El triunfo socialista preocupa a la Iglesia

España es un Estado aconfesional…en teoría. Porque, en la práctica, como se quejan amargamente las minorías religiosas, reina «un trato de favor y de privilegio» con la Iglesia católica, consagrado por el PP. Pero las urnas han colocado de nuevo a los socialistas la frente del timón gubernamental y los obispos tiemblan. Saben que Zapatero es un hombre respetuoso pero, como buen socialista, hijo de un partido que ha hecho de la laicidad del Estado una de sus señas de identidad. Lo cuenta José Manuel Vidal en La Estrella.

Peligran los privilegios adquiridos. De ahí que, de entrada, la cruz se muestre recelosa ante los nuevos amos socialistas, con los que apenas entabló relación durante estos últimos ocho años y contra los que apostó abiertamente en las últimas elecciones. Muchos dicen que nunca antes se le había visto tan claramente el plumero pepero a la Iglesia.

Según los obispos, el partido merecedor del voto católico en las elecciones generales del 14 de marzo era el que defendiese el derecho a la vida desde la concepción, apoyase claramente a la familia y al matrimonio tradicional, tutelase la clase de religión, rechazase «incondicionalmente» el terrorismo y defiendiese la unidad de España.

¿Había algún partido que cumpliese todos esos requisitos? La nota de la comisión permanente de la Conferencia episcopal aseguraba que «ninguna de las ofertas políticas es plenamente conforme con el ideal evangélico, ni siquiera con el ideal racional de un orden social cabalmente justo». ¿Cómo y por quién votar, entonces? Siguiendo la teoría del mal menor. Como no todas las ofertas políticas son iguales, «es necesario hacer un esfuerzo y optar por el bien posible», después de ponderar «con sentido crítico las propuestas y las promesas» de los distintos candidatos.

Para ayudar a sus fieles a la hora de optar por el partido menos malo de los malos, los obispos españoles señalaban cinco criterios fundamentales. De los cinco, cuatro apuntaban directamente al PP. Algunos claramente como los que preconizaban votar al partido que defienda la familia o apoye «los centros de iniciativa social y la regulación satisfactoria de la enseñanza religiosa escolar». Un apoyo que se plasmó incluso en la atribución a ETA de los atentados de Madrid por parte del Comité Ejecutivo de la Conferencia episcopal: » La organización terrorista ETA ha perpetrado hoy en Madrid el atentado más alevoso y sangriento de su ya larga historia de terror criminal», decía su nota del 11 de marzo.

Pero los católicos no creyeron a sus obispos y muchos votaron al PSOE, primando el no a la guerra por encima del sí a la clase de religión. Y tras la victoria electoral socialista, la jerarquía de la Iglesia va a tener que vérselas con un partido que no va en su carro a misa. Un partido que no les gusta a los prelados y al que acusan de «laicista». Porque, como decía antes de las elecciones el obispo de Huesca y de Jaca, Jesús Sanz, «hay partidos que sencillamente desprecian a la Iglesia, y hacen de su acoso y pretendido derribo, un blasón más de su torpe estrategia, que exhiben antes sus fieles para no defraudar a su parroquia, y lo llegan a hacer con desdén y grosería, porque es el discurso que sus votantes de siempre les pedirán».

Tras la primera sorpresa por el triunfo socialista, la cúpula episcopal ha reaccionado oficialmente con cautela y diplomacia. Y «como ha sido norma habitual después de unas elecciones generales», ha felicitado (por carta) al «candidato vencedor» Y a renglón seguido le ha pedido «clarividencia» y le ha advertido que «el servicio al bien común» incluye también a los católicos.

Según fuentes de la Casa de la Iglesia, sede de la Conferencia episcopal, los obispos «temen que Zapatero cumpla sus promesas y que, como ya anunció, revise la Ley de Calidad y vuelva a colocar la asignatura de Religión como estaba antes, es decir sin alternativa y sin validez académica».

La Iglesia teme que Zapatero cumpla lo de ‘Más gimnasia y menos religión’ en la escuela. De ahí que el secretario de la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza de Andalucía (FERE-A), la patronal de los colegios concertados de la Iglesia, Virgilio Rojo, señale que «no quisiéramos volver atrás», porque «una cultura del hecho religioso es fundamental para entender la historia europea».

La clase de religión en la escuela pública ha proporcionado a la Iglesia, durante todo estos años, una plataforma excepcional de adoctrinamiento y modelación de las conciencias. Una oportunidad de evangelizar a los chavales que, ya desde muy pequeños, no pisan las iglesias, y de «controlar» férreamente a los 18.000 profesores de religión, pagados por el Estado pero seleccionados y renovados anualmente en sus puestos por la Iglesia. Todo un ejército de catequistas disfrazados de profesores. A los obispos se les hace cuesta arriba renunciar a todo eso y volver a la antigua situación de la religión como asignatura «maría» y sin alternativa.

También les preocupa que el nuevo gobierno apueste decididamente por la escuela pública y recorte las prestaciones que tan abundantemente ha repartido el PP entre la escuela concertada. En este sector, la Iglesia cuenta con 2.168 colegios en los que se educan más de un millón de escolares españoles. Por eso, el secretario general de la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza (FERE) ha pedido al nuevo gobierno que «tenga en cuenta también a la escuela concertada, sabiendo que ésta presta un servicio social y que es fuertemente demandada por la sociedad».

Pero si la pérdida de poder en la clase de religión y en la escuela pública sienta a cuerno quemado a los obispos, todavía temen más la posibilidad de que el PSOE denuncie los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, en los que se basan no sólo la clase de religión, sino también los acuerdos de financiación. Hacerlo, sería declarar la guerra no sólo a la Iglesia española sino también al Vaticano.

De ahí que lo que realmente temen los obispos es que los socialistas revisen los acuerdos económicos entre el Estado y la Iglesia, le retiren la financiación estatal y obliguen a la institución eclesiástica a optar por la autofinanciación, tal y como preveían los acuerdos establecidos ya en época de Felipe González.

Peor no se para ahí la lista de contenciosos que pueden abrirse entre el Psoe y la Iglesia. A la jerarquía católica le preocupa, por ejemplo, la eventual limitación o eliminación de la programación religiosa de Televisión española o la laicización total de los organismos y protocolos del Estado (funerales, crucifijos, Biblias, juramentos, etc.).

Si la actitud del PP en el ámbito moral ya disgustaba a los obispos, la del PSOE les produce escalofríos. Temen que el nuevo ejecutivo apruebe una ley de plazos o un cuarto supuesto de despenalización del aborto o que legalice los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Incluso le preocupa a la Iglesia que el gobierno de Zapatero cambie de rumbo y deje de apoyar la mención de las raíces cristianas en la Constitución europea, un asunto menor, pero muy simbólico y por el que Juan Pablo II lleva años luchando a brazo partido, con la oposición frontal de la laica Francia.

Todos estos problemas estaban ya planteados en época de los gobiernos socialistas de Felipe González que, consciente de la influencia del voto católico, utilizó con la Iglesia el pacto y el pragmatismo. Ahora, las cosas han cambiado, el voto católico se ha diluido y Zapatero puede reivindicar con mayor libertad la aconfesionalidad del Estado. Con graves consecuencias para los privilegios de la Iglesia católica.

«Se avecinan malos tiempos para la Iglesia, que se casó excesivamente con el PP y, en contra de lo que suele hacer, no intentó tender puentes con Zapatero, pensando que su acceso al poder era poco probable», dicen los fontaneros de la Casa de la Iglesia, sede del episcopado.

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