El tacto de otra piel

CASI siempre se referían al médico, pocas veces al sacerdote. Lo que más recuerdo de los médicos de aquellos años, cuando empezaba a asomarme a la vida -iba a decir al mundo y sería cierto, todo es mundo, lo que empezaba más allá de la carretera blanca que unía el pueblo con la carretera general, acuérdense de la Cándida Eréndira, su abuela desalmada la sacó a la puerta, o al límite de la aldea, no recuerdo bien, «de aquí en adelante todo es mundo»- es la suavidad de sus manos. O quizá se deba simplemente a que no estábamos acostumbrados al contacto. La mano encima.

 No hablo de eso, sino de tocar, tocar nada más, sin malas intenciones, no era muy frecuente que eso ocurriera y tal vez por esa educación infantil seguimos, muchos, conservando un extraño pudor a la piel; nos, me, sorprende la gente que busca tu piel con naturalidad cuando te habla; el beso suele ser un hábito forzado, la caricia nace paralítica, antinatural. Las manos de los médicos, limpias, suaves, buscaban la garganta, el pecho, los oídos, qué milagro que pudieran saber lo que ocurre ahí dentro, percibirlo con las yemas de los dedos. Llevo a mi hijo al doctor, le oprime suavemente el pecho y me pregunto si él sentirá lo mismo, si también le sorprenderá ese contacto.

Haz lo que digo, no lo que hago. Era una frase muy habitual en los médicos rurales, eran sabios y sabían que la rectitud de la vida se encuentra en la palabra, que la verdad es un consejo, más que un ejemplo. Conocían el cuerpo, que es casi lo mismo que conocer el alma, y sabían de sus miserias, las curaban unas veces, otras no, el enfermo se moría, siempre acabamos muriéndonos, y no tenían más herramienta que la tolerancia. Es más fácil que se mantengan fieles las palabras, los consejos, que los comportamientos. Para eso nacieron los libros, para eso Dios le entregó a Moisés los Mandamientos esculpidos en piedra, para que no cambiaran como las veletas.

Los curas, decía al principio, no, no decían eso. Ellos siempre pretendieron trazar una línea recta, toda la vida han juzgado tanto los comportamientos como los pensamientos. Pensamientos im-puros. Haz lo que digo, haz lo que hago. Menos sabios que los médicos, negaban la evidencia, condenaban desde el púlpito o desde el confesionario lo que nosotros sabíamos bien que hacían. Batalla perdida la suya, Jesucristo parecía más comprensivo, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Los cementerios están llenos de lapidados.

Batalla perdida, digo, por mucho que el Tribunal Constitucional les dé la razón. Pero qué tribunal es ese, qué Constitución es esa que asegura que si se está conviviendo con alguien sin haber pasado por el matrimonio no se está capacitado para ser profesor de religión. No entraré en lo demasiado obvio de que esos profesores están pagados con dineros públicos; dejaremos de lado ese trato preferencial que tiene la Iglesia Católica en sus relaciones con el Estado y que se van renovando con los sucesivos gobiernos. Llevamos siglos pagando rondas ajenas, convites ajenos. Dejémoslo.

Lo que de verdad me interesa es indagar un poco, poquito, en la idea que los curas tienen de las relaciones humanas. De las relaciones sexuales. Creo que todo proviene de que, cuando ellos las tienen, poseen un intenso sentimiento de culpabilidad. La culpabilidad conduce al pecado. Para esa señora, origen de la discusión y de la discutida sentencia del Tribunal Constitucional que autoriza, no la disciplina de religión, de historia de las religiones, sino la más pura y dura catequesis, el hecho de acostarse con un señor cada noche es lo más natural del mundo. Pero los obispos y los cardenales no se lo imaginan así. Cómo lo van a ver de la misma manera si ellos, cada vez que lo hacen, lo hicieron, alguno habrá que lo hizo, han tenido la sensación de estar subvirtiendo y adulterando lo más sagrado. No me gustaría entrar en terrenos escabrosos, dejemos de lado ciertos escándalos sexuales que se han producido. El contacto de una piel diferente, para los miembros ejecutivos de la iglesia, es más sorprendente que las manos del médico sobre mi garganta infantil dolorida. Lo más humano, en fin, resulta pecaminoso si no cuenta con la autorización -no bendición- del cielo.

Volverán -aunque nunca se fueron- los Tartufos. ¿Fue Cristo el que empleó la expresión 'sepulcros blanqueados'? El Tribunal Constitucional autoriza la censura en la vida privada, coloca la apariencia por encima de la esencia y premia la conciencia por encima de la docencia. La decencia. La iglesia católica podrá despedir libremente a los profesores de religión que no lleven una vida acorde a los mandamientos de la santa madre iglesia. Como no resuciten a Santa Oria

No culpo a los religiosos, siempre hicieron lo mismo, tratan de llevar, no el ascua a su sardina, sino la sardina a su ascua. Lo disparatado está en el Constitucional, que admite que algo tan intocable como es la educación se tiña de valores no morales, sino religiosos. Es una senda peligrosa que ya hemos transitado. Y, además, ni siquiera obtiene buenos réditos para la iglesia: sus mayores detractores proceden, en su práctica totalidad, de una educación como la que tanto defienden. Las iglesias no se llenan así.

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