El patrimonio bajo el califato, un arma de doble filo

El templo de Baal Shamin es la última destrucción del legado cultural que ha realizado el IS

Más de 300 enclaves han sido dañados o han sucumbido en estos cuatro años de guerra

Los yihadistas utilizan el tráfico de arte para financiarse y destruyen templos por pura propaganda

Las primeras en padecer la barbarie del califato fueron las ruinas de Mesopotamia, cunas de la civilización plantadas en suelo iraquí. Borradas del mapa a golpe de dinamita y excavadoras, las huestes del autodenominado Estado Islámico se ceban ahora con la joya del patrimonio de la vecina Siria, la ciudad de Palmira. El templo de Baal Shamin, dedicado al dios fenicio de las tormentas y construido en el 17 d.C., ha engrosado la lista del legado destruido por la organización yihadista que controla un tercio de Irak y la mitad de Siria.

«Baal Shamin era uno de los principales monumentos del complejo y estaba considerado su segundo templo en importancia. Había sobrevivido una estancia pero ahora desgraciadamente ni siquiera eso», relata a EL MUNDO el sirio Amr al Azm, profesor de historia y antropología de Oriente Próximo en la universidad estadounidense Shawnee de Ohio.

Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, el IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) colocó una gran cantidad de explosivos e hizo volar el templo hace un mes. El régimen sirio, sin embargo, sostiene que el asalto acaeció el pasado domingo. «El interior fue destruido y las columnas cercanas se derrumbaron», detalló el jefe de antigüedades sirio Maamun Abdulkarim.

Todos los monumentos están ahora amenazados

El templo se hallaba a unos metros del anfiteatro romano usado el mes pasado como escenario por los yihadistas para la ejecución de 25 cautivos. «Palmira es un recinto inmenso de edificios públicos, palacios, templos, cortes y viviendas privadas. Hay monumentos más sobresalientes que el derruido. Todos están ahora amenazados», reconoce Al Azm.

Los acólitos del IS despedazaron el mes pasado media docena de estatuas y en junio hicieron añicos dos tumbas de la antigua ciudad grecorromana, arrebatada el 20 de mayo a las tropas de Bashar Asad. Su páramo es uno de los siete lugares sirios incluidos en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, que calificó ayer de «crimen de guerra» el último zarpazo. Desde hace cuatro años más de 300 enclaves han sido dañados o han sucumbido a una cruenta guerra civil.

La pasada semana los yihadistas redujeron a escombros el monasterio asirio de Mar Elián en Qaryatain, a 85 kilómetros de Homs cerca de la ruta que enlaza Palmira con las montañas de Qalamun, en la frontera con el Líbano. Y decapitaron en público a quien fuera durante décadas el responsable de Antigüedades de Palmira, Jaled al Asaad. Su cuerpo apareció colgado tras negarse a revelar el paradero de cientos de piezas puestas a buen recaudo antes de la llegada del IS.

«Lo conocía bien. Durante décadas lideró la restauración y las expediciones arqueológicas y reunió ese tipo de conocimiento que no se puede obtener en las universidades o los libros. Con su muerte hemos perdido una fuente esencial para comprender Palmira», lamenta el experto.

Siria corre el mismo peligro que Irak

La tragedia que se ciñe sobre la mutilada herencia siria es un déjà vude lo sucedido al otro lado de la frontera que ha deshecho la organización dirigida por Abu Bakr al Bagdadi. En Irak, el IS ha destruido desde finales de febrero la ciudad fortificada de Hatra, capital del imperio Parto y epicentro del primer reino árabe; el museo de Mosul, donde los extremistas desbarataron sus esculturas; las ruinas de Dur Sharrukin, fugaz capital de la civilización asiria durante el reinado de Sargon II; y la espléndida ciudad de Nimrud.

«Nimrud fue una de las cuatro capitales del imperio asirio. Allí surgieron las primeras manifestaciones de ciencia, tecnología, comercio, arte y sociedad civil», explica a este diario Suzanne Bott, una conservadora estadounidense que trabajó en el yacimiento hace un lustro. «Lloré de dolor y rabia al enterarme de su destrucción. Lo hice recordando a aquellos iraquíes con los que compartí misión». En abril el IS divulgó un vídeo en el que los barbudos agujereaban las paredes del complejo -situado a unos 30 kilómetros al sureste de Mosul- y carcomían con martillos y sierras los relieves de alabastro de reyes y dioses asirios o las figuras colosales de toros alados.

El patrimonio en los confines del califato se ha convertido en un arma de doble filo. «Resulta muy ingenuo pensar que el IS es una panda de bárbaros salvajes que no están interesados en el patrimonio y que solo buscan destruirlo», advierte Al Azm. «Tienen una estrategia muy calculada. Expolian aquello que pueden vender y destruyen aquello otro que pueden usar como propaganda. Se financian con el tráfico de arte aunque no tengamos cifras precisas sobre la dimensión del negocio. Con la devastación de monumentos lanzan un mensaje en el que mezclan la impunidad y la impotencia de la comunidad internacional ante las atrocidades. Un cóctel poderoso para sus seguidores», concluye.

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