El pecado original de la iglesia católica

La Iglesia Católica tiene un pecado original insalvable, ante el cual parecen no querer redimirse, haciendo que toda su actual intromisión en la vida pública tenga un sesgo imposible de evitar, hasta que no superen su gran error de partida.

Los integrantes de dirigir su organización, es decir, los que se encargan de desarrollar el culto, de la gestión de la – no- renovación del pensamiento teológico y los que marcan los caminos de evangelización, suelen ser todas personas que aceptaron unos votos – voluntariamente- que coartan su libertad personal, sin los cuales no pudieran acceder a puestos relevantes en la misma.

Aunque personalmente veo muy discutible que una organización exija ceder derechos individuales para poder pertenecer a ella y aun respetando – en cierta medida – que así se produzca, lo que no podemos tolerar, es que gracias a que ellos sí están dispuestos a perder parte de su libertad y derechos, crean que pueden exigir al resto lo mismo. Lo que están mal no son las normas de un club que no acceda a que por ejemplo las mujeres puedan estar en su directiva, sino que todos las acepten y no hagan por cambiarlas. Yo no pertenecería a ningún club de este tipo.

Los votos, tanto de castidad (con sus consecuencias sobre el estado civil y la socialización o el comportamiento sexual inherente a no desarrollar algo tan humano) o el de pobreza (que no cumplen y se encuentran en continua contradicción) y obediencia no provocan más que una distorsión en el análisis de la sociedad para aquellos que aceptan cumplirlos. Además, que tantos religiosos hayan accedido a perder estos derechos, les hace creer que tienen una superioridad moral que en verdad no es cierta. Sufren porque quieren, no porque sean mejores.

El ejemplo es el equiparable a trabajadores o empresarios que acceden a perder derechos laborales a cambio de algo que les ofrece un placer personal, por ejemplo ganar más dinero, o acceder a puestos de mayor responsabilidad, y después piden que se cambien los derechos laborales para el resto (claro está sin que aquellos obtengan eso a lo que ellos si acceden a cambio) Pues no, el Estado debe garantizar que nadie pueda fácilmente ni ceder sus derechos (por ejemplo un contrato sin vacaciones por ganar más dinero) ni tampoco puedan mercadear con los derechos del resto (las empresas deben cumplir con las exigencias legales)

Así bien tenemos una Iglesia conducida en su jerarquía (que es la que aquí se critica, no a los pobres fieles que no deciden) por personas que accedieron a perder sus derechos individuales, que cree estar en una posición para disponer sobre los de los demás, por ejemplo en el tema del aborto. ¿Quién va a hablarnos de familias, los más de 18.000 sacerdotes o 60.000 religiosos (entre 50.000 mujeres y 10.000 hombres) que actualmente hay en España que ya renunciaron a crear la suya? ¿Serán los cerca de 2.000 seminaristas que están dispuestos a entregar su futuro a dicha organización? No, señores, ellos no van a decidir sobre los derechos de las mujeres y los hombres de este país. ¿Quién va a decidir quién puede o no casarse? ¿Los mismos que no pueden hacerlo por las normas que aceptan en su organización?

La religión debe de ser un aspecto moral que influya a las decisiones personales de la vida, incluso compartirse comunitariamente entre los que la sienten como forma de existencia, pero siempre que se haga en libertad, es decir, que no intervenga en la vida de los demás que no la comprenden, ni quieren, para conseguir su fin, llámese en este caso, la salvación.

La salvación, desde luego no creo que nadie pensara que pasa por quitar derechos a la mujer. Replanteen su Iglesia que lleva un pecado en su origen, que no les da credibilidad y hará que pierdan cualquier tipo de privilegio que hayan tenido hasta ahora.

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