El papel de la Iglesia en la configuración del franquismo

RESUMEN

Este artículo profundiza en las relaciones entre Iglesia y franquismo durante la Guerra civil y los primeros años de vida del régimen, en los que el giro hacia el catolicismo por parte de éste es más evidente. Clarifica también las diferentes posturas mantenidas en el seno de la Iglesia, diferenciando especialmente entre la Iglesia española y el Vaticano, la legislación y protección que se brindaron ambas instituciones y el papel social y cotidiano desempeñado por varias agrupaciones y sindicatos católicos.

1.- EL APOYO DE LA IGLESIA ESPAÑOLA AL ALZAMIENTO NACIONAL FRANQUISTA

El elemento religioso fue fundamental una vez iniciada la guerra, ya que sirvió para dar al levantamiento militar la justificación que necesitaba, tanto de cara al interior como al exterior, para lavar la imagen de perturbadores del orden legalmente establecido que tenían. Así, gracias al apoyo de la Iglesia, al golpe militar se le dio el sentido de cruzada religiosa, el cual mutaría hacia el de reserva espiritual de occidente una vez que la guerra terminase y se impusiera definitivamente el régimen franquista.

Ahora bien, es necesario señalar que el levantamiento en su origen no se realizó ni en nombre de la religión, ni tampoco de la monarquía. Se hizo en nombre de España, para salvar una unidad nacional que desde ciertos sectores se consideraba en peligro. Y también se hizo en nombre del orden público y la seguridad, que asimismo se sentía mortalmente amenazada, sobre todo desde la subida al poder del gobierno del Frente Popular. (1 Esta afirmación tiene una excepción: Navarra. En esa región la guerra si fue confesional desde el principio. Aquí, incluso, se legisló antes que en Burgos, capital de la España franquista, para derogar todo lo que se consideraba legislación anticlerical de la República.)

Desde que estalló la guerra la Iglesia se alineó claramente con los franquistas. Dicho alineamiento con el golpe de esta- do, que los sublevados aprovecharán en beneficio propio, tuvo su origen en diversas razones. Partía de la base de las malas relaciones que la Iglesia mantuvo con la II República, no solo porque se sintió acosada y perseguida por ella (“quema de conventos” del 11 de mayo de 1931), sino también porque la institución era poco proclive a modernizarse y aceptar los cambios que desde los gobiernos republicanos querían imponerle. Además, tampoco estaba dispuesta a perder las parcelas de poder que significaba su separación vincular del estado, ni a hacer concesiones a la liberalidad de costumbres que quería implantarse en España a partir del año 1931.

Una vez posicionadas, las autoridades eclesiásticas realizaron una serie de escritos en los que manifestaron sus simpatías hacia el movimiento de los generales. Destaca en este sentido la Pastoral de Pla y Deniel, publicada el 30 de septiembre de 1936 y titulada “Dos ciudades”, en clara alusión a la obra de San Agustín y en la que contraponía la ciudad de Dios contra la de Satanás, representadas cada una por uno de los bandos en lucha. En esa Carta Pastoral el obispo decía que lo anarquistas y los comunistas eran “los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Debido a esta situación descrita por Pla y Deniel, el mismo añadía que la Iglesia no debía ser criticada por ponerse al lado de los rebeldes (que representaban a Dios en el enfrentamiento), porque ello significaba “ponerse a favor del orden contra la anarquía” y de “un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos, religión, patria y familia”. Fundamentos éstos que a su vez configuraron los pilares sobre los que se sustentó el régimen de Franco.

Muy importante fue también la carta del cardenal Gomá, titulada “El caso de España” (23.11.1936), donde explicaba a los católicos del mundo cómo la Iglesia española concebía la guerra estallada en España y que significado le daban: “La guerra que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas. Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización”.

No puede dejar de citarse, por ser el documento más significativo y desde luego el más conocido, la “Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España”. Aunque iba firmada por la gran mayoría del obispado español, fue redactada por el cardenal Isidro Gomá y publicada el 1 de julio de 1937. En ella justificaban su publicación porque “es un hecho que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de la opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país”. Exponían que “la guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hayan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico”. Asimismo, alababan la prudente actitud de la Iglesia desde 1931 y, aunque deploraban la existencia de la guerra, la justificaban en este caso concreto porque “es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz”. Del Alzamiento como tal, decían que estaba apoyado “por grandes masas”, calificándolo de movimiento “cívico-militar” y añadiendo que la guerra se había convertido de esta manera en un “plebiscito armado”. Hacían referencia, asimismo, a la presencia y revolución comunista existente en el bando republicano y a la injerencia de la URSS en la lucha. Por todo lo anterior, concluían que la Iglesia, “a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella, no podía ser indiferente en la lucha; se lo impedían su doctrina y su espíritu, el sentido de la conservación y la experiencia de Rusia”, añadiendo que “hoy por hoy, no hay en España mas esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas se derivan, que el triunfo del movimiento nacional”. Con esta frase, además se ponían de manifiesto dos de las vertientes que siempre estuvieron presentes en el franquismo: el sentido patriótico y el sentido religioso. Junto a los obispos, hubo “una legión de miembros de diversas órdenes, jesuitas y dominicos, principalmente, y del clero secular, como Joaquín Azpiazu, Constantino Bayle, Ignacio González Menéndez-Reiga y Aniceto Castro Albarán, que contribuyeron a la configuración del régimen franquista, que después vino a llamarse, por estos motivos, el nacional-catolicismo”.

