El quinto poder

Si algún poder se merece alcanzar la categoría de ‘quinto’, ninguno acredita más méritos que el religioso. Pocos conflictos exciten en el mundo -por admitir la excepción y no decir que todos- que discurran sin un enfrentamiento religioso.

PARA combatir el poder absoluto, las democracias modernas instituyeron su separación en tres ramas proporcionales: el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial. Sin embargo, si bien este reparto satisface aún la explicación sobre los equilibrios del Estado, hoy aceptamos que hay otros poderes en la comunidad que ejercen un dominio determinante, aunque no sean tan reconocibles ni estén tan formalmente representados.

Apenas había muerto Montesquieu, teórico de la división, cuando Edmund Burke reconoció en la prensa escrita una influencia social tan poderosa como las referidas ramas. Habló de un 'cuarto poder' para identificar el filo crucial de la opinión, y le añadió a la lista. Hoy nadie lo pone en duda. En todo caso, sospecha que ocupa un lugar más alto en la jerarquía, visto cómo los políticos bailan a su son o cómo las ideas son gobernadas, fabricadas e inculcadas por los medios de comunicación.

Luego se ha intentado bautizar otros poderes. Se ha hablado, por ejemplo, de 'quinto poder' en referencia a Internet, pero en realidad no deja de ser una prolongación del 'cuarto'. Otro, más oculto y enmascarado, como el financiero, también ha sido propuesto para ocupar ese quinto espacio, pero no ha prosperado del todo, en parte porque al poder económico no le interesa la publicidad. Aún teme las revoluciones. Además, hoy está especialmente silenciado. El hundimiento comunista ha conseguido -de momento- ocultar a rajatabla la raíz marxista de la libertad. Antes era frecuente denunciar al poder financiero como superestructura que gobierna los Estados, de los que se siente propietaria, pero ahora es una crítica marginal. Baste recordar el tipo de reproches que ha despertado la última guerra imperialista, pues la denuncia a la invasión de Irak se ha hecho como si hubiera estado causada por la ocurrencia necia y personal de un presidente, y no por la oportunidad, servida en bandeja por un grueso atentado, para que los fabricantes vaciasen los polvorines de toda la munición que almacenaban.

Sin embargo, si algún poder se merece alcanzar la categoría de 'quinto', ninguno acredita más méritos que el religioso. Pocos conflictos exciten en el mundo -por admitir la excepción y no decir que todos- que discurran sin un enfrentamiento religioso. Ya el fundador de nuestra cultura, Sócrates, murió acusado de corromper a la juventud y no respetar a los dioses. Y la condena persiste, aunque ahora, con los nuevos tiempos, a los sócrates de la razón los llamen laicos.

La Iglesia es el quinto poder del Estado, aquí y en todas las naciones. Todas las guerras son guerras religiosas: a favor de la religión o contra ella. Y todos los soldados caídos son mártires de una causa religiosa. Es más, todo ejercicio de poder es religioso, porque el poder es un creador de sentido y ningún sentido es más penetrante que el de lo sobrenatural y lo misterioso.

Otra cuestión es que el auge del laicismo y los propios errores hayan conducido a nuestra Iglesia a una situación espesa y, desde que actúa como un partido político, hasta ridícula. No parece acertado que un obispo se deje ver sudando en una manifestación o enunciando falsedades groseras. Su espacio natural es más intersticial y su diplomacia más refinada y astuta.

Pero no debemos engañarnos. El laicismo define a una subespecie humana que solo sobrevive en tiempos de paz. El humanismo es una conquista demasiado vigorosa y desobediente como para que el 'quinto poder' le pueda tolerar. Por ello el mito de la paz perpetua coincide con una esperanza de laicidad y ausencia de religiones. La guerra, en cambio, devuelve el poder a su lugar

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