El promotor de mezquitas

Lo más inquietante es que el dinero para la edificación de templos procede de un millonario sultán árabe que apoyó en su día al régimen talibán.

No corren buenos tiempos para los musulmanes en España. Especialmente estos días, cuando se acaba de cumplir un año de la masacre del 11-M. La negativa al otro lado del teléfono es clara: «El señor Abderramán Ruiz no podrá atenderle esta semana. Inténtelo la que viene».

   Durante cuatro días, mañana y tarde, tratamos de hablar infructuosamente con el presidente de la Comunidad Islámica de España, Malik Abderramán Ruiz, ingeniero de Caminos español de 35 años y que entregó su vida al islam hace una década. El motivo de las llamadas era conocer, de primera mano, el proyecto que esta organización tiene para levantar una gran mezquita, con capacidad para 700 fieles, en el barrio sevillano de los Bermejales. Pero no fue posible.
   Allí, la cesión de 6.000 metros cuadrados de terreno por parte del Ayuntamiento ha puesto en pie de guerra a los 7.000 vecinos de esta zona de expansión de la capital andaluza.

«Creemos que no es lo más adecuado para un barrio en el que casi no existen dotaciones sociales. Queremos que esos terrenos se destinen a fines educativos o sanitarios. Porque, además, aquí apenas vive población musulmana. Y con todo lo que se ha dicho sobre las mezquitas que albergan a radicales islámicos, nos da miedo vivir al lado de una», asegura Concepción Rivas, presidenta de la Asociación del barrio.
   La historia se repite cada vez que se anuncia la intención de un grupo musulmán de abrir un nuevo recinto: protestas vecinales, recogidas de firmas, acoso a los políticos municipales… El año pasado hubo conflictos por este motivo en Alcaçer y Lliria (Valencia) y en Santa Coloma de Gramanet y el barrio de El Raval (Barcelona).

 Sin embargo, y aunque el temor es infundado en la mayoría de los casos, a los estudiosos del tema les obsesiona la pregunta: ¿quién financia las mezquitas que se levantan en España?

   El caso de la Comunidad Islámica es claro. El pasado año, y después de una década de lucha, este grupo consiguió inaugurar una importante mezquita en el barrio granadino de El Albaicín, con un proyecto muy parecido al que ahora quieren implantar en Sevilla: una bonita construcción de estilo clásico andaluz, con mármoles, estuco, madera de cedro, fuentes, un frondoso jardín y varias dependencias: biblioteca, residencia y sala de oración.
   La primera parte de la construcción fue financiada por el difunto rey de Marruecos, Hasán II. Pero a su muerte, en 1999, las obras quedaron paradas. Sin embargo, la visita a la ciudad, en el verano de 2001, del sultán del emirato árabe de Sharjah, Muhammad Al Qasimi, para inaugurar un centro de estudios islámicos, fue providencial.

   Enterado de la situación, el sultán, doctor en Historia por la Universidad de Cambridge, financió el resto de la mezquita cumpliendo así su sueño de devolver a la ciudad de La Alhambra la primera mezquita desde que Boabdil entregase Granada a los Reyes Católicos.
EXPANSION
   El pasado año, el sultán también donó medio millón de euros para la rehabilitación de la muralla Zirí, que rodea a El Albaicín, y ahora ha prometido otros tres millones para pagar la mezquita de Sevilla. Su principal conexión en España es Abderramán Ruiz, con el que ha alcanzado una comunión de intereses que no acaba aquí: la Comunidad Islámica también tiene solicitados terrenos para levantar una gran mezquita en La Rioja y están tramitando la petición para otra en Barcelona, el gran objetivo de todos los grupos musulmanes españoles que no entienden como en una ciudad tan grande no existe un templo mahometano de referencia para sus fieles.
   Sin embargo, nadie olvida que en Sharjah no existe la libertad religiosa y que fue uno de los pocos países que reconocía como legítimo el extinto régimen de los talibanes en Afganistán. Hablamos de un país que nada en petrodólares, y en el que un apóstata del islam puede acabar en la cárcel por el mero hecho de cambiar de religión. Un país sin tradición democrática y con los derechos de las mujeres muy limitados.
   Aunque reconocen que la doctrina que proviene de los Emiratos Arabes Unidos es un «mal menor» comparada a la wahabí de Arabia Saudí, los propios musulmanes españoles no concuerdan con este proceso de «islamización pérsica» que se está produciendo en las mezquitas de referencia levantadas en nuestro país.
   «El islamismo que predican estos emiratos es radical en términos teóricos, con un discurso cerrado que no comparten con otros grupos. Pero el problema no es ése. En España no hay ninguna institución oficial que apoye la construcción de mezquitas por lo que, al final, las tienen que financiar otros países. Y eso, al final, se paga. Si se quiere evitar las mezquitas incontroladas de los garajes, hay que apoyar a los colectivos independientes que lo único que quieren es un sitio para rezar en paz», asegura Abdelkarin Carrasco, presidente de la Comisión Islámica de España, una de las grandes organizaciones musulmanas reconocidas por el Estado español.
   A excepción de la mezquita de Estrecho (Madrid) y la de Granada, el resto está financiada directamente por Arabia Saudí y su corriente wahabí, la más temida en Occidente por sus planteamientos rigoristas.«Nosotros somos, precisamente, un contrapunto para ellos», afirma por su parte Joaquín Nieto, musulmán converso y representante en Sevilla de la Comunidad Islámica. «Nuestro fundador, Shayj Dr. Abdalqadir As Sufi, ya advirtió sobre el peligro de relacionarnos con determinados países: Arabia, Libia o Argelia, por ejemplo, si lo que queremos es difundir un islam limpio ajeno al fanatismo y al resentimiento», añade.
   Como Nieto, otros 2.000 españoles cambiaron un día su religión original para, tras pronunciar la Shahada, convertirse a la religión de Mahoma, hoy la segunda en número de fieles (más de medio millón) en nuestro país. Los de más edad tomaron esta decisión a finales de la década de los 70, cuando llegó a España un escocés llamado Ian Dallas, intelectual de la élite europea de la época, amigo de Federico Fellini y de algunos de los miembros de los Beatles, con la misión de fundar comunidades musulmanas en la antigua Al-Andalus.
CONVERSION
   Imbuido por aquel espíritu del 68, Dallas buscó sus respuestas espirituales en Marruecos en vez de La India, a cuyas fuentes de sabiduría fueron a beber sus compañeros de batalla. De Mekinés regresó con el nombre y título de Shayj Dr. Abdalqadir As Sufi, y con la intención de recuperar el islam más tradicional, combinándolo con el profundo conocimiento del ser humano que aporta la corriente sufista.
   «A través de él nos hicimos musulmanes la mayoría de los españoles conversos. Nos identificamos con la tradición y la jurisprudencia de la escuela Malikí, una de las cuatro principales que tiene el islam y también una de las más integradoras. Y ésa es una garantía de normalidad. Todos esos grupos que se llaman yihadistas, salafistas, wahabíes, etcétera son peligrosos porque no pertenecen a ninguna escuela. Son perversiones del auténtico islam», asegura Joaquín Nieto.
   El Shayj, casi octogenario, vive ahora en Sudáfrica desde donde imparte su doctrina a los miles de seguidores que tiene repartidos por todos los países de la Europa Occidental. Si bien nadie duda de la sabiduría de este maestro sufí, son muchos los que dudan de las alianzas de algunos de sus discípulos…

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