Con el documento anterior, el bando franquista adquirió una importante legitimación y además obtuvo una herramienta de propaganda fundamental, ya que le sirvió para poner de su parte a una mayoría de católicos de todo el mundo.

En dicho sentido propagandístico, el apoyo de la Iglesia le sirvió también a los franquistas para autoconvencerse y con- vencer a los demás, de que Dios estaba con ellos, con lo que era imposible que perdieran la guerra, ya que la historia de España venía marcada por un designio superior en el que los franquistas encarnaban la voluntad divina en la tierra, erigiéndose en los salvadores y defensores de la fe que había sido atacada por “los rojos”, como eran denominados los republicanos en la parte de España por ellos controlada. Es importante señalar que esta base religiosa que en realidad es ideología del régimen, no se presenta como tal, sino como algo mucho más global, como la ideología y la base de todo el país, de España en su conjunto que, no olvidemos, para los franquistas era un todo indivisible. El resultado fue que en la práctica hubo una simbiosis casi circular y autoalimentada entre el catolicismo, el franquismo y España como nación, de tal manera que conformaron un todo inseparable e indivisible. La religión era esencia española, el franquismo encarnaba la españolidad y España como nación era católica y tenía en el régimen su mayor baluarte y defensa. “El régimen franquista se sirvió de la instrumentalización política de la religión en torno a devociones y mitos religiosos populares, retomando símbolos católicos claves en la historia del país por su defensa del catolicismo, para ofrecer una imagen de continuidad con el pasado”. E igualmente hay que tener en cuenta que este principio ideológico nacional y religioso, dado que el franquismo en sí mismo no tenía una ideología propia, se alimentó también de la anti-ideología. Es decir, España y el franquismo no solo se definían por lo que eran, sino también por lo que no eran y contra lo que luchaban: anti-masonería, anticomunismo, anti-nacionalismos periféricos…

Finalmente y para concluir este apartado, se hace interesante hacer una referencia a la presencia de la simbología religiosa en el parte de guerra, que también constituyó una importante herramienta de propaganda, sobre todo en las retaguardias, como mecanismo para mantener alta la moral de la población. El elemento y la mística religiosa estuvieron presentes en ellos de manera habitual, sobre todo cuando se hacía referencia a cuestiones como que las fuerzas del ejército franquista, al conquistar una ciudad, celebraban solemnes misas de campaña. También en las descripciones que incluían sobre las entradas de las tropas en las ciudades que conquistaban. Así, por ejemplo, cuando se culminó la toma de Gerona, el parte relataba que “los habitantes se lanzaron a la calle haciendo una entusiasta acogida de nuestras tropas, aclamándolas constantemente y ofreciéndoles ramos de laurel (4.2.1939). Imagen que recuerda la de libertador y salvador que el general Franco asumió para sí y sus tropas, que con sus entradas en las ciudades parecían evocar la de Jesús de Nazaret en Jerusalén, cuando el pueblo judío lo recibió con palmas y enalteciéndolo. Una muy vívida descripción de estas misas de campaña es la que hace el profesor Palacios cuando cuenta que “eran ceremonias entre religiosas y militares, presididas por los generales, gobernadores o alcaldes, situación ésta que, a veces, resultaba difícil de entender (…) toda una liturgia y todo un juego de símbolos van configurándose en estas misas. Siempre eran presididas por las banderas y en ellas la hermandad militar de turno ejecutaba el himno nacional en el momento de la consagración. Fervor religioso se entre- mezclaba así con fervor guerrero. El himno nacional, símbolo de España, se une al momento cumbre de la celebración religiosa”.

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2.- LA POSTURA DEL VATICANO ANTE LA CONTIENDA ESPAÑOLA

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3.- IGLESIA, LEGISLACIÓN Y FRANQUISMO

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4.- LOS PRIMEROS AÑOS DE LA VICTORIA FRANQUISTA

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5.- VIDA COTIDIANA Y RELIGIÓN: LA LABOR DE LAS ASOCIACIONES CATÓLICAS

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Sara Núñez de Prado

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