El uso del niqab, un debate abierto

La decisión tomada por el Tribunal Supremo español de anular la ordenanza del Ayuntamiento de Lleida vuelve a poner sobre la mesa el debate en torno a la vestimenta de las mujeres musulmanas.

La sentencia del Supremo contra la prohibición del velo integral en los espacios municipales reabre los interrogantes de la posible compatibilidad entre el Islam y las legislaciones europeas. El Estado español no es el único en haber abierto la veda a medidas coercitivas en relación a la indumentaria de las musulmanas. El Estado francés lideró la cruzada, produciéndose un efecto contrario al deseado, es decir, un aumento de mujeres que optaron por usar el niqab.

Lo que parece ponerse en tela de juicio desde los sectores más críticos es que el debate sobre la prenda suscite tanto protagonismo cuando su presencia no forma parte ni del 0,01% de la población musulmana. ¿Es un problema real o, como se menciona, una cortina de humo?

En reiteradas ocasiones se alude al burka -prenda azul originaria de Afganistán y Pakistán que cubre completamente el cuerpo y que cuenta con una especie de redecilla de tela a la altura de los ojos-, cuando ni siquiera se constata su presencia en el ámbito occidental. Se utiliza como sinónimo de niqab, original de los Países del Golfo, que consiste en un trozo de tela que cubre el rostro. Ambas prendas milenarias, previas al surgimiento del islam, no aparecen mencionadas como tal ni en el Corán, ni en la Sunna (compendio de los dichos y hechos del Profeta), por lo que para algunos no tiene sentido centrar el debate en una dimensión religiosa en apariencia inexistente.

Para el teólogo Muhammad Isa García, «hay posiciones encontradas entre los juristas desde el comienzo del islam sobre qué implica la orden del Corán de dejar caer el manto sobre el pecho» de las mujeres, y «si ello incluye cubrir el rostro o no». En los inicios del islam, «algunas mujeres cubrían completamente su rostro», como por ejemplo «las esposas del Profeta» y otras compañeras, «mientras que existen» pruebas «de la ultima época del islam que hablan sobre mujeres» con el rostro «descubierto», lo que demuestra «que el niqab no era obligatorio, sino la excelencia del concepto del hijab, no exigido a todas las mujeres».

El Sheikh García estudió y vivió en Mecca durante una década, «un lugar donde se enseña que el niqab es obligatorio», aunque, en su opinión, «es recomendado o una opción en todo caso, pero no obligatorio».

«Como occidental» se muestra reticente a las prohibiciones del niqab en el espacio público, porque debería considerarse «ilegal impedirle a una mujer usar la ropa que ella libremente elija». Aun así, entiende y respeta que desde Occidente «se esgrima el argumento de la seguridad» y en el caso de Colombia o México «no recomendaría nunca a una mujer vestir algo así» debido al «grado de violencia e inseguridad que existe» en estos países. «Si esa fuera la excusa de una sociedad para prohibirlo, es decir poder garantizar la seguridad pública, lo consideraría. En todo caso, el no mostrar el rostro es una opción, y quien quiera hacerlo, siempre puede quedarse dentro de su casa».

Y esta misma opción es la que parecen defender algunas mujeres niqabis. Quedar confinadas entre los muros del hogar, desde donde se dibuja una mística de la feminidad centrada en su desarrollo como esposas y madres. Se ofrece una teoría de la domesticidad como respuesta al mensaje de liberación de la mujer occidental en la que cobra protagonismo la obsesiva mirada a la vestimenta femenina. No solo se produce un rechazo a la ropa occidental, sino que bajo el pretexto del mandato religioso se impone una forma de ataviarse que la aleje aún más del espacio público, aunque esté circulando por él.

Sin embargo, no todas las mujeres que defienden y abogan por vestir el niqab asumen este ideario. Mas allá de la utilización política de esa prenda, existen otras mujeres que por diversas motivaciones lejos de quedar reducidas a los muros finitos del hogar se consideran parte activa de la sociedad y del espacio público.

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