El universalismo sin espíritu colonial

Al rendir homenaje a Jules Ferry como defensor de la escuela republicana y laica, denunciando su defensa del colonialismo como una “falta moral y política”, el nuevo presidente francés se inscribe, desde el primer día de su mandato, en un enfoque republicano firme, a la vez antirracista y laico.

No es poca cosa, si se tienen en cuenta los agitados debates que han desgarrado este país [Francia] a fuerza de querer oponer estas dos prioridades. François Hollande ha asumido el riesgo de ofender a la izquierda prioritariamente anticolonialista, pronta a caricaturizar toda ambición universalista y laica como pretensión colonial desde los tiempos de la ley sobre los símbolos religiosos en la escuela pública. Como si la santuarización de la escuela laica, al servicio de la igualdad entre hombres y mujeres y de la emancipación para todos, pudiera ser asimilada a racismo, simplemente porque rechaza el porte del velo.

Los que así razonan parecen olvidar que, en la época de las colonias, el velo no estaba prohibido sino todo lo contrario, era celebrado como el no-va-más del exotismo. Mientras que la aspiración universalista, por su parte, ha deshecho a la vez el totalitarismo y el colonialismo

El universalismo no es hermano del colonialismo, sino exactamente lo contrario del racismo. No se trata de “civilizar las razas inferiores”, como aspiraba a hacer Ferry, sino de velar, al contrario, por la igual dignidad de todos, como le replicaba Georges Clemenceau. Esta sutileza está en el núcleo de la otra izquierda, a la vez hostil al racismo y al integrismo. Esta izquierda se ha dejado la piel en defender esta idea, pero su voz ha sido frecuentemente silenciada por una derecha en el poder para la que la defensa de la laicidad ha podido quedar difusa en un impasse identitario y nacionalista, más susceptible de suscitar rechazo que adhesión.

Los adeptos de esta derecha pasan mucho tiempo en contar el número de extranjeros, el número de votos del FN, el número de banderas extranjeras celebrando la victoria de Hollande en la Bastilla. Si dejaran de lado por un momento su calculadora, se darían cuenta que un soplo de republicanismo igualitario es más capaz de movilizar en favor de la laicidad y de hacer cantar La Marsellesa a los hijos de aquellos que fueron colonizados, que una cantinela nacionalista que da la impresión de querer dominarlos, por no decir civilizarlos.

Recoser los vínculos cívicos

“Podéis estar orgullosos de ser ciudadanos franceses”, les dijo Hollande, recién elegido, en la Bastilla. Al rendir homenaje a Ferry, el republicano y no el colonizador, y celebrar a Marie Curie (una estudiante extranjera que Claude Guéant, ministro del Interior de Sarkozy, habría podido expulsar); al insistir en las aportaciones positivas de la inmigración pero también en la necesidad de unirse en torno a valores como la laicidad, el nuevo presidente francés orienta sus primeros pasos en una dirección y en un sentido bastante más definido de lo que parece.

Ello permite esperar que se recosan los vínculos cívicos que los aprendices indígenas [por los "Indígenas de la República", movimiento anticolonialista y multiculturalista, muy crítico con la laicidad francesa] de un lado y los aprendices racistas del otro se han empeñado en deshacer. No es poca cosa. Pero no basta. Hará falta algo más que palabras, por supuesto, para llegar.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 19 de mayo. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

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