El siglo XXI será laico y espiritual o no será

El siglo XXI será laico y espiritual o no será, se esculpe en la contratapa de uno de los libros de André Comte-Sponville (El Alma del Ateísmo, Paidós, 2009), filósofo francés que se encuentra entre los más apreciados, no solo en su país natal, sino también en los de habla hispana. Ha transcurrido ya un par de meses tras los atentados acaecidos en París en noviembre, y no pude dejar pasar la oportunidad de rememorar su afirmación en esta ocasión tan propicia.

Pero ¿qué es lo que la hace propicia? Acaso solamente un atentado más contra la humanidad bajo un fin religioso, de los que hemos tenido demasiados, o ¿hay algo más tras ello?

La lógica indica que hay algo más tras la muralla de lo evidente, pues hay una paradoja en los libros sagrados que es difícil de hacer entender a la población común. Es extremadamente más simple creer, ya sea en la autoridad divina local o la que se haya elegido, aunque no sea la más común de acuerdo al punto en la geografía. A modo de paréntesis, dejo expuesta la pregunta al lector creyente: ¿qué tan fácil te sería cambiar tu actual dios por el de otra región de nuestro planeta? ¿Es tan válido uno como el otro o solo el dios de tu creencia existe y los otros son falsos?

Los libros sagrados

Retomando la paradoja planteada: esta consiste en el origen pretendidamente divino de cada uno de los libros sagrados de las religiones y, a la vez, en su contenido tan patéticamente humano, no humanista. Justamente por la época en que fueron escritos, contienen un alto contenido violento, intolerante y promotor de conductas prejuiciosas y agresivas que, si bien en ese tiempo fueron algo común, hoy están total y absolutamente fuera de lugar. Conductas como machismo exacerbado o misoginia, violencia contra quien no piensa como uno, xenofobia, promoción o aceptación de la esclavitud, homofobia, entre muchos otros.

Citaré sólo algunos ejemplos, pues existe vasta literatura al respecto. En el caso de la misoginia o machismo exacerbado, podemos citar a Timoteo del libro cristiano, en su capítulo 2:11: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”. O en Génesis 3:16: “A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”. O en el Corán por ejemplo, sura 2, 228: “Las repudiadas deberán esperar tres menstruaciones. No les es lícito ocultar lo que Alá ha creado en su seno si es que creen en Alá y en el último Día. Durante esta espera, sus esposos tienen pleno derecho a tomarlas de nuevo si desean la reconciliación. Ellas tienen derechos equivalentes a sus obligaciones, conforme al uso, pero los hombres están un grado por encima de ellas. Alá es poderoso, sabio”. Eso con el machismo.

Uno que mezcla lo anterior con la violencia extrema, y que hoy ni siquiera la mujer más creyente acepta, es el que aparece en La Biblia, Deuteronomio 22:20,21 que señala: “Si una joven se casa sin ser virgen, morirá apedreada”. O uno que mezcla aceptación y promoción de la esclavitud con violencia, del mismo autor, capítulo 15, 16-18: “Si un esclavo está contento contigo, tomarás un punzón y le horadarás la oreja y te servirá para siempre. Y lo mismo le harás a tu esclava”, o alguno homofóbico y violento: “Si un hombre yace con otro, los dos morirán”, en Levítico 20, versículo 13.

En el libro definido por la Iglesia Católica como el ‘evangelio’ del antiguo testamento y el que ocupa un lugar prominente entre el resto de los libros, Éxodo, podemos encontrar en su capítulo 22, versículo 19: “Al que ofrezca sacrificios a otros dioses fuera de Yavé lo mataréis”, en clara alusión a la no aceptación de otras religiones y, volviendo a la esclavitud y a la violencia como un todo, en el libro tan apreciado por la cultura católica, resaltamos el capítulo 21 versículos 2 y 7: “Si compras un esclavo hebreo, te servirá seis años”, “Si un hombre vende a su hija como esclava, ésta no recuperará su libertad como cualquier esclavo”.

