«El país más laico del mundo es EEUU, lo de Francia es un mito»

Entrevista a Víctor Vázquez profesor de Derecho Constitucional en Sevilla

-Según la Constitución, ¿el Estado español es laico o aconfesional?

-Constitucionalmente, la palabra aconfesional es un eufemismo. Yo creo que la Constitución del 78 define al Estado como laico, ya que se optó por un enunciado normativo muy claro: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal". Sin embargo, es cierto que este enunciado debería haber figurado en el Título Preliminar de la Constitución y no en el Artículo 16 -el que trata la libertad religiosa e ideológica-, algo que no pudo ser debido a la necesidad de los redactores de alcanzar un acuerdo político. También es cierto que este enunciado se matizó con otros dos que hacen referencia a la cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones que posteriormente, contra todo pronóstico, han tenido más incidencia en el desarrollo constitucional que la propia definición del Estado español como laico.

-Sin embargo, la palabra laico no aparece en ningún momento en el texto constitucional.

-Hubo varias palabras, como laico o federal, que por motivos de consenso no puedieron aparecer en el texto de la Constitución. Pero el que no aparezca dicho vocablo no significa que el estado no sea laico. Tampoco está en la Primera Enmienda de la Constitución de los EEUU y es el país más laico del mundo…

-Pero Estados Unidos es una nación profundamente religiosa…

-En términos constitucionales, Estados Unidos es el país donde se da una separación más radical entre las diferentes iglesias y el Estado, mucho más que en Francia. Los padres fundadores eran personas muy religiosas, pero, debido a la experiencia anglicana, tenían muy claro que si el Estado quería integrar un fenómeno plural no podía abrazar ninguna religión. Es la gran paradoja del constitucionalismo americano: una separación iglesia-estado muy radical con una sociedad muy religiosa que, además, pide que sus políticos sean muy religiosos. En este sentido, siguen a Polibio y otros pensadores clásicos al considerar que uno de los paradigmas de la virtud cívica y política es ser religioso.

-¿En qué modelo se inspiró la Constitución española a la hora de definir las relaciones Iglesia-Estado?

-En la Constitución de Weimar, aunque también hay mucha influencia de la doctrina italiana de derecho eclesiástico…

-En Italia las conexiones de la Iglesia con la política son muy poderosas…

-Muy poderosas, mucho más que en España. En nuestro país es muy raro que en una deliberación parlamentaria alguien apele a las Sagradas Escrituras para defender una ley. En cambio, si uno lee los debates legislativos sobre la fecundación asistida en Italia, un grandísimo número de parlamentarios apelaron al problema religioso y moral que planteaba esa ley… Tener el Vaticano ahí al lado debe ser muy fuerte… También es verdad que, al tener un rival tan claro, el pensamiento laico en Italia ha sido mucho más poderoso que en España. Gran parte de los clásicos de la literatura de la laicidad son italianos.

-Últimamente se observa en España una reedición del viejo debate entre clericales y anticlericales.

-Sí, pero creo que es un debate más político que social…

-Ya, pero el PSOE parece que lo ha adoptado como una de sus principales estrategias de oposición.

-La laicidad del PSOE es muy cuestionable. Al Partido Socialista le debemos la consumación de un modelo de financiación de la Iglesia Católica profundamente anticonstitucional. La reforma de la asignación tributaria a la Iglesia, la famosa cruz, que Zapatero consagró y elevó al 0,7% es, insisto, anticonstitucional en el momento que permite que una persona pueda detraer parte de sus impuestos para destinarlos a un fin personal como es el culto. Lo más inconstitucional que hay es financiar a las iglesias con dinero público. Lo dijo Jefferson: "Que mis impuestos satisfagan la libertad de conciencia de otro es algo que lesiona mi propia libertad de conciencia".

-Sin embargo, Zapatero tenía fama de comecuras.

-Porque aprobó leyes que pudieron molestar al, digamos, catolicismo sociológico, como la legalización del matrimonio homosexual o la reforma del aborto, pero eso no tiene nada que ver con la laicidad del Estado.

-¿Y el PP?

-Está a punto de consagrar otra inconstitucionalidad haciendo evaluable la asignatura de Religión. Nada de los acuerdos con la Iglesia Católica exige que esa asignatura sea evaluable… Incluso desde el punto de vista evangélico carece totalmente de sentido evaluar la conciencia de alguien con una nota estatal.

-No termino de entender qué ve de negativo en que el Estado reconozca una realidad social tan evidente como es que una buena parte del pueblo español es católico.

-La distinción entre Iglesia y Estado es propia de la modernidad. La laicidad del estado no supone un agravio a la presencia de una determinada confesión en una sociedad. Es más, puede ser hasta una garantía de la conservación de esa creencia.

-¿El gran error de la Segunda República fue el minusvalorar el peso de la Iglesia en la sociedad?

