El Papa paralizó el proceso contra un cura que abusó de 200 niños sordos

La causa encalló después de que el acusado le pidiera ayuda en una carta de arrepentimiento Ratzinger era prefecto de la fe cuando su oficina bloqueó la investigación a un sacerdote de EEUU

«Le ruego su amable asistencia en este asunto». Quien escribió esas palabras fue el reverendo Lawrence Murphy, un sacerdote de Milwaukee (EEUU) que se enfrentaba a un juicio canónico secreto por haber abusado de hasta 200 niños en una escuela para sordos. Quien las leyó fue el cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI, entonces responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa misiva, y el hecho de que el proceso se paralizara, representan la más contundente demostración, hasta la fecha, de la implicación del Pontífice en la ocultación de casos de pederastia en la Iglesia católica.
El caso fue desvelado ayer por The New York Times, que ha obtenido de los abogados de cinco víctimas de abusos que han demandado a la archidiócesis de Milwaukee documentos que la Iglesia intentó mantener en secreto. Su publicación no solo reabre en EEUU la herida de un escándalo que en el país explotó en el 2002, sino que se suma a la crisis a la que ha llevado al Vaticano el estallido en Europa de otros muchos casos de abusos, falta de colaboración con las autoridades civiles y protección de pederastas durante décadas.

PRIMERAS DENUNCIAS / Murphy entró a trabajar como profesor en 1950 en la respetada Escuela San Juan para Sordos. En esa década se produjeron las primeras denuncias a sus superiores de que era un agresor sexual, que abusaba de los niños bajándoles los pantalones y tocándoles en su oficina, en su coche, en la casa de campo de su madre, en excursiones y en sus dormitorios. Pese a eso, Murphy fue ascendido y en 1963 empezó a dirigir la escuela, a cuyo frente estuvo hasta 1974, cuando las acusaciones llegaron a incluir las de abusos en el confesionario, uno de los pecados más graves en el derecho canónico.
En vez de disciplinarle, el entonces arzobispo local, William Cousins, lo trasladó a otra diócesis, donde pasó otros 24 años, hasta su muerte en 1998, como sacerdote y trabajando libremente con niños.
Víctimas como Arthur Budzinski ­–un hombre de 61 años que ayer dijo que «el Papa sabía de esto y debe ser responsable»– pasaron años denunciando a Murphy. La policía investigó el caso, pero no emprendió acciones contra el sacerdote. Y nada sucedió hasta 1993.
Fue entonces cuando otro arzobispo, Rembert Weakland, se topó con los informes y denuncias sobre Murphy y contrató a un trabajador social especializado en agresores sexuales. Tras cuatro días de entrevistas, el experto confirmó que el sacerdote admitió haber abusado de unos 200 menores y no había mostrado arrepentimiento.
Weakland tardó aún tres años en buscar la intervención del Vaticano para que Murphy fuera expulsado de la Iglesia, y en su primera carta a Ratzinger, en la que mencionó los posible abusos en el confesionario, habló de tratar de contener «la rabia» en la comunidad de sordos.

NUEVO CONTACTO / Ante el silencio de la oficina que decide sobre los procesos canónicos y las expulsiones, el arzobispo contactó con otra instancia vaticana en 1997, instando a actuar ante la posibilidad de que las víctimas de Murphy presentaran una demanda en EEUU. «Un verdadero escándalo en el futuro parece muy posible», escribió.
Ocho meses después Tarcisio Bertone, entonces número dos de la Congregación y hoy secretario de Estado del Vaticano, dio instrucciones a Wisconsin de iniciar un juicio secreto siguiendo el derecho canónico. El proceso, sin embargo, se paralizó y nunca llegó a ocurrir, y ahí es donde Benedicto XVI tiene explicaciones que dar.
Ratzinger recibió una carta del sacerdote pederasta. «He sufrido hace poco otro infarto que me ha dejado debilitado. Me he arrepentido de mis pecados pasados y he vivido apaciblemente en el norte de Wisconsin durante 24 años –leyó–. Solo quiero vivir el tiempo que me queda en la dignidad de mi sacerdocio».
No hay en los archivos a los que ha tenido acceso The New York Times ninguna respuesta de Ratzinger. Pero Murphy no conoció castigo para sus crímenes (ni penitencia por sus pecados). Vio cumplido su deseo, ese para el que había pedido al actual Papa «su amable asistencia».

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