El Papa rehabilita la importancia del confesionario en las iglesias

Benedicto XVI pide a los sacerdotes que vuelvan a colocar estos cubículos en «un lugar bien visible» ? El Pontífice intenta dar alas a una práctica que ha menguado en favor de las absoluciones colectivas

Empeñado como está en volver a las esencias, el Papa no solo quiere otorgar un papel destacado al latín y al canto gregoriano en la misa, sino que se ha propuesto rehabilitar la importancia de los confesionarios, a los que la renovación del ritual de la reconciliación y la penitencia tras el Concilio Vaticano II restó protagonismo. Las absoluciones colectivas que tomaron impulso tras la celebración del concilio, en las que el feligrés arrepentido se ahorraba dar cuenta de sus faltas al sacerdote en la penumbra de la cabina de madera, han caído en desgracia y Benedicto XVI ha dejado claro que han de limitarse a situaciones excepcionales.
El Sínodo de Obispos convocado en octubre del 2005 por Joseph Ratzinger, seis meses después de suceder a Juan Pablo II al frente de la Iglesia católica, para debatir acerca de la mejor forma de celebrar la eucaristía, ya dejó apuntado que había que hacer justicia con los confesionarios. En algunos casos los cubículos habían llegado a ser eliminados o arrinconados en las iglesias.

LO QUE NO SE VE NO EXISTE
Días atrás, Benedicto XVI hizo suya aquella reclamación incluyéndola en una exhortación apostólica que recoge las conclusiones de ese encuentro. En ese documento, el Papa pide que los confesionarios ocupen "un lugar bien visible" en los templos, acorde con la importancia que la Iglesia ha otorgado tradicionalmente a este sacramento, cuya práctica ha menguado. "Ya se sabe que lo que no se ve no existe", razona el diácono Josep Urdeix –responsable del Centro de Pastoral Litúrgica de la diócesis de Barcelona y experto en liturgia– a cuenta de la reclamación del Papa.
Urdeix cuenta que tras el Concilio Vaticano II "se interpretó que las absoluciones colectivas eran una fórmula más del ritual, cuando luego se ha visto que son una fórmula extraordinaria". Quienes así lo han visto no son otros que los dos últimos pontífices, Juan Pablo II y Benedicto XVI. No hay que olvidar que este último fue durante un cuarto de siglo el principal colaborador del primero.
En realidad, la advertencia que ahora ha hecho el Papa alemán no es más que un recordatorio. En 1984, el Pontífice polaco dejó escrito en un documento similar que las absoluciones colectivas habían de reservarse para casos de "grave necesidad". Wojtyla ya hacía en aquella exhortación un encendido elogio del confesionario como "lugar privilegiado y bendito del cual nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado".

LIMPIEZA
Para Urdeix, Ratzinger reclama que los confesionarios ocupen un lugar preeminente en las iglesias porque, en su afán de abrirlas a la participación de los fieles, los párrocos que se ilusionaron con las consignas del Vaticano II pueden haber hecho "limpieza" y haberse llevado las cabinas a otra parte. No es extraño incluso que se deshicieran de ellas. Desde que eso ocurrió ha llovido mucho, pero a tenor de una de las últimas advertencias del arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, a los curas obstinados, deben seguir existiendo.
En febrero, Sebastián, que parece haberse tomado en serio las indicaciones sobre la confesión, escribía: "Con toda mi autoridad y el mayor empeño pido a los sacerdotes que siguen impartiendo estas falsas absoluciones generales que desistan definitivamente de esta práctica abusiva, gravemente ilícita y perjudicial".
El problema de fondo quizá reside en que la práctica de la confesión ha descendido en picado. De hecho, en su reciente exhortación apostólica, Ratzinger también reclama a los obispos que "fomenten la confesión frecuente" entre sus feligreses. Debe entenderse que para liberarse de los pecados veniales, porque de los mortales, de acuerdo con el Código de Derecho Canónigo, solo hay que dar cuenta forzosa una vez al año.

