El valor de la virginidad

Confieso que me sorprendió. Valencia. Obispo pontifical para una ceremonia en la que tres mujeres iban a consagrar su virginidad a Dios. Traje de chaqueta blanco. Blanco el velo. Mitra y casulla blancas. Entrega de anillos como símbolos de santo desposorio. Velo revelador de la llegada del espíritu santo. Dios planeando sobre tres cuerpos tumbados boca abajo, aceptando una virginidad de lirios, de azucenas, de claveles. Como María Goretti, aquella niña meta de nuestra infancia en colegios religiosos.

Virginidad, valor supremo. Maternidad, luz en el cristal, sin romperlo ni mancharlo. Porque se rompe y se mancha cuando se abre al amor, al escalofrío del beso, del tacto, de la donación suprema. Porque se mancha ella, sólo ella. El amor, el dolor, la ternura la anegan hasta los ojos. La mujer pierde, se pierde, se aleja de su dignidad nunca reconocida.

Digámoslo sin tapujos: la dignidad de la mujer, su grandeza, viene dada por unos centímetros. Y a esta visión han colaborado las religiones, todas las religiones. Y de se actitud se desprende una superioridad, una supremacía del hombre sobre ella. Se desprende  un desprecio para labores eclesiásticas. Y no hablo sólo del cristianismo, sino en general. Los libros sagrados y su posterior desarrollo hermenéutico están llenos de humillación hacia la mujer.  La alabanza hacia alguna en particular viene fundamentada en su virginidad, mantenida a costa incluso del martirio, de la ofrenda sacralizada antes que perdida. Sin romperse ni mancharse, como una transparencia inmaculada, limpia y por tanto admirable.

La doctrina católica, no siempre basada en el evangelio, sino imitadora de otras religiones, ensalza hasta el paroximo esa virginidad. Debe guardarse  hasta el matrimonio tras el cual es lícito perderla como mal menor, dado que la perfección máxima es resguardarla durante toda la vida. El matrimonio y lo que conlleva es una concesión graciosa a la debilidad humana. De ahí que el varón la prefiera virgen, porque a él hay que concederle la prerrogativa de ¿degradar, de manchar? a la esposa.

Cuántos crímenes amparados en conceptos inasumibles en el siglo XXI pero que siguen siendo estandartes de grandeza. Cuánta deformación de conciencias por postulados erróneos. Cuántos valores subordinados a una concepción puramente métrico decimal.

Una visión predominantemente andromórfica del quehacer humano deforma la historia de la humanidad como esfuerzo solidario de la construcción del mundo. Pero además degrada a ese prójimo con el que edificamos la vida y la conducimos a su culminación. La visión varonil de Dios nos da una idea de le relegación de la mujer a un plano secundario. La glorificación de la mujer en base exclusivamente a su virginidad, degrada a toda aquella cuya decisión es vivir la hondura de la comunión sexual.

La Jerarquía católica sigue en su obcecación virginal. No busca la salvación integral del ser humano, sino sólo de su alma. En cuanto a la mujer, marginada y arrinconada en su tarea eclesiástica, persiste en su única y exclusiva grandeza: la virginidad. ¿Hasta cuándo semejante reduccionismo con la consiguiente marginación de la dignidad femenina?

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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