El Ramadán ‘cool’ de Fatma

Rezo en una calle de París.Fatma es una chica moderna. Luce una larga melena azabache que enmarca sus bellas facciones. Ojazos negros y sonrisa blanquísima realzada por una piel satinada de color chocolate. El cuerpo bien proporcionado de los 20 años. Viste ropa ajustada. Tejanos de pitillo estudiadamente rasgados, leggins con minifalda, shorts, camperas… Siempre a la moda. Siempre colgada del móvil y de los SMS. Y siempre dispuesta a salir de fiesta hasta altas horas con sus amigos. Una francesa como muchas otras, hija de inmigrantes magrebís residentes en un barrio obrero de la banlieue norte de París.

En apariencia, el estilo de vida de Fatma apenas guarda relación con la cultura de sus progenitores. Ha estudiado en la escuela laica y no frecuenta la mezquita. Ya ha quedado claro que no oculta su cabello bajo ningún velo. Pero en estos días ha cumplido religiosamente con el ayuno que impone el mes del Ramadán. Cada día ha ido a trabajar con el estómago vacío. Como manda el Corán, no ha comido ni bebido nada desde la salida hasta la puesta del sol. Ni siquiera un poco de agua. Ha recatado su vestimenta. Se ha quitado el piercing. No se ha maquillado. Y hasta ha dejado de ponerse crema hidratante, porque, como dice ella, «el Ramadán es muchas cosas, no solo dejar de comer».

Fatma pertenece a una nueva generación de hijos de inmigrantes que, en lugar de alejarse de las tradiciones de sus mayores para reivindicar su condición de franceses -como hicieron muchos de sus hermanos mayores-, buscan en sus orígenes la identidad que no acaban de encontrar en la sociedad en la que viven. Dentro de esta lógica, hacer el Ramadán ya no es algo desfasado o que se practica más o menos a escondidas. Al contrario. Se considera de lo más cool (enrollado).

El periodo de ayuno gana adeptos cada año, hasta el punto de estar mal visto no respetar este pilar del islam. Fatma se siente integrada en un colectivo que exhibe orgulloso un ritual que les distingue de los demás. Cada día sabe exactamente la hora y el minuto en que finaliza su sacrificio. Los amigos se reúnen a la caída de la noche para comer y celebrar la ruptura del ayuno en torno a un copioso cuscús o una pizza. La práctica incluso ha empezado a extenderse entre los no musulmanes. Algunos por solidaridad con sus compañeros de trabajo, otros como excusa para limpiar el organismo.

El Consejo del Culto Musulmán se reunió el miércoles y, tras consultar el calendario lunar, decretó que el Ramadán finalizaba ayer, viernes, como en la mayoría de países. El inicio de las fiestas del Aíd recibe una importante atención de los medios de comunicación y cada vez son más las ciudades que organizan la celebración en las instalaciones municipales sin que nadie alce la voz en defensa de la laicidad de los espacios públicos. No en vano Francia cuenta con la comunidad musulmana más nutrida -unos seis millones de personas- de Europa. Dos de cada tres afirman seguir el Ramadán. Como Fatma. Para ella la nacionalidad francesa y la cultura musulmana son naturalmente compatibles. El lunes volverá al trabajo armada con una buena capa de rímel.

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