El PIN, los parientes y el PUK

¿Qué habrá de pasar en esta España nuestra, como diría Cecilia, para que algún día, sus niños, al margen de las ideas políticas, religiosas, éticas o morales de sus padres o políticos, puedan crecer libres, diferentes pero iguales, con solo una máxima que rija sus vidas: la razón y el corazón humanos? ¿Qué miedo tenemos a que nuestros niños crezcan libres y sin prejuicios, a que puedan aprender y debatir de todo aquello que les afectará en sus vidas: desde el amor y las relaciones de pareja hasta su alimentación, desde el medio ambiente hasta su sexualidad, desde ser solidarios hasta cocinar o hacer tareas domésticas, desde saber sus obligaciones como ciudadanos hasta conocer sus derechos como seres libres? ¿Por qué lo normal, incluso bajo gobiernos conservadores en Europa, es aquí lo anormal, lo sacrílego, lo pecaminoso, lo revolucionario, lo rojo…?

Como diría Fernando Fernán Gómez, encarnando a aquel maestro republicano en la Lengua de las Mariposas, “si logramos que una sola generación, solo una, crezca libre, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad”. En la Iberia siempre ha habido quienes intentaron ese sueño, pero todos alcanzaron el mismo destino, sus verdugos siempre fueron los mismos y en nombre del mismo Dios.

Don Francisco Ferrer Guardia, y le llamo don Francisco porque se lo ganó a pulso, ya intentó ese milagro en nuestra tierra hace más de cien años. Crear niños y niñas libres, en un sistema educativo, que hoy, a costa de olvido histórico, nos han hecho creer que lo han inventado los finlandeses, le costó la vida a este alellense en base a infamias y calumnias. Todas, alimentadas por la jerarquía católica y los sectores más conservadores.

Casi treinta años después, decenas de miles de maestros, amparados por una República democrática de izquierdas, intentarían de nuevo una libre enseñanza para niñas y niños. Por ese pecado y otros más de justicia humana, por enseñar a los niños a pensar más allá del temor de Dios, miles de librepensadores, miles de maestros y maestras fueron depurados, defenestrados y asesinados; eso sí, nuevamente, con el beneplácito de los que se arrogaban la justicia divina.

Hoy, parientes orgullosos de aquellos verdugos, con los mismos padrinos, con los que se gastan más dinero en cadenas de veneno y odio que en los pobres, aunque sin bulo papal, vuelven a la carga; con las mismas amenazas que luego acabaron en muerte en el pasado; con las mismas tretas de sus parientes antes de consumar su verdadero propósito: perseguir y acosar la libertad humana, castrar la diversidad, meter miedo y fomentar actitudes violentas.

Lo llaman PIN parental, y tratar de rebatirlo, es como tratar de hablar de las teorías de Darwin con un creacionista, o del cambio climático con un negacionista, o de la paz con un fabricante de armas. Al fascismo, porque no se puede llamar de otra manera a este tipo de ataques a la democracia y a la libertad, no hay que discutirlo, sino combatirlo, eso sí, con la palabra, con la democracia y con la justicia.

Si un PIN es una forma de acceso y control a algo, en este caso a los niños y niñas, debe haber un PIN democrático. No todo vale, no todo puede valer. No puede valer que estén llenando de vídeos falsos, de otros países y/o hechos para adultos, las redes, para hacer creer que a los niños de este país se les enseñan juegos eróticos o sexuales. No puede valer amenazar a docentes; no puede valer la violencia verbal y psicológica para acallar al que se atreve a discrepar o ser libre. Porque si eso vale, ya sabemos a dónde vamos.  La misma historia sucedió hace 80 años.

Es curioso que las derechas y ultraderechas quieran hacernos creer que nuestros hijos, nuestros pequeños, se educan, poco menos, que en orgías en los colegios públicos y aunque eso sea una vil y repugnante mentira. Y no solo es curioso porque ellos “no” llevan a sus hijos a la escuela pública; ni tampoco porque la actual ley educativa sea de su puño y letra, ni porque en España las actividades complementarias sean más excepción y de carácter fortuito que de regla y constancia. Lo es, porque ellos llevan a sus hijos e hijas a colegios privados y concertados, la mayoría bajo la orden o el patrocinio, de quien más pederastas tiene o ha tenido entre sus filas. Pero más allá de toda esta miseria humana, que nada tiene que ver con la ética, ni con los valores de las verdaderas personas cristianas, que merecen todo mi respeto, subyace algo que está por encima de todo. El ruido, el miedo, la discordia, … solo están ahí para entretenernos, para que no miremos a otro lado.

Si el PIN es la clave de acceso y es posible cambiarlo, está la clave inamovible, el PUK, el que da acceso a la verdad, el que no debemos olvidar porque perderemos el acceso a la realidad. Todo este alboroto se produce tras un gobierno de coalición progresista, que aunque tardío por desavenencias matrimoniales injustificables, viene, presuntamente, a cambiar ciertas cosas, a recortar privilegios y a pisar algunos callos.

Tengo muy claro que si a las derechas y ultraderechas les prometieras que no vas a subir los impuestos a los ricos, ni a mejorar las condiciones laborales y salariales de los trabajadores, no habría pines parentales ni otras ocurrencias cavernícolas. Puede que algunos incluso, o muchos, desaparecido el temor de rascarse el bolsillo, como manda ni más ni menos la carta magna, hasta se apuntaran a pasear en el próximo desfile del orgullo gay vestidos de cuero sexy.

Raúl Martín

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