El Papa, la religión y la violencia

LA polémica surgida en torno a las declaraciones realizadas por Benedicto XVI durante un discurso pronunciado en la Universidad de Ratisbona, en su reciente visita a Alemania, amenaza con desatar una tormenta de consecuencias todavía más grave que la que se produjo hace unos meses con el desgraciado episodio de las caricaturas de Mahoma.

 El Papa Ratzinger proclamó en ese discurso su condena al ejercicio de la violencia en nombre de la fe y citó, en este contexto, expresamente a la Yihad –la guerra santa que defiende la religión musulmana–, al mismo tiempo que propugnó la incompatibilidad entre religión y violencia. La reacción en el mundo musulmán ha sido vehemente y desaforada. Las palabras de Benedicto XVI han sido interpretadas como un insulto a su religión por dirigentes de países como Marruecos, Iraq o Pakistán. El Papa se apresuró ayer a disculparse y a declararse "desolado" por la lectura que se había hecho de su discurso, pero muchos nos tememos que este gesto no vaya a servir para poner el punto final a una campaña que, como en ocasiones anteriores, parece planteada con el objetivo exclusivo de ahondar los antagonismos entre Occidente y la civilización musulmana. Nadie puede dudar de la altura intelectual de Benedicto XVI ni de su voluntad ecuménica sobradamente demostrada en sus escritos. Sobra, por lo tanto, cualquier interpretación que quiera dar a sus palabras un sentido de ataque al Islam. Todo apunta más bien a que su discurso defendiendo la incompatibilidad entre fe y violencia suscita estas reacciones porque existe un campo abonado para el fanatismo en un Islam cada vez más radicalizado, en el que Occidente y el cristianismo aparecen como rivales en un conflicto no declarado. Posiblemente sea el radicalismo creciente del Islam uno de los mayores problemas a los que va a tener que hacer frente en los próximos años la comunidad internacional. La reacción a las palabras del Papa no refleja una crítica intelectual a un razonamiento irreprochablemente construido; es, ante todo, una muestra de actitud intolerante ante lo que constituye en la base algo tan simple como proclamar la incompatibilidad entre violencia y fe.

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