El sexo de la Iglesia

El alud de acusaciones de pederastia contra sacerdotes ha desarrollado una sensación extraña en quienes nos criamos rodeados de sotanas, y nunca fuimos importunados. En mi irrelevante experiencia personal, nadie coartó mi libertad durante la formación católica obligatoria. El laicismo me ha tratado peor, tal vez por el mismo criterio que fomenta un ambiente más equitativo en un instituto de enseñanza media que una universidad, otra vez mi triste memoria. Con todo, la Iglesia no debe lamentar nunca más una crisis de vocaciones o de compromiso, porque sus funcionarios demuestran una fe absoluta en el sexo. 
El fatigado clisé de que los sacerdotes pontifican sobre el sexo sin practicarlo se ha cancelado por lo penal. En realidad, disfrutaban de una vida sexual muy por encima del grueso de la población. La avidez erótica comienza por la cúpula, porque no de otra forma se explica la tolerancia hacia sus subordinados. Predicaban la castidad en un notable ejercicio de ironía, porque la sabían inasumible por su propia experiencia, con la particularidad de que sólo se desvela la vertiente ilícita de su actividad copulativa. Repasar hoy las disertaciones del Papa sobre los presevativos suscita alusiones que pasaron desapercibidas en una primera revisión. Por supuesto, si el delito lo perpetra un clérigo deja de ser pederastia y se transforma en efebofilia. La culpabilización de la víctima y viceversa.
Discutir sobre el sexo de los ángeles adquiere resonancias preocupantes. Los sacerdotes pillados en falso perdonaban la lujuria en el confesionario, pero sólo tras exigir del penitente una minuciosa contabilidad, para comprobar que no se aproximaba a las proezas del confesor. El escéptico Georges Steiner recuerda que la relación entre profesor y alumno siempre es erótica, mientras se desmantela la ilusión de que los seminarios sofocarían la pujanza sexual, contra la que no prevaleció ni el sida o seguro de muerte. El escándalo confirma que Dios tendrá que salvar a todos los humanos que creó, o no podrá redimir a uno solo.

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