Ahora si se cree que la violencia e intolerancia son solo del Antiguo Testamento, recordemos a Mateo 8:12: “Mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes” o en Marcos 16:16 “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”, en clara amenaza a quienes no profesen tal religión. En Juan 15:6 también podemos encontrar una similar: “Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden”.

El antisemitismo del Nuevo Testamento queda de manifiesto en Tito 1:10-11: “Porque hay muchos rebeldes, vanos habladores y embaucadores, sobre todo entre los de la circuncisión, a quienes es menester tapar la boca; hombres que trastornan familias enteras, enseñando por torpe ganancia lo que no deben”.

El Corán tampoco escapa a la violencia y a la intolerancia. He aquí algunos textos que con mucha probabilidad fueron inspiración de los aterradores episodios que se vivieron en la romántica ciudad del amor o ciudad luz europea: “Matadles donde quiera que los encontréis y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es peor que matar. Combatidles hasta que cese la oposición y la adoración debida sea sólo por Alá”, extractado del sura 2:191-193. La enemistad de la religión con el sexo y su pasión por la violencia pública y aceptación de la esclavitud, se muestra ostensiblemente en sura 24:2 “Flagelad a la fornicadora y al fornicador con cien azotes cada uno. Por respeto a la ley de Alá, no uséis de mansedumbre con ellos, si es que creéis en Alá y en el último Día. Y que un grupo de creyentes sea testigo de su castigo”. Conmovedor.

Un siglo laico

Humanos en piel de dioses o dioses en piel de humanos. Sea como se mire, solo queda de manifiesto que el hombre creó a dios a su imagen y semejanza y no al revés. Ahora bien, lanzado el primer dardo en el blanco de la similitud de la violencia e intolerancia no solo hacia las religiones de la ‘competencia’, sino además también a quienes no entran en el juego planteado por ellas, es que cabe responder a la interrogante autoplanteada en el inicio de esta columna: si acaso solo el registro del atentado en París daba pie a la oportunidad de resaltar el deseo de Comte-Sponville acerca de soñar un siglo XXI laico y espiritual.

La verdad es que no únicamente  ese es el motivo. El mes de enero, en su particularidad, tiene una serie de natalicios y fallecimientos notables. Si bien fallecieron Galileo Galilei, Edmund Halley y Albert Camus, en contraparte, vieron la luz de la vida Stephen Hawking, Isaac Asimov, Sir Francis Bacon y Lord Byron. Personajes de la breve historia de nuestra humanidad  – si es que la comparamos con la historia del multiverso –  que tuvieron en sus iniciativas laicistas, no solo el don de contribuir a nuestro conocimiento y desempañar el ocultismo en que nos quisieron envolver las cúpulas eclesiásticas de sus años; sino, además, la valentía de luchar contra la muerte muchos de ellos, que implicaba contradecir la sagrada y oscura escritura que permite dominar con mayor facilidad a la gran masa habitante de cualquier era.

Lo pone de manifiesto Hawking también en su libro Historia del Tiempo, donde confiesa que tras una reunión con la autoridad máxima de El Vaticano, éste les indicó que “estaba bien estudiar la evolución del universo después del Big Bang, pero que no debían indagar en el Big Bang mismo, porque se trataba del momento de la creación y, por lo tanto, de la obra de Dios”. A lo que Hawking se respondió a sí mismo: “Suerte que no conociese (el Papa) el tema de la conferencia recién dictada, pues concluí que el espacio-tiempo es posible que fuese finito, pero sin frontera, lo que significaba que no hubo ningún ‘principio’ ni creación. ¡Yo no tenía ningún deseo de compartir el destino de Galileo, con quien me siento fuertemente identificado en parte por la coincidencia de haber nacido exactamente 300 años después de su muerte!”.

