El puño de Francisco

¿El Papa espera que una ley del Estado sancione y castigue a quien hable mal de la mamá, la propia o de cualquier otro ciudadano que debe gozar de sus mismos derechos? Con todo lo que puede pasar en los tribunales en países como los nuestros, donde el insulto más difundido asocia a la madre con la profesión más antigua del mundo, lo más sabio es tomar la afirmación del Papa en su sentido más limitado y literal: si puedo, lo agarro a trompadas al autor del insulto, o lo demando ante un tribunal civil, pidiéndole resarcimiento por el daño que me ha provocado, como si se tratara de un accidente de tránsito que causó heridas, gastos, etc. ¿También deberían preverse sanciones penales, que establecieran que insultar a la madre sea castigado siempre, independientemente de mi pedido de indemnización? ¿Esto significaría que quien insulta a mi madre debe ser castigado siempre, aun sin, como se dice, una querella de parte?

Pero dejemos de lado a las madres y a otros familiares. En un Estado laico, que no se propone elaborar sus leyes sobre la base de un principio “natural”, el insulto que aquí se trata podría ser castigado penalmente sólo si el parlamento, o cualquier otra autoridad política legítima, lo decidiera en interés de la comunidad. Por ejemplo, como en el caso de Mahoma y de la violencia del extremismo islámico, sólo si el insulto pudiera dar lugar a problemas de orden público. Insultar en artículos y caricaturas satíricas a Zeus o a Odín, dioses a los cuales nadie –o casi nadie, en el caso de Odín– profesa hoy un culto, no daña a ningún interés público, y por lo tanto no debería haber sanciones. Pero el Papa dice que no se debe faltar el respeto a la religión como tal. Por lo tanto, ¿inclusive Odín debería ser tan protegido como el Dios de Moisés, el de Jesús, o el de Alá?

Y el rechazo de los primeros cristianos a quemar incienso frente a la estatua del emperador, ¿debería ser castigado por la ley al ser una falta de respeto por la religión romana? Pienso en lo que decían y aún dicen las novelas de aventuras cuando hablan de la diosa Kali o de otras divinidades del panteón oriental. Y el propio Papa predicando el respeto por las creencias religiosas no pensará poner en el mismo plano a las cristianas con aquellas de quienes adoran a los “dioses falsos y mentirosos” que los soberanos cristianos se apresuraron a prohibir después del edicto de Constantino. Finalmente: la creencia volteriana en la libertad de pensamiento y de expresión ¿no será también una creencia “religiosa”, aunque laica, que merece no ser ofendida?

Como se ve, la sustancia de la posición del Papa tiene que ver con el respeto que se le debe a la persona humana como tal, y no a los principios o a las “verdades” que la persona profesa. Y el límite del respeto de la persona no puede ser otro que la dignidad de todas las personas, que es lo que las leyes deben garantizar. Conciliar la libertad de pensamiento de todos preservando la paz social es lo que la autoridad política tiene que hacer en algunas ocasiones. Se entiende que en sociedades como las occidentales de hoy, con sus complejidades culturales, una acción así se realiza sólo con una alta dosis de pragmatismo laico, es decir, sin pretensión alguna de defender con las leyes verdades absolutas salvo la dignidad ecuánime para todos. Cuantas menos cuestiones de principio se hagan, más en paz se vivirá. Por eso, tal vez, es necesario que el puño de Francisco siga siendo sólo un puño, y no una trompada.

*Filósofo.

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