El poder del terror

Los obispos no han condenado, ni de boquilla, al terrorista mejicano que pensaba asesinar con gases asfixiantes a los que se manifestaran contra los gastos, tan ostentosos y antievangélicos, de la visita papal, de cuya JMJ era voluntario en IFEMA. Como tampoco se desligaron del navajazo que un defensor del papa me dio por la espalda hace pocos días, en plena calle Preciados de Madrid, por llevar una pancarta donde, sin adjetivos, señalaba los 50.000 euros que el papa ha dado a Somalia y los 50 millones que va a gastar aquí. Ni condenaron la bomba que puso otro “piadoso” terrorista, en el teatro Alfil lleno de público, al actor Bassi, porque criticaba al papa.
Quien calla otorga; pero los obispos están haciendo estos días algo mucho peor, incitando al odio y agresión a quienes no estemos de acuerdo con su Jefe de Estado, “representante” (¡!) de Jesús, que dijo que su reino no era de este mundo y condenó toda violencia. Han convertido la religión del amor en la del terror, amenazando con el infierno incluso por no ir a misa; y, cuando ya casi nadie cree en tormentos eternos, aprovechan el terror provocado por sus defensores más fanáticos y descerebrados, como lo hacían, no hace mucho, con cruzadas, inquisidores o pelotones de fusilamiento.

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