El Papa revolucionario

Hoy, el Papa duerme, suponiendo que concilie el sueño, en Guanajuato. Y mañana, tempranito, tipo 9.30 a.m., coge su avión privado y se embarca en una bonita aventura, atravesando el Golfo de México, para aterrizar a las 14.00 horas en Santiago de Cuba, justo a tiempo para almorzar.

Qué suerte. Seguro que a Benedicto XVI, que tiene aspecto de comilón-en-el-armario, no le faltará su congrí, sus plátanos maduros, su ropa vieja, sus mariquitas. En el Oriente cubano, igual hasta se zampa una malanga y, si tiene suerte, unas hallacas.

Mientras, las 70 Damas de Blanco que fueron encarceladas hace una semana y posteriormente liberadas seguirán suspirando por su minuto, uno solo, con el jefe de los católicos del mundo.

Pero el Vaticano no cede. Ya ha confesado: no lo concederá. Por muy unitario, por muy singular que sea la suma de esos 60 segundos, por muy irrelevantes que puedan parecer, que no lo son, el Papa no viaja a Cuba para conceder indultos religiosos a nadie, ni siquiera así de breves, y menos aún a quienes le discuten a los Castro su sistema. Y tampoco visita la isla caribeña para que las autoridades cubanas le señalen como antirrevolucionario, que eso en la isla está mal, pero que muy mal visto, de Pinar del Río a la Punta de Maisí.

Pero, si juzgamos por lo que se ve, por el programa que sigue, el pontífice está con el régimen. Un régimen que, hace pocos años, expulsaba del Partido Comunista -la mayor afrenta que uno podía recibir- a quienes se confesaran creyentes.

Y es que en Cuba solo se puede creer en Fidel. Y eso no es que resulte fácil ni difícil, sino que simplemente es obligatorio. Tan obligatorio como levantarse cada día y, como dicen ellos, "resolver".

El Papa, en todo caso, no tiene tiempo -ni siquiera un minuto, que es lo que ellas han rogado-, para conocer a las Damas, que llevan años luchando por la liberación de sus familiares, encarcelados en las cárceles de la isla por el supuesto delito de ejercer una libertad de expresión –naturalmente, contra lo establecido- intolerable en este rincón del Caribe.

Hacerle el juego al poder

Qué lástima que los líderes religiosos siempre acaben, de uno u otro modo, haciéndole el juego al poder, por muy diabólico que este sea. El régimen de La Habana, a lo largo de su más de medio siglo último, ha conseguido ser todo lo maléfico que se puede aspirar a ser. Y, además, sin arrepentirse. "Hacia atrás, ni para coger impulso", decidió, hace ya lustros, el otro pontífice, el cubano.

Pero la isla, con ese atractivo tan único que la singulariza frente al resto del universo, con ese poder e influencia tan tremendos que aún disfruta Fidel, ha seducido al Vaticano, que la ha incluido en el primer viaje a Hispanoamérica del Papa. Qué tendrá, qué tendrá Cuba, que aún convertida por la gracia revolucionaria en uno de los últimos reductos del comunismo mundial, hasta los Papas claudican ante ella.

Pero Benedicto no se conforma y, además de probar la comida oriental y de visitar a su delegada en la zona, la Virgen de la Caridad del Cobre, expuesta en su imponente basílica-santuario en la pequeña localidad santiaguera, atravesará la isla para alcanzar la capital.

Se verá, con certeza, con un Castro, el pequeño. Pero apuesto a que también se reunirá con el otro. Benedicto XVI no tiene minutos para las mujeres que luchan por las libertades, pero está a lo que el comandante le ordene. Como todo el mundo. Al menos, en la isla.

Dios ha muerto

La verdad es que era previsible. Este Papa está lejos de levantarle la voz a los dictadores, por mucho que critique con contundencia a los teólogos que buscan explicaciones al mundo espiritual cuando indagan más allá de las teorías convencionales.

No deja de resultar curioso que el Papa viaje a Cuba, y se plante ante el inmortal Fidel, solo unos días después de que haya fallecido uno de los teólogos que más defendió la idea de la muerte de Dios, William Hamilton. Si Castro sigue vivo, quizá sea, efectivamente, porque Dios no lo está. De todos modos, ahora este reconocidísimo filósofo de Illinois ya sabe si Dios existió, si vive en La Habana o si nos los inventamos los hombres por pura necesidad. O por aburrimiento. Lástima que ya no podamos preguntarle.

El caso aquí en la Tierra es que, después de medio siglo sometiendo a una isla de 11 millones de personas rodeada de tiburones, la Revolución sigue su curso, que consiste en, básicamente, empobrecer al país cada día más y en reprimir, también más si se puede, a los cubanos.

Estaría bien que el Papa y la Virgen del Cobre utilizaran su bendita influencia e hicieran un milagro, uno grande, que concluyera con los Castro en un nuevo y ojalá que feliz sendero celestial para que, en vez de esos aguaceros tan bestias que bañan la isla tan a menudo lloviera democracia.

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