Un queso en el confesionario

El cubículo bendito puede resucitar como bodega de alimentos, mueble para el televisor o mobiliario de discoteca

La segunda vida de los confesionarios empieza cuando en la iglesia los desechan por viejos, o cuando alguna familia caída en desgracia decide poner a la venta la antigua masía, herencia de bisabuelos o tatarabuelos, y con ella los deteriorados muebles de la capilla. El confesionario tiene derecho de resurrección y resucita, la mayor parte de las veces como un objeto de anticuario destinado a ser subastado para acabar en manos de alguien decidido a convertirlo en otra cosa: un ropero en la entrada de casa, una bodega de vinos, un mueble para el televisor. El cubículo noble donde decenas de fieles se rasgaron las vestiduras y confesaron lo inconfesable, el aposento bendito donde fueron reveladas maldades y miserias puede incluso acabar transformado en algo tan peregrino, tan poco sagrado y religioso, tan cotidiano y tan de este mundo como un almacén para los quesos.
"Puede servir para muchas cosas –dice Xavier Riaño, un poco con el tono de quien habla de un nuevo sofá cama–. El único inconveniente es que se necesita una casa grande". Riaño, propietario de un local de antigüedades en Reus, adquirió un confesionario hace poco más de siete años y ahora lo ha puesto a la venta por internet. El texto que acompaña la foto explica que no sirve solo para guardar quesos, vinos, ropa y televisores: al parecer, un confesionario resucitado es uno de los objetos más polivalentes de nuestra época, y este en particular, una pieza "de museo" fabricada en la primera mitad del siglo XVII, está destinado a ser casi cualquier cosa: mueble bar, cabina de teléfono, mueble toallero para el baño, mueble mantelero; o, sencillamente, un adorno. De lujo.
"Es un elemento de alta decoración, un objeto que queda muy bien en una buena casa, una masía, un hotel o un restaurante. Es una pieza que es difícil de vender porque no sirve para cualquier piso, pero aún así tiene salida".
Resucitado y listo para la reencarnación, el confesionario se transforma en una simple caja de madera en busca de comprador. Sería un poco como si el cáliz acabara de boca en boca en una bacanal de Chueca si no fuera porque el cáliz es sagrado y el confesionario no. ¿Es normal que la caseta donde los creyentes se arrodillaron una y otra vez para expiar sus pecados acabe albergando quesos, embutidos, licores, telas, cubertería, peor todavía, que termine, como sucede con alguna frecuencia, como mueble de bar o de discoteca?
No del todo. A la Iglesia, por lo menos, la idea no le maravilla. Lo lógico, explica el diácono Josep Urdeix, es que un mueble que ha sido bendecido sea "quemado" –que acabe en la pira– una vez terminada su vida religiosa. Pero a las familias en quiebra y a los párrocos con problemas de liquidez no les importa demasiado cambiar confesionario por dinero. Y a veces ni eso: hay quienes se han ofrecido para retirar los trastos viejos de una iglesia y han acabado con un confesionario entre manos. Que pase luego a exhibirse en un anticuario y de ahí a hacerse un lugar en una discoteca hay un paso. "Puede pasar de todo", se lamenta Urdeix.

Pasa de todo
Es posible que un diácono respetable como Urdeix diga "de todo" para no tener que imaginar detalles. Probablemente el diácono Urdeix prefiere no saber que hay confesionarios por los que la gente pasa no en actitud de recogimiento sino de expedito libertinaje, no preparada para la redención y sí muy dispuesta a capitular ante sus flaquezas. Y eso con el cubículo cerrado. "Abrimos la discoteca y al cabo de un mes tuvimos que cerrar el confesionario porque en el interior pasaba de todo, y tampoco se trataba de eso". La discoteca se llama Santa Locura y está situada en el barrio del Eixample, en Barcelona. Mario Cuevas es uno de los socios fundadores. El confesionario instalado en un rincón es una vieja pieza de museo que ha visto de todo.
La caseta de los pecados –antes para expiarlos, ahora para consumarlos– está ubicada muy cerca de una de las barras y su aspecto es el de una antigua urna de madera envejecida por el trajín. Hace mucho tiempo que nadie se arrodilla allí para reconciliarse con Dios: en su anterior vida formó parte del mobiliario de otra discoteca –Vatikano, en Cornellà–, y antes fue exhibida durante años en la vitrina de una tienda de antigüedades. "Lo compramos hace 10 años y nos costó 120.000 pesetas, 720 euros de hoy", dice Cuevas. El confesionario de Riaño cuesta 5.500. Euros.
A comienzos de los años 80 se formó un pequeño revuelo en Nueva York por la transformación de la iglesia de la Sagrada Comunión en una discoteca. Desde entonces ha pasado un cuarto de siglo. Profanar sienta cada vez mejor.

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