Por suerte ya en la década de los 80, Hawking tampoco se dejó amedrentar ni adormecer por el canto de sirenas que supone la creencia y la comodidad de no investigar para saber, para ir un poco más allá de esa frontera que dibuja el ‘dios quiere’ o ‘dios hizo’.  “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. El opio del pueblo”, decía Marx, “la exigencia de renunciar a las ilusiones sobre su condición es la exigencia de renunciar a una condición que necesita de ilusiones”.

Y bien dormida y sedada que tienen las religiones a la población del mundo en general, a la que aletarga en la comodidad del no saber ni investigar, pues “es más fácil creer que pensar”, afirmaba Einstein.

El trabajo realizado no solo por las figuras nombradas, sino además por muchos otros tanto de renombre como anónimos y el esfuerzo humano por conseguir que la comunicación y, junto a ello, la educación, cultura e información, han permitido que hoy, en los albores del siglo XXI, ya se comience a notar el sueño de Comte-Sponville, el que hace eco en muchos otros y, pese a los últimos estertores de la violencia en nombre de algún dios de turno, las generaciones nuevas han dejado de adoptarlos como modelo espiritual y se han dado cuenta que la espiritualidad misma no necesita de una religión y que hablar de espiritualidad sin dios no es contradictorio ni excluyente, así como tampoco se puede afirmar que espiritualidad y religión son sinónimos.

“Basta con moverse un poco, tanto en el tiempo (hacia la sabiduría griega) como en el espacio (hacia el Oriente Budista o Taoísta), para descubrir que existieron, y que aún existen, inmensas espiritualidades que no eran ni son, en absoluto, religiones en el sentido occidental del término. Si todo es inmanente, el espíritu también lo es. Si todo es natural, la espiritualidad también lo es. Esto, lejos de constituir un impedimento para la vida espiritual, es lo que la hace posible. Estamos en el mundo y pertenecemos al mundo: el espíritu forma parte de la naturaleza” (Comte-Sponville, 2009).

¿Cómo puede esa conclusión del francés no abrir los poros del cuerpo como la más cálida de las aguas, permitiendo que la sustancia que alberga ese pensamiento recorra todas y cada una de las venas de un ser racional y emotivo como lo somos, hasta sentir el escalofrío que permita sacudirnos y sacarnos de encima el polvo vetusto de la realidad actual, que se resiste y se aferra a la política para buscar en la ley civil uno de sus últimos listones de madera que permita a las religiones flotar en un mar que, poco a poco, ahoga sus intenciones de perdurar, cual tormenta perfecta?

La generación actual está más informada y posee acceso al conocimiento, a los avances científicos que buscan verdades basadas en evidencias, a los escándalos surgidos en todas y cada una de las religiones, a los hechos de violencia en nombre de ellas, a la lenta pero segura comprensión de los estados que se tornan laicos, respetando todas las creencias y no creencias, otorgando un imparcial espacio a ellas y a los ejemplos de muchos personajes que no sólo con sus sendos aportes a la ciencia, a la poesía, a la filosofía, sino también a la vida espiritual en sí misma, conforman esta tormenta perfecta.

Nuestro planeta no es más que un punto ínfimo en la vastedad del multiverso, y esto nos debe educar en la humildad, ya que, a su vez, el ser humano es pequeño dentro de la superficie terrestre, lo que nos debe llevar a la admiración de lo conseguido por el hombre y para el hombre, como muestra de la trascendencia que supone una labor pensando en el bien que puede provocar a alguien distinto a nosotros, sin importar la retribución ni el halago. “Me encantan las capillas románicas. Admiro las iglesias góticas. Pero la humanidad que las construyó y el mundo que las contiene, me enseñan mucho más” (Comte-Sponville, 2009).

Con respeto y cariño para el pueblo francés y los ciudadanos del mundo que coincidieron en espacio y tiempo con el macabro atentado en nombre del dios de una religión “de amor”.

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