El obispado de Córdoba apoya a un cura condenado por abusar de seis niñas

El Obispado de Córdoba, que regenta el ex secretario general de la Conferencia episcopal, Juan José Asenjo, manifiesta su «apoyo y cercanía» al párroco de Peñarroya-Pueblo nuevo condenado por la Audiencia Provincial de Córdoba a 11 años de cárcel, a pagar 8.100 euros a las víctimas y a mantenerse alejado del pueblo durante tres años por haber abusado de seis niñas. Lo cuenta José Manuel Vidal en El Mundo

La cerrada defensa que de su cura hace el obispo de Córdoba se basa, según el comunicado, en que el sacerdote «ha declarado reiteradamente a su obispo no haber incurrido nunca en comportamientos morales incompatibles con su condición sacerdotal». El obispado puntualiza que «los hechos, de ser ciertos, son siempre deplorables, moralmente condenables y causa de sufrimiento para todos».

En círculos eclesiales sorprende la defensa que está haciendo de su cura el obispo de Córdoba, monseñor Asenjo, un prelado extraordinariamente prudente. Hace pocos meses, tomó posesión de la diócesis de Osio, para sustituir a monseñor Javier Martínez, promovido a arzobispo de Granada, tras el escándalo de Cajasur y el enfrentamiento con su presidente, el sacerdote Miguel Castillejo.

Y eso que es el segundo varapalo judicial que recibe J.D.R.G., después de que un juzgado de lo Penal lo condenara en mayo. Ahora, la Audiencia Provincial de Córdoba ha ratificado la condena, pero monseñor Asenjo sigue sin tomarla contra el cura, que regenta todavía su parroquia a imparte catequesis a los niños.

Para dictar el fallo, los magistrados de la Sección Primera de la Audiencia Provincial cordobesa se basaron, sobre todo, en el informe psicológico que la defensa del propio sacerdote solicitó que se efectuara a las menores. El estudio no sólo confirmó las denuncias de las niñas, sino que otorgó un elevado grado de veracidad a su relato.

Según los relatos de las pequeñas, el párroco las sometía a tocamientos lascivos mientras las confesaba poco antes de hacer la primera comunión, en los años 2000 y 2001. La sentencia recoge también que todas ellas recordaron cómo el cura «les colocaba las manos en su zona vaginal y, una vez allí, les rozaba sus órganos genitales, no de forma puntual, sino continuamente».

La sentencia mantiene que tales caricias tenían como objetivo «satisfacer el móvil lúbrico que guiaba al acusado en ese proceder, y ello aun cuando se hiciera por encima de la ropa». El letrado del sacerdote está estudiando la posibilidad de recurrir la sentencia ante el Tribunal Supremo. Y mientras tanto, el cura sigue celebrando misa.

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