El Papa y los gays

Si algo aporta la aclaración de Francisco es que la homosexualidad es para la Iglesia un pecado como cualquier otro

El Papa Francisco dijo una frase bastante anodina sobre los homosexuales el otro día, cuando volvía de su festival proselitista en Brasil, hablando en el avión con los periodistas. Dijo algo que en boca de cualquier persona decente (católicos incluidos) y más o menos a tono con la época sería tan poco comprometido que no podría sorprender a nadie, mucho menos causar admiración.

La frasecita generó una inmensa cantidad de reacciones, casi todas positivas, algunas francamente extáticas. La cantidad de católicos fervientes, practicantes, es bastante pequeña; la mayoría de los comentarios eran de católicos sólo de nombre, de ésos que no pisan una iglesia más que para una boda o un bautismo, o de esa curiosa clase gente que “cree en Dios pero no en la Iglesia”, como si el invento pudiera separarse así del inventor. No faltaron ateos y agnósticos con hambre de religión que saltaran de alegría o al menos cautelosamente saludaran el “progreso” expresado en la frase del Papa, que aún no siendo gran cosa auguraría un cambio futuro en la intolerancia de la Iglesia hacia los homosexuales.

La verdad es que, como ya han explicado otros mejor que yo, Francisco no dijo nada nuevo y de hecho remitió a sus oyentes al Catecismo, donde dice que los homosexuales son básicamente gente con un problema que deben esforzarse por vencer y que los católicos no deben discriminarlos sino ayudarlos en esta difícil tarea. El tono es idéntico al que usaríamos para hablar de personas con discapacidades o deformidades.

Lo que no recuerdo haber leído es la razón subyacente a este tratamiento de la homosexualidad. Aquí me permito citarme a mí mismo (lo que sigue es de mi libro, que dicho sea de paso, el lector puede comprar en versión digital por un módico precio en Amazon). Parto de la base de que la doctrina busca preservar el odio (preexistente) hacia los homosexuales y por eso no puede considerarla natural:

Para el cristianismo el ser humano es bueno por naturaleza, aunque se corrompe fácilmente por estar manchado por el pecado original. Nadie nace malo o es intrínsecamente inmoral. De allí se sigue que la homosexualidad debe ser una desviación antinatural o una enfermedad; considerarla una variante natural de la sexualidad humana normal pondría a los devotos frente al dilema de tener que tolerar a los homosexuales o bien renunciar a su doctrina.

El catolicismo ha calificado la homosexualidad como inmoral; como nadie puede nacer inmoral, ya que lo que Dios creó es necesariamente bueno (incluso Lucifer era bueno originalmente), la homosexualidad debe ser una tendencia desviada, un defecto del desarrollo (y siguen las justificaciones pseudocientíficas de los psicólogos y psiquiatras y otros “expertos” a sueldo del Vaticano sobre los orígenes de la homosexualidad en padres divorciados, madres dominantes, abusos y otras malas experiencias). Nos apartamos de Dios por el pecado pero podemos “buscarlo” (como dijo Francisco a los gays) para volver a Él. Si algo aporta la aclaración de Francisco es que la homosexualidad es para la Iglesia un pecado como cualquier otro, aunque esto es difícil de conciliar con la prédica y el lobby constantes de la Iglesia contra los homosexuales, que sólo compite en intensidad con la pelea contra el aborto y los derechos reproductivos de las mujeres.

En la homofobia de la sociedad, al igual que en la misoginia y el machismo, la Iglesia ha hallado un suelo firme donde plantar sus propias banderas, habiendo renunciado casi desde sus inicios a otras menos populares, como el desprendimiento y la pobreza. Ser anti-gay y sexista son marcas de la identidad católica devota del siglo XXI. Si el Papa tiene intención de revertir eso, no las hemos visto hasta ahora, y como en todas las otras cosas que nadie puede ver y que sólo la esperanza permite suponer, yo ejerzo aquí mi escepticismo.

Bergoglio y gays

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