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El Papa y el radical anticlericalismo

Sorprenden las palabras del Papa cuando denuncia el radical anticlericalismo existente en la sociedad española y lo compara a la situación de 1931 en tiempos de la II República.

Lo primero que me vino a mi mente cuando oí esto, fue de injusticia y de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el ojo propio. En todo caso podríamos hablar de radicalismo clerical cuando se intenta por todos los medios de imponer su doctrina a una sociedad donde la mayoría ya no son católicos.

Agustín de Hipona, interpretando al evangelista Lucas, expone por primera vez, la teoría de que el Estado, además de la obligación de proteger a la Iglesia, debe utilizar todos los medios, incluso la fuerza, para exigir a sus ciudadanos que abracen la fe cristiana.

Podemos decir, estudiando y conociendo nuestra historia que la Iglesia como dice Fernando Savater ha sido una institución que ha trabajado por perpetuar el atraso intelectual y la falta de libertades políticas en nuestro país, desde el comienzo de la modernidad. Eso se constata en el atraso que todavía tenemos respecto a Europa.

En época del denominado “sexenio democrático” (1868.1874) se produce el primer intento serio de separación entre Estado e Iglesia, donde por ejemplo el gobierno en 1870 legalizó las uniones civiles, acabando con el monopolio eclesiástico. Los obispos españoles calificaron esto “como la legitimación del concubinato público universal”. La iglesia opuso fortísima resistencia a jurar la Constitución de 1869 en la que se acuerda la separación Iglesia/Estado.

Siguiendo con este período histórico, el Vaticano siempre consideró de Derecho divino la Monarquía y como regímenes impíos a la República. Siempre la Iglesia apoyó a los Borbones con el Real Patronato (derecho de los monarcas a nombrar obispos) pero no se lo aplicó al rey Amadeo I de Saboya y se lo negó a la I República. A lo que nunca renunció era al pago por parte del Estado de los cuantiosos fondos monetarios que le daba el Estado, así como todos los privilegios. Actualmente se calcula en más de 8.000 millones de euros lo que el Estado aporta a la Iglesia ya sea con fondos directos, ayudas al mantenimiento de sus monumentos y las fuertes exenciones fiscales que tienen, a pesar de que la Unión Europea le reclama que se acabe con ese privilegio.

Qué hablar del papel de la Iglesia en la II República y en la guerra civil. Sirva como ejemplo el grito del clericalismo en 1931 respecto a la II República “hay que estrangular a la ramera”.

El arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián mostró su satisfacción por las escasas consecuencias que ha tenido para la Iglesia las décadas del brutal nacionalismo franquista. Como dice el historiador HilariRaguer “ la sacralización del golpe militar que provocó la guerra civil, no fueron los sublevados quienes solicitaron la adhesión de la Iglesia, sino que fue ésta la que se entregó a la Dictadura. Fue una gran sorpresa para los generales sublevados, y la cuerda religiosa se convirtió muy pronto en la más vibrante lira de la propaganda nacional”.

Dos imágenes están presentes en nuestra retina, la primera como la Iglesia paseaba bajo palio al Generalísimo Franco hasta el altar de la iglesia de Santa Bárbara en Madrid. ¡Qué imagen! La segunda cuando la Guardia Civil multaba e incluso pegaba a quienes en los pueblos osaban no cumplir con la obligación de la misa dominical.

Una de las razones por la que la Iglesia tienes cada vez más desafección, como dice el historiador católico Jaume Botey es “la identificación de la Iglesia con el franquismo, de la que la jerarquía no ha pedido perdón. Mientras no lo haga, seguirá siendo visto como colaboradordel terror en beneficio propio ”. Debemos recordar que el franquismo provocó la desaparición de más de 30.000 niños y aún estamos esperando que la Iglesia diga algo. Hay silencios cómplices.

Hay un aspecto que a lo largo de la historia podemos decir, que la Iglesia es insaciable y se toma todas las concesiones sin agradecimiento por lo que se le da y con aire ofendido por lo que aún se le niega.

Como dice el teólogo José Arregi “la clave es la figura del Papa, desencajado desde hace mil años. Que sea un jefe de Estado resulta anacrónico y no tiene sentido. Que en su persona haya monopolizado la verdad y el bien, que se haya centrado en su persona todo el poder es un esquema medieval que resulta insostenible y ese montaje entorno a su figura está muy superado. Es de otros tiempos”.

La prensa occidental critica ácidamente las llamadas teocracias islamistas y sin embargo se produce un silencio estruendoso con el Estado teocrático cristiano del Vaticano.

Las sociedades modernas no aceptan esas prepotencias del pasado y detestan la intolerancia y el que el poder quiera uniformar teorías y verdades, e imponer usos y costumbres. Es el imperio del relativismo contra el obsoleto totalizador que predica el Papa.

La teólogacatólica Margarita Pintos habla del papel de la mujer en la Iglesia “se nos niega la categoría de sujetos morales, teológicos y eclesiales. Sólo esperan de nosotras la fidelidad que significa sometimiento. Por esto el Papa tienes que adjudicarnos el lugar de casa y trabajo, cosa que nunca hace con los hombres”.

Hoy más que nunca hay que pedir la derogación del vigente Concordato Iglesia/Estado por dos motivos, en primer lugar por su clara anticonstitucionalidad y en segundo lugar para lograr una efectiva aconfesionalidad del Estado español. La vigencia del actual Concordato condiciona que se llegue a consensos y a posturas constructivas..

Es necesario y urgente más que nunca la ley de libertad religiosa, donde el gobierno, los partidos políticos y amplios grupos sociales desarrollen esta ley y que ésta, esté a la altura de nuestra realidad social y del siglo en que vivimos.

 Una vez más vemos la cobardía de Zapatero cuando dice que la ley de libertad religiosa no es urgente, sin embargo fue banderín de enganche en las lecciones de 2008. Es la misma cobardía que vemos en Zapatero en el tema del Sahara.

Es bueno que los creyentes (independientemente del credo que procesen) puedan ejercer a título privado su religión dentro del máximo respeto de las leyes civiles que nos hemos dado, pero sobre todo a los no creyentes que no tengamos que sentirnos presionados y avasallados forzosamente por la fe de nadie.

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