El vaticinio

Tanto hablar de la necesidad o no de revisar la Constitución que nos rige desde 1978 (para muchos granítica, para otros anacrónica y para Merkel un tebeo fácil de ser reescrito a su dictado), y resulta que pocas semanas han sido suficientes para probar que no hace falta modificar nada para que las cosas cambien; basta con tener la necesaria y sincera voluntad política de moverse dentro de los márgenes de la propia Carta Magna. Así, la nueva ola de regidores municipales salida del 24-M no ha hecho sino ampararse en la madre de las normas para dejar claro con sus primeras decisiones que vivimos en un Estado aconfesional.

Los ayuntamientos de Zaragoza, La Coruña y Santiago (en este, el alcalde incluso desestimó acudir a la ofrenda al apóstol el 25 de julio) han sido de los primeros en aplicar el laicismo a su gestión, separando la senda institucional de los caminos de las religiones, en especial de la católica, que tantas autopistas sin peaje tiene en España. ¡Anda, la cartera!, dirán muchos solcialistas como en el anuncio de los Donuts, ¡pero si era posible!.

En paralelo, colectivos como Movimiento hacia un Estado Laico (MHUEL), muy activo por ejemplo en la polémica de las inmatriculaciones de la Iglesia, han redoblado sus esfuerzos difundiendo unos argumentos que cada vez tienen más adeptos, abriendo muchos ojos y cerrando otras tantas bocas.

También en la calle se percibe cada vez más (caso de Huesca) una corriente antitaurina cuyos ecos están llegando a los despachos. Palma, por ejemplo, se ha declarado ciudad antitaurina por iniciativa del equipo de Gobierno (PSIB, MÉS y Som). Otros ayuntamientos, mientras, han optado por priorizar las subvenciones hacia otras partidas, dando indirectamente un rejonazo al mundo del toro, que quién sabe si ha entrado en una larga cuesta abajo pese a estar tan enraizado en la sociedad.

A todo ello habría que sumar las inquietudes antimonárquicas y, por supuesto, lo que pueda ocurrir en el plebiscito catalán y la conclusión es clara: hemos tenido que esperar más de 30 años y otra Transición para que el vaticinio de Alfonso Guerra cobre al fin sentido: a España no la va a reconocer ni la madre que la parió.

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