-Sí, porque fue laicista y no fue neutral con respecto al fenómeno religioso. Había un elemento hostil hacia la Iglesia Católica basado en el laicismo francés, que no sólo tiene una idea laica del Estado, sino también de la sociedad. Azaña se equivocó al decir que España había dejado de ser católica. Lo importante es saber que la laicidad limita únicamente al Estado, pero no a la sociedad. Las iglesias, evidentemente, pueden tener colegios, medios de comunicación, empresas…

-¿Qué opina de la educación concertada?

-El modelo español de educación concertada es una copia del modelo francés. Entre las viejas naciones de Europa nadie escapa de estos modelos de concierto y todas han tenido que admitir que parte de su sistema de educación tenga raíz religiosa. Ahora bien, creo que hay que ajustar el funcionamiento de estas escuelas a los principios constitucionales. Es decir, hay que hacer compatibles el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus creencias, como consagra el Artículo 27, con el ideario constitucional.

-En general lo hacen.

-En general sí, pero no creo que un colegio concertado pueda discriminar por razones de sexo, como ha ocurrido en algunos casos.

-Veo que mira mucho a la constitución norteamericana y a sus padres fundadores. Lo normal del laicismo español es inspirarse en Francia

-Francia nunca entendió el pluralismo religioso ni la separación Iglesia-Estado de verdad. La laicidad francesa es un mito jurídico. Por ejemplo, en este país el Estado corre con todos los gastos de mantenimiento de todos los edificios dedicados al culto anteriores a 1905. En la Diócesis de Estrasburgo todos los curas reciben un salario estatal y su obispo es elegido por el presidente de la República junto a la Santa Sede. En muchos lugares, como Alsacia y Lorena y provincias de ultramar, sigue vigente el concordato napoleónico.

-La sombra del corso es alargada… ¿A qué se debe esto?

-Los revolucionarios americanos tenían claro la necesidad de separar la Iglesia del Estado, pero los revolucionarios franceses no. Nunca pensaron que un estado pudiera tener una integración verdadera sin una religión, de ahí que primero intentaran sustituir el cristianismo por los cultos a la razón y luego nacionalizasen el clero católico. Francia es la laicidad de los antiguos, la lucha contra el Antiguo Régimen y el confesionalismo, mientras que Estados Unidos es la laicidad de los modernos, la lucha por la integración del pluralismo religioso. La incomprensión del pluralismo religioso en Francia se observa en la Ley del Velo, algo que a nadie se le ocurriría en Estados Unidos.

-¿Y por qué, insisto, seguimos mirándonos en el espejo francés?

-Por el antiamericanismo. Está claro que lo que significó la Primera Enmienda de la Constitución americana es mucho más importante en la historia constitucional universal que lo que significó la laicidad en Francia. Eso sí, hablamos desde un punto de vista estrictamente jurídico. Hay que hacer hincapié en la importancia del pensamiento laico francés desde la Ilustración como horizonte de emancipación moral de los ciudadanos.

-El PSOE ya ha anunciado que cuando llegue al poder denunciará el Concordato con el Vaticano.

-El Concordato ya no existe, pero sí una serie acuerdos con la Santa Sede que regulan aspectos económicos, educativos, culturales, jurídicos… Son formalmente posconstitucionales, pero materialmente preconstitucionales, porque se negociaron antes de la Constitución, en el interregno. Tienen una carencia de legitimidad evidente y es hora de adecuarlos a nuestra norma constitucional o denunciarlos. No me creo lo del PSOE. Llevo años escuchando esto de políticos socialistas y nunca lo han hecho. Ahí está el tema de la financiación del que antes hablábamos.

-¿Es constitucional el que políticos y fuerzas del orden procesionen con determinadas imágenes?

-El Tribunal Constitucional ha dicho que en sí mismas y tomando en consideración su elemento tradicional, este tipo de participaciones institucionales no vulneran la Constitución siempre que no sean coercitivas. Ahora bien, en mi opinión, este tipo de confusiones entre funciones civiles y religiosas no sólo puede comprometer la neutralidad religiosa del Estado, sino que constituye una amenaza para la propia autonomía de las confesiones. La expresión atribuida a Jefferson de "un muro de separación" entre la Iglesia y el Estado, originalmente es del evangelista Roger Williams, fundador de la Colonia de Rhode Island. En su pensamiento religioso, este muro era necesario no para proteger el Estado de las Iglesias, sino para evitar que "el jardín de la Iglesia" se vea invadido por "el desierto del Estado". En definitiva, la gran fuerza y autenticidad de la Semana Santa radica en que es producto de las creencias de la sociedad civil, y la presencia de elementos estatales es la peor de las amenazas a su autonomía y pureza, ya que siempre es tentador para el poder político aprovecharse de aquello que es objeto de veneración en la sociedad.

-¿Y qué opina de iniciativas fracasadas como la de retirar el patronazgo de la Inmaculada del Colegio de Abogados de Sevilla?

