El papado de Francisco enfrenta una posmodernidad dionisíaca

La Iglesia existe en conflicto con la legalidad del Estado que tiende al laicismo, y la liberalidad de costumbres que respeta las éticas privadas. Los que esperan cambios eclesiásticos a la moda ignoran esta condición.

El credo de Constantinopla del año 381 de la Iglesia Romana, más que deudor del puritanismo de las Cartas de Pablo, de la “pura fe” en el Cristo Señor, sin vida pública, ni dichos ni hechos, es tributario de una religiosidad de narraciones heroicas, un teatro helenista de representación trágica de pasión y cultos de figuraciones plásticas de estatuaria. Mientras la justificación por la fe de Pablo fue contraria a la justificación por las obras y rituales del Judaísmo, la religiosidad católica incluyó la “tradición” del ceremonial pontificio romano, como reconoce el jesuita Theodor Klauser en su Historia de la Liturgia Occidental. Pues, la jerarquía eclesiástica es la continuadora del orden sacerdotal pontificio que tenía al emperador romano como Sumo Pontífice.

Pero, tanto la Reforma Cristiana del humanismo renacentista, en su vuelta al sincretismo helenista de las Cartas de Pablo, como el sincretismo romano de la Iglesia Pontificia, están influidos por una tendencia del estoicismo contraria al materialismo epicureísta de la “buena vida”; así como por una moral apolínea enfrentada a los cultos dionisíacos, que Nietzche explicó muy bien en El Nacimiento de la Tragedia.

El primer emperador Octavio convirtió en religión de Estado la moral de los cultos apolíneos. Primero, representando la guerra civil contra Marco Antonio y Cleopatra como una campaña de Apolo-Sol contra Dionisos, el Baco de la embriaguez y los excesos, de las mujeres Bacantes que danzan ebrias y en el bacanal matan al recatado Orfeo.

En el Canto Secular, el poeta Horacio registró los símbolos de Apolo asociados a la legislación de Octavio contra la soltería, y la ley de aumento de la natalidad: “la ley sobre el yugo marital que a la mujer aporte feraz prole”; y recuerda las “virtudes austeras y sobrias” ya cantadas en las Odas: “la prole varonil de soldados nacidos en el campo, avezada a remover la gleba y llevar troncos cortados a una orden de la severa madre, cuando el Sol (Apolo-Helios) mueve la sombra de los montes y retira el yugo de los cansados bueyes”.

Pero antes, el Senado de la República había emitido leyes contra los excesos de los cultos dionisiacos. Porque la moral apolínea, durante la República y el Imperio, se asoció a la racionalidad del Estado. Todavía en el siglo IV hubo emperadores de culto al Sol Invicto, como Constantino, que reescribían leyes contra el divorcio y la soltería, penalizaban con impuestos la falta de hijos, y legislaban contra los cultos dionisíacos y los cultos hermafroditas del Nilo. Pero en el mundo grecorromano siempre coexistieron diferentes prácticas morales.

Sobre esta tendencia de moral pública estricta, Agustín de Hipona sintetizó una doctrina misógina y represiva que se impuso sobre otras religiosidades cristianas abiertas a la moral judía como los Ebionitas; o sobre los sincretismos cristianos de los cultos de Isis, como los describe Eusebio de Cesarea en Historia Eclesiástica, que prometían “un paraíso de hartazgos del vientre y debajo del vientre… y un milenio de fecundidad y armonía natural en que hombres y bestias conocerían una felicidad infinita”.

También se anularon las comunas de Carpócrates que decían, según Ireneo en cita de Barth Ehrman en Cristianismos Perdidos, “el pueblo de Dios debía compartirlo todo. Nadie debía poseer propiedades o guardar algo para sí, incluido su propio cónyuge”. Ideas morales que recuerdan el teatro de Las Asambleístas comunistas de Aristófanes, por la libertad sexual como principio de ruptura del régimen de parentesco patriarcal que sostiene la propiedad privada hereditaria.

Entonces, no se puede esperar de la Iglesia más que una moral estoica contraria a lo dionisíaco y la liberalidad de modas de la posmodernidad, si todavía el Derecho Canónico no admite la libertad de conciencia.

 Manuel Fernández V * Investigador.

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