El orgullo de las mitras

El orgullo es un pecado. El desprecio, una degradación de quien lo ejerce. El complejo de superioridad encierra más complejo que superioridad. El falso dominio de lo absoluto es una miseria que empobrece a su poseedor.

En el centro del orgullo, del desprecio, del complejo, de la miseria se coloca a sí mismo el Obispo auxiliar de Madrid Juan Antonio Martínez Camino. Con una soberbia vergonzante sale a la plaza pública para condenar, ejerciendo de inquisidor, el matrimonio civil.

La Iglesia se ha apoderado de todas las actividades vitales y las ha sacralizado sin respetar el valor que encierra cada una de ellas en sí misma. El hombre, la mujer, la capacidad intelectual, la investigación, el sexo y sobre todo el amor son soportes insustituibles por su propia presencia sin necesidad de ser referidos a dios alguno. La vida, la muerte, el tiempo se mantienen sobre su propia médula como realidades no referenciadas a deidad ninguna. Las rosas dan elegancia al mundo aunque nadie disfrute su perfume. La humanidad no es un apéndice de la divinidad. La laicicidad es la desacralización de la vida para situarla como respuesta al misterio que somos.

Pero la Iglesia sólo contempla una conclusión blasfema: todo lo que no sea revestido de esa sacralización es maldad. En consecuencia la sociedad civil es buena o mala, moral o inmoral, si se inserta o no en los designios de una enseñanza dictada desde el sinaí tronante de las mitras. Porque además a Dios se le atribuye lo que es nada más que la elaboración preceptiva del episcopado. Los Obispos se han apropiado de Dios, lo suplantan, ejercen un dominio absoluto sobre él y en su nombre proclaman guerras santas, votos políticos y directrices sociales. Lo que no está pasado por el tamiz de las mitras no es bueno en absoluto. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Son incapaces de entender que la laicicidad no es anticristianismo, sino autonomía de la existencia como valor en sí misma.

La historia de la Iglesia no ha sido un ejemplo a lo largo del tiempo. No siempre ha estado en condiciones de reivindicar su enseñanza como un arquetipo de realización humana. Basta con repasar la historia. No todo lo que hoy se proclama como cristiano ha sido tenido por cristiano en el pasado. Desde Constantino hasta ahora las alianzas con el brazo secular han sido constantes. Se ha hecho por la fuerza la implantación doctrinal en tierras conquistadas y se han defendido directrices que con el paso del tiempo se han visto erróneas. Hay mucho Galileo anatematizado.

Con soberbia, orgullo y desprecio, el Obispo Camino ha comparado el matrimonio civil con un contrato de telefonía móvil. “El matrimonio es la unión de cualquier ciudadano por tres meses y a los tres meses ese contrato puede ser disuelto por cualquiera de las partes, sin dar ninguna razón, es decir, es un contrato mucho más leve que contratar un servicio telefónico o de telefonía móvil, que usted tiene muchas dificultades para rescindirlo, para celebrar uno nuevo” El portavoz de los obispos tacha de “irracionales” y “perjudiciales para el bien común” las leyes que regulan las uniones en España.

Desde el pedestal de quien posee toda la verdad, de quien hace de Dios una propiedad absoluta, desde el poderío económico, el portavoz del episcopado humilla a todo aquel que se acoge a la legislación surgida de unos órganos elegidos desde la concordia democrática, con la responsabilidad de quien se siente autónomo en su conciencia frente a manipulaciones externas.

Los Obispos tienen derecho a expresarse libremente. Pero cuando esa expresión comporta una evidente falta de respeto a cualquier decisión personal se exponen a ser juzgados por lo menos con indiferencia.

¿Serán capaces los Obispos de preguntarse alguna vez por el pecado tan repetido de usar el nombre de Dios en vano?

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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