El Vaticano, ¿en el apogeo o en la decadencia?

S in duda, los seguidores de Benedicto XVI, y con él la Iglesia Católica oficial, después de las recientes jornadas de la juventud, en Madrid, pensarán que el Vaticano se halla en su apogeo. Pero a la vez, existe un sector nada despreciable de católicos (clérigos y laicos), principalmente de a pie, que no están de acuerdo con las formas en que esa visita papal se ha llevado a cabo, y que el Vaticano está manifestando, más bien, con estos hechos, estar en el delirio y la decadencia. Como siempre, hay razones para todas las posturas, pero esas razones no tienen, casi nunca, la misma validez, unas son probablemente más objetivas que otras.

Yo, al alinearme con los de a pie, voy a exponer las razones por las que considero al Vaticano en su decadencia, en especial en las democracias occidentales. A todas luces es evidente la disminución del número de clérigos y de católicos practicantes; los no practicantes (una gran mayoría), creo que sólo se llaman católicos por tradición y con la finalidad de arrimar el ascua a su sardina, lo que hacen bien tanto los poderes políticos como religiosos. Por este motivo, el Vaticano trata de paliar esa doble disminución, de formas diversas; por un lado, con manifestaciones multitudinarias, donde dominan el boato y la pomposidad, es decir, con acontecimientos externos, propios de una religión que da más importancia a lo externo que a lo interno, a los dogmas, la teología y la liturgia, que a la verdad espiritual y al cristianismo vital; por eso existe, en su seno, una gran oposición entre estas dos posturas.

Por otro lado, el Vaticano es un experto en lanzar acusaciones y malentendidos de cualquier clase, como el recurrir casi siempre a un «laicismo radical y agresivo» o al rechazo del cristianismo, en avance en Occidente, según la Jerarquía católica. Hoy, esa clase de laicismo sólo existe en sus mentes, pues el laicismo actual es una corriente de pensamiento totalmente respetuosa con todas las opciones religiosas, que se basa en la defensa de los derechos humanos y se opone simplemente a la injerencia de las iglesias en la vida civil. En cuanto al rechazo del cristianismo, creo que se trata de un rechazo a los poderes y privilegios de las jerarquías eclesiásticas, no al auténtico mensaje cristiano. Este Vaticano, con su jefe a la cabeza, el Papa. Pero, como casi siempre, esas son las palabras, los hechos son otros. Lo dicen los propios clérigos, más partidarios del cristianismo vital que de toda esa parafernalia.

Y viene bien esto a cuento, porque El Vaticano se ha erigido en un Estado (ficticio, por supuesto), pero que consigue con ello que su cabeza, el Papa, sea recibido a veces por los jefes de Estado y de Gobierno, de Estados reales. Parece ser la prueba evidente de que a la jerarquía eclesiástica le va la religión institucionalizada, con su poder temporal y material, de ahí sus inmensas riquezas y su afán por que su jerarca sea recibido «con todos los honores de un jefe de Estado».

Es esto lo que no toleran los católicos fieles a los orígenes del cristianismo, que preferirían que se presentara únicamente como el cabeza de su iglesia y con aires más humildes. Jesús de Nazareth se opuso a todos los poderes, civiles y religiosos, pues era consciente de que el desprecio y la humillación del hombre vienen, sobre todo, de los poderes instituidos, porque no consideran a todos los seres humanos como hermanos e iguales en esencia, no creen en su valor interno, sino que practican la dominación y la esclavitud de unos sobre otros. Por otra parte, un Papa que dice a los jóvenes de hoy que sólo se puede seguir a Jesús dentro de la iglesia, es otra gran mentira (todos los poderes están rodeados de grandes mentiras, que el hombre actual va felizmente descubriendo). Benedicto XVI ha olvidado los evangelios, donde se manifiesta claramente que la Buena Nueva, el mensaje cristiano del amor y la fraternidad, va dirigido a todos los hombres y a todos los pueblos de todos los tiempos, sin excepción. De ahí que aún hoy siga vigente, y tanto o más fuera que dentro de la iglesia católica.

Estos hechos llevan a considerar, con gran fundamento —creo, la decadencia del Vaticano y de la jerarquía católica, cada vez más alejados de la vida real de los pueblos y de sus propias bases, y empeñados, ante todo, en permanecer en su aureola de privilegios y servilismos, impropios de este tercer milenio, en que los nuevos aires de fraternidad, unidad y de defensa de los derechos humanos están creando —a pesar de todas las trabas y dificultades— una nueva humanidad más justa, tolerante y pacífica. Benedicto XVI probablemente vibre en esta línea con las palabras, como todos los que detentan algún poder, pero no con los hechos.

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