El Obispo “Play-Boy”

En este mundo globalizado todo está relacionado y todo se sabe, hoy más que nunca, y con mayor rapidez. Vivimos en la “aldea global” que augurara hace años el filósofo de la comunicación, McLuhan. Gracias a los medios técnicos, a su inmediatez y difusión mundial, somos como habitantes de una corrala, cuyo chismes, noticias y acontecimientos, se difunden en menos que canta un gallo. Y en una corrala, cuando el gallo canta, se escucha en toda las casas, aunque cierren las ventanas. La corrupción es un canto cotidiano al que por habernos acostumbrado, le hemos quitado importancia, sin calibrar el peligro mortal que conlleva. Y de eso se aprovechan los corruptos y los corruptores.

La corrupción es una gangrena que mina los valores y la convivencia social. Ataca directamente el sistema democrático. Y lo que es peor, no sólo se esparce entre la clase política y los grandes  empresarios y banqueros, sino que también afecta a otros sectores e instituciones, algunas tan sagradas como la Iglesia Católica. ¡La iglesia! Sí, hasta la Iglesia se ha contagiado de la corrupción política y forma parte de ella. No hablo en vano. Quiero exponer un caso concreto que hasta me avergüenza incluso sacarlo a relucir, porque parece increíble. Han pasado tantas cosas y están ocurriendo otras tantas y tan graves, que por no explayarme en otros que conozco de sobra y que dejan muy mal las intenciones con las que el nuevo Papa Francisco quiere guiar al mundo católico, no hay otro remedio que informar por el bien de su diócesis, Cádiz-Ceuta, y el del iglesia, a la que está dejando malparada. Se trata de un obispo “Play-Boy”. Ahí está, haciendo honor a su apellido materno en una de las diócesis más pobres de España, con dos capitales que llevan unos sambenitos que nadie ha querido ni puede quitar: La hermosa Cádiz, con su amplia bahía y su fama de “mariquitas”, y la fronteriza Ceuta, entre el islam y el cristianismo. Azotadas ambas por el desempleo y la pobreza. Y la segunda, además, por la esclavitud femenina. En esta diócesis -antigua provincia romana- de Cádiz-Ceuta, su obispo con mando en plaza, de tiara y tente tieso, por nombre Rafael -nombre torero como se siente el purpurado vestido de luces- es conocido como el “obispo señorito”. Quizás para contrarrestar tanta pobreza y esclavitud, quizás para rememorar viejos tiempos del caciquismo y el clientelismo, el señor obispo “vive como un obispo”, que se decía en otras épocas oscuras y temerosas, donde la jerarquía era la jerarquía, y los demás a callar. Así actúa este energúmeno eclesial, no sólo con sus feligreses, si es que le va quedando alguno, sino con sus mismos compañeros de ministerio sacerdotal, es decir, los sacerdotes de la diócesis, sin los que el obispo, según los cánones, no pinta nada, ni los picaportes de la catedral. Muchos son los curas que se ven marginados, despreciados y ninguneados por el prelado que no cuenta con ellos, desobedeciendo el canon de “colegialidad”, que impera en su sagrada institución. Otros ya lo han denunciando ante el Papa y esperan su respuesta; pero las cosas de palacio van despacio, y más en la iglesia con esa idea gremial tan terrena que tiene cuando se trata de poner en evidencia alguno de sus pecados.

Hasta aquí los pecados veniales del señor Obispo de Cádiz-Ceuta, Rafael Zornoza Boy. Los mortales, ni que decir tiene, son más graves y ocultos, aunque se disfracen de viajes a Tierra Santa rodeado de efebos, o se traiga para compensar clero extranjero que le ríe las gracias y le aplaude sus lujos y desmanes. Su forma de vida, nada ejemplar en un hombre de Dios, dejándose llevar por la carne, raya en la práctica de lo que se ha dado en llamar nepotismo, despotismo, y corrupción, al estilo de esos políticos a los que el poder obnubila. En su caso habría que inventar un concepto simple y definitorio como “obispismo”, acciones de un obispo preocupado por sí mismo y sus caprichos antes que por su feligresía. En la diócesis donde ejerce su “pastoreo y postureo” debería caérsele la cara de vergüenza, no tanto por ética, de la que carece, cuanto por la creencia que dice seguir. Y no digo a qué promoción pertenece (un retroceso en la iglesia), porque sería largo el artículo, aunque ocasión habrá próximamente, siguiendo mi compromiso con los curas que me han pedido que hablase del tema.

De la nada al poder. De la pobreza evangélica, a la ostentación de riqueza y lujos. De la misericordia al peor despotismo con familias a las que en un alarde de poder y dinero, les quiere arrebatar su taberna familiar con la que el matrimonio se gana el pan. El dinero, el lujo, las operaciones inmobiliarias… todo está a su alcance que para eso es obispo, se viste como obispo, con clerimanes de diseño, y frecuenta restaurantes de lujo donde dispone de vinos reserva, frente al vino peleón que le dan en la tabernucha esa. Como decía Baroja: Obispo de misa y olla.

La corrupción no es sólo política, la hay también económica, empresarial, científica, y, como acabamos de ver, también religiosa. La corrupción es la peor gangrena; allá donde haya una institución o personaje que ostente poder, se hace presente. Todo se pega. Hasta en la iglesia. El comportamiento de nuestros chorizos, prepotentes, hipócritas, caraduras, déspotas y népotas, mentirosos, y falsos políticos se ha extendido al poder eclesial. A la cabeza, imitador de esta gentuza corrupta y miserable, el flamante obispo de Cádiz-Ceuta, conocido como “el obispo señorito”, en el sentido peyorativo que el andaluz aplica a este término. Y en honor a su segundo apellido, el Obispo “Play Boy”. Sólo le falta salir en esa revista. ¡Amén!

Ramón Hernández de Ávila

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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