El Papa, a la conquista de Inglaterra

Su oferta de absorber a disidentes anglicanos llega motivada por un aumento de fieles debido al auge de la inmigración y en vísperas de su visita en 2010

La inmigración procedente de países africanos y del Este de Europa ha empujado por encima de los cinco millones la cifra de personas que se definen como católico-romanas en Reino Unido, según recientes sondeos. Es una quinta parte de los anglicanos de la Iglesia de Inglaterra, que es la Iglesia establecida.
El Arzobispado de Westminster, primatura católica en Inglaterra, ha celebrado como un éxito el reciente peregrinaje por buena parte de la geografía británica -no recorrió Escocia- de las reliquias de la santa Teresa de Lisieux, que se extendió durante un mes, incluyendo en su periplo un lugar anglicano, la catedral de York.
Observadores de lo británico han mostrado su sorpresa por el éxito del peregrinaje y también en los últimos años por la frecuencia de expresiones de duelo insólitas hace sólo unas décadas y que se asocian a la tradición católica-romana, como la creación de ofrendas en el lugar de sucesos trágicos.
La muerte de Diana fue un ejemplo notable de este fenómeno, que quizás comenzó en una ciudad con fuerte presencia irlandesa y católica, Liverpool, tras la muerte de hinchas de su equipo de fútbol aplastados en el estadio de Sheffield, en 1989. Y el Papa Benedicto XVI ha precedido su visita del próximo año con el anuncio de una oferta a los anglicanos que se sienten incómodos con la deriva de su Iglesia para que se unan bajo la primacía del Vaticano manteniendo un estatuto particular que les permita mantener tradiciones y ritos de su Iglesia actual. ¿Se hace Inglaterra católica?
El antecedente del 82
La primera y última visita de un Papa a suelo británico se dio en junio de 1982. La diplomacia vaticana negoció hasta última hora los detalles de una visita que llegaba en un momento delicado, cuando el Gobierno de Margaret Thatcher había dado ya los golpes decisivos para su victoria en la guerra de las Malvinas contra la católica Argentina.
Aquella visita fue única, porque Juan Pablo II no compareció en público ni se entrevistó privadamente con la jefa del Ejecutivo o sus ministros. Pero aceptó compartir con el entonces Arzobispo de Canterbury, Robert Runcie, un servicio religioso, sin comunión. Ambos oraron juntos ante la tumba de un santo y mártir común, Thomas Beckett. Runcie era un anglo-católico, pertenecía a una tradición anglicana que aspira a la unidad universal de la Iglesia, que da valor a una jerarquía no aceptada de igual manera por los grupos evangélicos del anglicanismo y que incluye en sus ritos, como Iglesia Alta, el ornato o el incienso, frente a las tendencias iconoclastas de la Iglesia Baja.
Rowan Williams, el arzobispo que recibirá a Benedicto XVI en 2010, también tiene simpatías por la tradición católica-romana -ha escrito con gusto sobre el misticismo de Teresa de Ávila o de Fray Luis de León-, pero finalmente se afilió al anglicanismo porque veía un obstáculo insalvable en la doctrina de la infalibilidad del Papa o sobre la aparente gratuidad de las indulgencias.
Margaret Thatcher era metodista. Su tradición de evangelismo protestante dentro de la corriente general del anglicanismo no comulga con Roma y sólo recientemente ha llegado a un entendimiento para el reencuentro con la Iglesia de Inglaterra. Pero Thatcher visitó el Vaticano el pasado mayo y el Papa habló con ella unos minutos.
Si a la Dama de Hierro le puede atraer la oposición de la Iglesia católica-romana al liberalismo social de los anglicanos, ésa no fue la razón que llevó a Tony Blair, formado en un cristianismo comunitarista de raíz anglicana, a convertirse al catolicismo. En su caso, todo se debe a una cuestión familiar -su esposa, Cherie, es una católica muy activa- y al universalismo de Roma.
Entre Thatcher y Blair, ocupó la jefatura del Gobierno John Major, quien en su autobiografía confiesa que su familia no iba a la Iglesia y que él se siente «un creyente a distancia». Y el primer ministro que ha invitado al Papa, Gordon Brown, quizás buscaba votos católicos, aunque todos conozcan que es hijo de un pastor presbiteriano de la Iglesia de Escocia.
Escisión en marcha
Ese mosaico, al que se añade que sólo el 1% de los bautizados anglicanos acude a misa regularmente y que el 59% de los adolescentes británicos cree que la religión tiene una influencia negativa en la sociedad, ilustra la dimensión de la oferta del Papa, que responde a la petición de un grupo tradicionalista anglicano, que dice tener 400.000 seguidores entre los 77 millones de personas que profesan la fe en todo el mundo.
Según el historiador Diarmaid MacCulloch, el Papa, cuando era cardenal Joseph Ratzinger y estaba al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, ya envió telegramas, en 2003, a las asambleas de anglicanos tradicionalistas que estaban descontentos por la ordenación de mujeres, primero, como sacerdotes, y, luego, como obispos. Y que no aceptan de ningún modo la ordenación ahora de homosexuales públicos.
La confirmación en los últimos días de que la respuesta positiva a la oferta del Papa procede de cristianos blancos de Australia, Inglaterra o Estados Unidos y que los obispos anglicanos evangélicos de África o Asia no quieren el liberalismo euro-americano pero tampoco desean unirse a Roma, sugiere que la escisión no será de gran tamaño.
Publicaciones católicas como 'The Tablet' han mostrado reserva hacia el abandono de los canales del ecumenismo por Benedicto XVI. La crítica más dura ha sido publicada por su viejo amigo y compañero de estudios Hans Küng, que ha lamentado que la oferta del Papa atraiga a los más tradicionalistas a Roma y fomente el descontento de los católicos reformistas, al mismo tiempo que debilita a los anglicanos.

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