El nombre de Mahoma en vano

Las muertes del embajador de EEUU en Libia, Christopher Stevens, y de otros tres dipomáticos del mismo país, llegan en plena campaña electoral, en la que el republicano Mitt Romney no ha perdido el tiempo en buscar ganancia. Algo que ha provocado la indignación de la Casa Blanca y críticas en medios de comunicación, como Salon, que titula: "La lamentable declaración de Romney sobre Libia".

Con un posible ataque israelí a Irán planeando en el ambiente, el asalto a la legación norteamericana en El Cairo y el mortal ataque al consulado de Bengasi, despiertan memorias de lo ocurrido en Teherán el 4 de noviembre de 1979, cuando cientos de estudiantes revolucionarios dirigidos por los hombres del ayatolá Jomeini tomaron 54 rehenes. Nadie lo dice; nadie lo olvida.

Aquella crisis le costó la presidencia a Jimmy Carter tras un fallido rescate. Este precedente impide a Obama saciar las ansias del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, deseoso de bombardear las instalaciones nucleares iraníes antes de final de año.

The Washington Post recuerda a los embajadores estadounidenses muertos en servicio; el último en febrero de 1979, en Afganistán.

También ofrece un vídeo en el que Stevens se presenta a los libios poco antes de viajar hacia su destino. El diario mantiene un live blog y ha abierto sus páginas a los mensajes de los lectores.

Se repite el esquema de la agitación de las viñetas de Mahoma, la crisis provocada por 12 caricaturas publicadas en el periódico danés Jyllands-Posten: alguien filma una película sobre la vida del Profeta y miles de personas que no la han visto se lanzan a la calle indignados, dispuestos a quemar, saquear y matar en nombre del insultado. Es el boca oreja lo que prende la ira.

Sucede en las culturas de transmisión oral, menos acostumbradas a la búsqueda de los hechos probados, a la confirmación y reflexión. Es una de las consecuencias de la ausencia de democracia, de costumbre en el debate, de tolerancia al humor, de respeto al otro, al diferente.

The Christian Science Monitor destaca la amenaza del fanatismo religioso.

Bajo cualquier dictadura se produce una pérdida colectiva del sentido de la honestidad. La caída de un régimen despótico deja un vacío emocional que ocupan los extremistas, los que saben manipular los sentimientos, la ignorancia. Para evitar tumultos, Kabul ha prohibido You Tube.

Los musulmanes no son los únicos propensos, por muchas fotos que lleguen de Pakistán que, en el fondo, es la misma. En España acaba de suceder en Los Yébenes; el gusto por el linchamiento.

El lunes recomendaba la lectura del texto de Salman Rusdie en The New Yorker: Desaparecido. Más actual que nunca; tiene que ver con la fatua que le condenó a muerte y a una vida de topo.

La película que ha provocado tanta indignación está dirigida o producida por Sam Bacile, promotor inmobiliario de California que dice tener la nacionalidad israelí, un detalle especialmente incendiario en estas circunstancias. El blog Guerra eterna ofrece más detalles: Bacile afirma que los cinco millones de dólares de presupuesto proceden de judíos norteamericanos. Más gasolina al fuego. De momento solo se ha distribuido un extracto en You Tube que recoge Le Monde.

The New York Times ha hablado con Bacile e informa de que ha pasado a la clandestinidad.

En Egipto, donde una turba atacó la embajada estadounidense contentándose con quemar la bandera y brincar sobre su muro, han hecho correr el rumor de que detrás del filme están los cristianos coptos. Es la mano salafista la que mece la cuna.

Estados Unidos desempeñó un papel crucial, junto al Reino Unido y Francia, en el derrocamiento de Muamar el Gadafi. También ha tenido un papel decisivo, aunque más discreto, en los cambios en Egipto y en el ascenso de los Hermanos Musulmanes a la presidencia. Obama se mueve en una delgada línea que separa el éxito a largo plazo y el desastre a corto.

Lejos queda su célebre discurso en El Cairo. Obama, tildado de musulmán por la extrema derecha estadounidense, ha defraudado en Oriente Próximo. Sobre todo a los palestinos. En Gaza han quemado banderas estadounidenses y en Cisjordania aparcan su indignación por los precios y la ineptitud de sus gobernantes para sumarse a la algarada.

Es difícil ser bien visto por los musulmanes cuando se practica el doble lenguaje, la triple moral. Tampoco ayuda la campaña de drones en Pakistán y Yemen ni la muerte de Osama Bin Laden. Después de todo, una mala película, unas viñetas movilizan más a la calle árabe que la tragedia del pueblo palestino. Ni Cuarterto ni plan de paz ni Annapolis. Solo silencio y hechos consumados.

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