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El nacionalcatolicismo es cuestión de tiempo

En el año 2018 –y de eso hace nada–, seguíamos oyendo y leyendo en los principales grupos de comunicación que “en España no existe la extrema derecha”. No me estoy refiriendo a medios especialmente conservadores, recuerdo por ejemplo las tertulias de la cadena SER o algunas tribunas en El País. Entonces, el 7 de octubre de ese mismo año, un partido –sí, de extrema derecha— llamado VOX abarrotó el madrileño Palacio de Vistalegre con cerca de 10.000 asistentes. Recuerdo a unos exultantes Sánchez Dragó, Hermann Tertsch o Luis del Pino relamiéndose los bigotes. Recuerdo un ahogo y también miedo. “Ay, qué exagerada, por favor, no seas alarmista, son cuatro nostálgicos” etc me tuve que oír.

Ni eran cuatro nostálgicos entonces ni lo son ahora. Pero quizás porque les cogió con el pie cambiado, personajes supuestamente progresistas, o no conservadores siguieron machacando, en análisis y artículos, con aquella peregrina idea de que este era el único país de la UE donde no existían partidos de ultraderecha.

En aquel momento, hace solo tres años y medio, ni siquiera a quienes sí veíamos una extrema derecha evidente en VOX, y también como siempre agazapada entre las filas del PP, se nos pasaba por la cabeza la posibilidad de que tuvieran una representación siquiera residual en el Congreso de los diputados. Una cosa era que estuvieran ahí, haciendo ruido y reuniéndose con los neofascistas europeos y otra muy distinta que fueran a tener en España un éxito mayor que un par de representantes. Nos echábamos las manos a la cabeza ante la posibilidad de ese par de diputados ultraderechistas. Nos parecía algo digno de enormes preocupaciones y cosas así.

Pero llegó el mes de diciembre de aquel cercano, cercanísimo, 2018, y la extrema derecha consiguió hacerse en las elecciones andaluzas con 12 escaños, más del 10 por ciento de los votos. Oh.

Todavía tenían la boca abierta los biempensantes cuando hace poco más de dos años, a finales del 19, de repente no fueron dos sino 52 los representantes de la extrema derecha que entraron en tromba en el Parlamento. Oh, oh, oh. Eran la tercera fuerza más votada en España, con algo más del 15 por ciento de los votos. Dos meses antes, en septiembre de 2019, acababan de conseguir que se implantara el pin parental en la Región de Murcia.

¿Eran distintos entonces y ahora? No. ¿Eran entonces menos extrema derecha que ahora? Ni por asomo. Eran los mismos, aquellos de los que hace nada, nada, nada, no esperábamos ni un par de diputados e incluso esa posibilidad nos estremecía. Hace dos, menos de tres años, que la extrema derecha estuviera en el Grupo mixto ya nos parecía una barbaridad digna de espanto.

Bien, en la última encuesta publicada en este diario, se vaticina que la ultraderecha puede llegar a colocar 64 diputados en las próximas Elecciones generales. ¡Sesenta y cuatro! Eso es más del 17 por ciento de los votos. De ahí a que uno de cada cinco españoles o españoles los vote van un pasito. Sin embargo, ni a la vista de estos datos y de los muy semejantes que van ofreciendo los distintos diarios, el asunto nos merece un titular. Pónganse en la piel de quien era usted hace tres años y lo que pensaba de la extrema derecha en España. ¿Es usted distinto? Seguro que no mucho (pandemia aparte). ¿Y?

¿Qué media entre diciembre de 2018 y enero de 2022? Tiempo. Solo tiempo. Poquísimo tiempo en su vida, y un tiempo en principio irrelevante en la Historia de un país. Sin embargo, entonces nos parecían imposible un puñado de representantes ultras en el Congreso y ahora no sucede nada al enterarnos de que podrían ser 64, como no sucedió cuando hace dos años se convirtieron en la tercera fuerza más votada, pasándoles la mano por la cara a la izquierda y por supuesto a Ciudadanos, quién se acuerda de estos últimos. Ha sido solo cuestión de tiempo. No ha cambiado nada sustancial, no responden en principio a una revolución, a un crack económico, a una guerra. Sencillamente es tiempo.

Los de VOX son un partido nacionalcatólico. Ahí está la Iglesia católica, detrás de ellos. Suyas consideran la bandera y la fe, así lo proclaman, ahí se sustentan. Así de fácil y de terrible. Por eso su mayor baza, la que les va encumbrando, es el odio hacia el feminismo. Y la misoginia pura y dura. Religión. Actuarán contra nosotras en todos los frentes. Pero no pasa nada, nada está sucediendo. Nos hemos acostumbrado, y en tan poco tiempo… Ya han (hemos) pasado por los juzgados o la cárcel artistas, mujeres en defensa de sus hijos, pensadoras, activistas, las ONU acaba de pedir explicaciones a España por su desprotección a madres, hijas e hijos por la aplicación del falso Síndrome de Alienación Parental (SAP) en los juicios. No pararán, y su campo de batalla no será la violencia evidente, sino el Poder Judicial.

Más allá de su construcción contra los menores extranjeros que cruzan solos nuestras fronteras, toda su articulación gira en torno a las mujeres. Ahí, ahí es donde les late la Iglesia, como siempre en su repugnante entrepierna, como siempre contra la posibilidad de nuestros cuerpos soberanos. Ya han colado en la “agenda” política el primer zarpazo al aborto. Ya gobiernan de facto en la Comunidad de Madrid. Y en su batalla contra el feminismo va cosida la consiguiente lucha contra los derechos de la comunidad LGTBI.

El nacionalcatolicismo de VOX sigue dando no pasos, va dando zancadas y de un salto mortal de solo dos años se han convertido en los dueños de lo que pueda suceder en el Gobierno de España en las próximas elecciones generales. Llámenme de nuevo alarmista, pero que vuelva a un Gobierno el nacionalcatolicismo es solo cuestión de tiempo.

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