-En ese asunto hay un concepto de tradición que, obviamente, permite que determinados reconocimientos institucionales históricos sean acordes con la Constitución… No vamos a quitar la cruz de la bandera de Asturias, ¿no?… Todos estos asuntos son absolutamente menores, lo importante, insisto, es la financiación y si el Estado debe sufragar una determinada iglesia.

-Siendo usted un profesor de Derecho Constitucional es inevitable la pregunta: ¿Hay que reformar la Constitución?

-Por supuesto. Los españoles hemos sido históricamente ineptos para reformar nuestras constituciones. La crisis actual se debe a que hemos sido incapaces de reformar la Constitución del 78. Jefferson decía que los procesos constituyentes había que renovarlos, que "el mundo pertenece a los vivos". No tiene sentido que en la Constitución Española no se diga qué comunidades autónomas hay, qué competencias tienen, que no haya una palabra sobre la integración europea o que permanezca una discriminación por sexo en el acceso a la Jefatura del Estado… Tendríamos que haber reformado la Constitución paulatinamente durante todos estos años, sin traumas ni imposiciones de Bruselas… Ahora, sin embargo, tenemos una necesidad acuciante por el asunto catalán y, con la crisis actual de la Monarquía, el proceso de reforma puede derivar en un verdadero proceso constituyente.

-¿Cree que la crisis de la Corona puede ser decisiva en la crisis catalana?

-Sí. La Corona ha sido en España un factor fundamental para la estabilidad y el equilibrio territorial, pero ese papel ahora está muy debilitado debido a la crisis de legitimada provocada por los escándalos de la Infanta y de algunos errores inéditos del Rey. Don Juan Carlos entendía muy bien a Cataluña, era un factor de unión y podría haber moderado mucho la crisis. Sin embargo…

-De todos es conocida la habitual estrategia del presidente Rajoy de dejar que los asuntos se pudran. Es verdad que, a veces, sobre todo en las cuestiones internas del partido, esta técnica le ha dado buenos resultados. ¿Se superará la crisis catalana sin que el Gobierno dé un solo paso?

-Yo creo que no. De esto no vamos a salir igual y, de alguna manera, vamos a tener que revisar el encaje de Cataluña con el resto de España. Ya se está acabando el tiempo para que el Estado tome la senda de la seducción y plantee una alternativa. Para solucionar esto hace falta coraje y talento político. De alguna manera, en Cataluña van a tener que decidir sobre algo, y lo que tiene que hacer el presidente del gobierno es garantizar que ninguna de las opciones esté al margen de los intereses generales de España… Pero quizás es tarde y el órdago muy grande. Al contrario que en el País Vasco, el nacionalismo catalán ha permeado en toda la sociedad, de ahí que el 80% de la sociedad esté a favor de la consulta.

-Por su parte, el PSOE repite como una letanía salvífica la palabra federalismo. Algunos dicen que ya somos una nación federal, ¿es eso cierto?

-El estado de las autonomías tiene muchísimos componentes federalistas. España es un país muy descentralizado, pero no del todo federal. Le falta una reforma de la Constitución en la que se reconozcan los propios componentes de la federación, una descentralización en materia judicial y una aclaración de las competencias de las comunidades en la propia Constitución. El problema en España es que difícilmente puede ser un estado federal simétrico, el famoso café para todos. Por mucho que nos empeñemos, Cataluña no es igual a la Rioja, ni el País Vasco es igual a Murcia.

-Federal sigue siendo una palabra incómoda en España, quizás porque nos remite a experiencias desastrosas como la Primera República y el problema del cantonalismo.

-A mí me duele mucho la demonización que se ha hecho del término federal en España, incluso este vocablo se ha identificado con la disolución del país. Dos tercios de los países del mundo son federales y algunos son de los más unidos y prósperos, como Alemania, EEUU o Australia.

Perfil: La obligación moral de la alegría

Lo dijo en una barra de Lisboa, su voz apenas abriéndose camino entre el griterío del bar Estadio: "La alegría es una obligación moral". Así es Víctor Vázquez, universitario apasionado, diletante actor de cine con un toque Belmondo, letraherido, amante del rugby y los toros, castellano de Valladolid con el espíritu fiestero de un dominicano… Este profesor de Derecho Constitucional, miembro de las temibles huestes de Javier Pérez Royo, llegó al Sur para cumplir con su destino manifiesto. Lo narra en La vida sublime, la película dirigida por Daniel V. Villamediana de la que él es coguionista y actor principal; un viaje iniciático en busca de los fantasmas familiares y, sobre todo, del Sur, ese territorio mítico de su tocayo Erice por el que corren las aguas del Guadalquivir, "el Ganges español"; el río que desemboca en el Caribe y que tiene el poder de purificar las almas y las mentes de todos aquellos peregrinos de buena voluntad que osen darse un chapuzón amenizados por los sones del rock romano-andaluz de Silvio. Su contundente defensa de un estado laico no entra en contradicción con el hecho de que haya iniciado los trámites para hacer a su primera hija hermana de la Macarena, la más alegre de las vírgenes sevillanas y, por tanto, la que representa el más alto sentido moral de la existencia.

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