El Papa y los obispos deben convertirse al cristianismo

Hace tiempo que pienso que el Papa y los obispos tendrían que convertirse al cristianismo. Hace tiempo también que sé que eso es pedir peras al olmo, porque la Iglesia católica distorsiona el mensaje de Jesús y es prisionera del poder instaurado en su propia organización. Jesús, rodeado de hombres y mujeres de condición humilde –también marginados y pecadores– considerados por él como su madre y sus hermanos, predicaba por los pueblecitos de Galilea el reino de Dios, que era el amor, el perdón, la comunión de bienes, la curación de enfermos, la acogida de marginados, la esperanza de los desesperados; nada de condenas ni excomuniones. Las comunidades primitivas de cristianos desconocían el poder. Cada cual tenía el derecho y el deber de advertir a aquel que no se portaba bien. Los servidores, elegidos por la comunidad, servían, no mandaban, y no se hacían llamar padres, ya que padre solo hay el del cielo. No ocupaban los primeros puestos en las reuniones, ni vestían ropas de lujo. Y, por descontado, no estaban sujetos al celibato.
Me duele constatar la incapacidad de la Iglesia católica para predicar el reino de Dios. Me duele el sufrimiento de muchos sacerdotes que padecen las imposiciones de su jerarquía, que van contra los derechos humanos. Me duele que la Iglesia no entienda, ni acepte, que los hombres que gobiernan un país democrático tienen la obligación de regular todo lo que afecta a la vida y a la convivencia. Y no sé cómo calificar el hecho de que la Iglesia oculte delitos penales. Debemos confiar en Jesús, «porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, entre ellos» (Mateo, 18, 20). Hagamos comunidades cristianas, aunque sean de dos o tres.

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