutos públicos tienen chicos y chicas que vienen de familias ateas, agnósticas o creyentes. Se les ha de proporcionar una educación universal. El humanismo ateo no se ha de imponer en una clase; la creencia religiosa, tampoco. Es muy sencillo: lo que es de todos, lo que es universal, tiene un sitio legítimo en la escuela, pero la religión es de algunos y no tiene sitio en la escuela pública.

¿Y qué pasa con las familias que quieren dar una educación religiosa a sus hijos?

Las familias religiosas tienen la libertad de dar una educación religiosa a sus hijos, pero a su cargo, no al de todos. Si en nombre de la libertad de las familias y los padres de recibir la educación que quieren se reconoce un derecho a los creyentes, ¿por qué no se reconoce a los ateos? Reconocer derechos a unos y no a otros es discriminación. La religión fuera de las aulas es un principio de justicia.

Algunos sectores argumentan que los niños necesitan recibir a través de la escuela una educación moral, cómo la que proporciona la religión.

La ética y la moral puede fundamentarse en otra cosa que la religión, no sólo ella procura educación moral. Hay quien no cree en dios y respeta perfectamente la moralidad, y hay quien cree y no lo hace. El general Franco era un gran creyente y eso no le impidió matar a centenares y millares de españoles. Hay que desconectar una exigencia universal de ciudadanía y comportamiento ético y cívico de la opción particular que es la fe.

En Francia se prohíben los símbolos religiosos en las escuelas. ¿No es una forma de coartar la libertad?

No, porque la libertad de expresión no implica un privilegio. La libertad de expresión de los creyentes se desarrolla en la casa del creyente y en la casa de los creyentes, que es la iglesia, pero nada más.

Pero tampoco pueden llevar los símbolos en el cuerpo. En concreto, es polémico el asunto del velo islámico.

Llevar símbolos en la calle tiene que ser libre, pero la escuela pública no es cualquier lugar, tiene una especificad: acoge a todos sin hacer diferencias de origen. La escuela pública es un lugar de estudio sereno, no de manifestación. Me parece que sería peligroso admitir las manifestaciones ostensibles de religión en la escuela porque se corre el peligro interiorizar la guerra de los dioses, como decía Max Weber, en el espacio escolar. Por eso me parece justa la ley que neutraliza la escuela.

Cambiando de tema: ¿cuál es el análisis que usted hace de los disturbios en los barrios de inmigrantes en Francia?

Eso necesita una larga y muy seria respuesta. Para resumir, diría que el origen de los disturbios está más en la discriminación social que en el sistema de la República en sí mismo. La gente de la inmigración padece hoy más paro y más discriminación que el resto de la población. Entonces, aunque no se puede explicar del todo ni justificar la violencia, sí hay que reflexionar sobre los tipos de causas que originan una situación así. Es evidente que hay cierta parte de la población que padece más paro que la otra, tres veces más parados entre los inmigrantes, que viven en barrios ya «guetizados», fuera del juego social normal, y que estas causas producen rebeldía.

Ha escrito usted un libro sobre la filosofía de la felicidad. ¿Cuál es su idea de la felicidad?

La filosofía es una búsqueda de sabiduría y un arte de vivir. El arte de vivir es el arte de cumplir con la humanidad, desarrollarla y expresarla de la mejor manera. Yo he tratado de recoger algunos de los mejores consejos que los estoicos, los epícureos, los spinozistas… han dado sobre la forma de llegar a la felicidad.

¿Podría citar alguno de estos consejos?

Spinoza dice que «todo aumento de la potencia de entender provoca una gran alegría y todo incremento de la potencia de poder provoca un aumento de la potencia de actuar. Todo aumento de la potencia de actuar provoca alegría, y la alegría en sí misma desarrolla la potencia de entender». Eso me parece una ética de la felicidad y de la ilustración bonita; recordarla es importante.

¿Y a qué escuela filosófica se adscribe?

Me considero un ecléctico. Casi todos los filósofos, cuando son grandes, nos traen algo importante. En cierta manera, cada autor dice la verdad.

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