El pecado de ofrecer biblias a las puertas del instituto

Esto sucedió el pasado lunes en la confluencia de las calles de Pau Claris y Consell de Cent. A Alfred Hitchcock,de ver aquello, ya les aviso, le habría dado un patatús. Pasaban poco minutos de las dos y media de la tarde. A esa hora salen de clase los alumnos del decano de los institutos públicos de Barcelona, el Jaume Balmes, que podría presumir, y no lo hace, de una sobresaliente lista de exalumnos y profesores que por hache o por be, tras 173 años de historia de este centro educativo público, han despuntado en sus respectivas disciplinas profesionales. La cuestión es que en mitad del enjambre que se organiza en esa esquina a esa hora se colaron, con cara de buenas intenciones, un par de señoras que trataban de repartir entre los estudiantes, todos menores de edad, versiones resumidas de la Biblia. “Es gratis”, les decían. Bueno, según se mire. El alma no es poca cosa. Parece que la prédica fue de desierto. Les falló, es un suponer, la mercadotecnia, porque, a ver, a qué adolescente no le pide mambo el hipotálamo si le ofrecen un historión repleto de escenas de incesto (Génesis 19, 31-36), parricidio (Génesis 4, 1-16), canibalismo (Reyes II, 6, 29) y decapitaciones (Marcos 6, 14-29). A lo mejor regresan otro día con la versión ilustrada adults only que en el 2009 el procaz Robert Crumb dedicó al primer libro del Pentateuco. Se los quitarían de los dedos. Es poco probable que suceda.

Puede que algún lector no vea nada inadecuado en ese empeño de practicar el proselitismo a las puertas de una escuela. Si así es, que deje ya de leer aquí (adiós y hasta la próxima), pero se perderá lo de Hitchcock, una anécdota deliciosa recogida por Richard Dawkins en su muy recomendable El espejismo de Dios y, de propina, al final, un revelador lapsus de Joan Rigol hace años que merece no caer en el olvido, por oportuno ahora.

Asegura Dawkins, el rottweiler de Darwin, que el maestro del suspense iba en automóvil por una carretera de Suiza cuando, con respingo incluido, exclamó: “Esta es la visión más espantosa que nunca he contemplado”. Era un sacerdote que conversaba con un niño, al que sujetaba por el hombro con una mano. De aquel episodio, que da por cierto, se asegura que terminó cuando Hitchcock sacó la cabeza por la ventanilla y gritó: “¡Corre, pequeño, corre por tu vida!”.

Hechas ya las presentaciones del caso, la cuestión, muy en serio, es si este tipo de proselitismos a las puertas de un colegio deberían ser mansamente aceptados, como en la práctica sucede. El resultado de una encuesta de proximidad, o sea, a los que están aquí cerca, de dudoso valor estadístico, por lo tanto, sugiere que así es, que por lo general está asumido que no hay nada dañino en ofrecer biblias a los hijos de los otros por la calle. Sorprendente. Y más aún cuando, apenas dos días después de ese suceso a la salida del ‘insti’ (por favor, si vuelve a suceder y van en coche, ya saben, bajen la ventanilla y griten) se acercó un compañero de trabajo, Jordi Cotrinaexcelente fotógrafo, y preguntó si no habíamos notado un incremento de vendedores de la palabra del Señor por las calles de Barcelona. Lo que faltaba.

El repelús (temor indefinido, según la RAE) a lo mejor venía alimentado porque en ese intermedio de dos días el que aquí firma (¡hola, qué tal!) terminó de ver The handmaid’s tale, de lo mejor de las series del 2017, una distopía ultrarreligiosa que Margaret Atwood escribió en 1985, en la que en nombre de las sagradas escrituras se emplea a las últimas mujeres fértiles para que sean fecundadas por los machos de la clase dirigente. Suena tremendo. Lo es. Lo primero es lo primero. Véanla. Lo segundo, abordar hasta qué punto es una paranoia injustificada conectar con un mismo hilo narrativo aquel reparto de biblias del lunes y las desventuras de Elisabeth Moss, actriz protagonista de la serie, pero el caso es que que aquellas dos señoras tan amables (eso no se lo quita nadie) venían en nombre de unas creencias que estigmatizan a los homosexuales (Levítico 20, 13) y que durante siglos, y aún hoy, concede un rol secundario a las mujeres. Vale, aún parece que el hilo narrativo es frágil. Aquí entra en escena el lapsus de Joan Rigol.

Ocurrió con motivo de una reforma de la ley del aborto que impulsó el PSOE en las postrimerías del felipismo. Cuando se tocaba esta materia, la interrupción del embarazo, la tormenta en CiU era habitual. Los diputados convergentes tenían libertad de voto, lo que enojaba a los de Unió. Le preguntaron a Rigol por ello. En un momento de su respuesta, subrayó que “hay un uso social del cuerpo de la mujer que no se puede menospreciar”. Aquello estuvo a punto de acabar como un Deuteronomio 22, 20-21.

En resumen. Corred, pequeños, corred por vuestra vida.

Carles Cols

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.
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