El Vaticano es superfluo

rlanda ha anunciado el cierre de su embajada en el Vaticano, ya que “no produce nada a nivel de inversión”, según lo expresó el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Como dije cuando comenté el (hasta entonces inédito y hasta ahora único en el mundo) posicionamiento firme del gobierno irlandés ante la “Santa” Sede por el asunto del informe Cloyne, no suelen verse noticias de Irlanda en Alerta Religión, pero en este caso hay una justificación. Irlanda es el país católico europeo: el prototipo, el modelo de país de población devota y a veces fanáticamente católica en un continente cada vez más secularizado, el bastión de resistencia ante el anglicanismo y el protestantismo, el único país del Primer Mundo (y de gran parte del resto también) donde todavía en los años 1990 podía plantearse seriamente que las parejas casadas no tuvieran derecho a divorciarse. El cierre de la embajada manda un mensaje a nivel europeo y a nivel mundial, y el mensaje es: no nos importa tener relaciones diplomáticas con ustedes.

Este mensaje es aún peor de lo esperable. Irlanda no retira simplemente su embajador por el escándalo causado por los curas abusadores de niños. Ese gesto hubiera sido potente y desafiante; éste parece más bien de un desprecio desapasionado, distraído. La embajada se cierra porque no vale la pena tenerla abierta. ¿Para qué tiene un país embajadas en otro? Para negociar tratados más fácilmente, para realizar eventos interculturales, para poner cerca a funcionarios y empresarios, para hacer cócteles y fiestas: para socializar. La gerontocracia que hoy reina sobre el pedazo de Roma que Mussolini les concedió a los papas hace casi un siglo no vale eso. ¿Qué puede obtener de la Iglesia Católica un país moderno, salvo obstáculos para el progreso? El Vaticano es la sede de una organización religiosa con franquicias a nivel mundial, al que sólo una tradición difícil de romper le garantiza un lugar entre las naciones. Tener una embajada ante la Santa Sede es como tener una embajada ante Walmart.

Ojalá Irlanda sea sólo el primer país en terminar con esta farsa.

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