El mito del mito de Papá Noel y sus efectos perniciosos para la infancia

El 25 de diciembre, en el Observatorio del Laicismo, se publicaba un texto de Fernando Esteban Lozada titulado “El mito de Papá Noel y sus negativas repercusiones en la formación de la infancia”. El texto argumenta en contra de la costumbre de hacer regalos a los niños hablándoles de Papá Noel, los Reyes Magos o el ratoncito Pérez (supongo que también en contra del Olentzero vasco y el Tió de Nadal catalán). No me cabe duda, por la argumentación del texto, de la buena intención de su autor, de su sincera preocupación por los niños, por fomentar su pensamiento crítico, y unas relaciones éticas en la relación adultos-niños. Ahora bien, pienso que el autor está equivocado al apuntar su crítica hacia Papá Noel y otros amigos imaginarios de los niños. Lo que sigue es la explicación de por qué.

Dado que el autor apela al pensamiento crítico, empezaré por ahí. La afirmación de que la “creencia” (sigo entrecomillando) en Papá Noel, etc., tiene perjuicios es una hipótesis, no un hecho. Habrá que mostrar los hechos, experimentos, etc., que demuestren o falsen esa hipótesis (el autor no aporta ninguno más allá de que él cree que es así). Hacer pasar una hipótesis sin pruebas (una mera opinión) por un hecho es precisamente la definición de dogma, que es lo opuesto al pensamiento crítico. Y, por lo que yo sé, no hay ningún estudio científico que avale los efectos perniciosos de la “creencia” en Papá Noel o similares. Curiosamente, el autor del texto, con la sincera intención de defender el pensamiento crítico, puede haber caído en dogmatismo al afirmar sin pruebas una hipótesis como si fuera un hecho.

Hasta aquí mi escepticismo acerca de que dicha “creencia” sea perjudicial. En lo que sigue intentaré explicar por qué además me parece beneficiosa. Me baso sobre todo en dos libros de la psicóloga y filósofa Alison Gopnik en los cuales expone sus estudios científicos con niños: El filósofo entre pañales (2010) y ¿Padres jardineros o padres carpinteros? (2018). El argumento principal es que Papá Noel, los Reyes magos, el ratoncito Pérez, el Olentzero, el Tió de Nadal y similares entran en la categoría de los cuentos, los amigos imaginarios, juegos de fingimiento y paracosmos de los niños, con todas las ventajas que tienen para su desarrollo emocional y cognitivo.

Gopnik explica en ambos libros la mentalidad infantil con rigor científico y evidencia empírica. En el capítulo 2 de El filósofo entre pañales y en el quinto de ¿Padres jardineros o padres carpinteros? explica el asunto de los amigos imaginarios. Señala cómo los amigos imaginarios los tienen todos los niños en todas las culturas, incluso en las que está mal visto, como las fundamentalistas cristianas o hindúes, y cómo persisten aunque se les prohíba o en secreto (cuando se supone que son demasiado mayores para creer eso).

También los relaciona con el aprendizaje infantil acerca de la causalidad, la teoría de la mente ajena, la distinción realidad-ficción, los contrafactuales, la empatía (ponerse en el lugar del otro), etc. De hecho, los niños más imaginativos, capaces de involucrarse vívida y emocionalmente en sus mundos ficticios (con sus amigos imaginarios) desarrollan mejor todo lo anterior (que, nótese, es fundamental para el pensamiento científico: imaginar hipótesis, pensamiento contrafactual para falsarlas, buscar causas, etc.). Los amigos imaginarios, lejos de perjudicar al niño o dificultarle la distinción realidad-ficción, se la facilitan. Por cierto, también dice que los niños autistas no tienen amigos imaginarios ni se involucran en juegos de fingimiento (del tipo yo soy el príncipe y tú el dragón). La autora dice que los niños cuando crecen sustituyen los amigos imaginarios por “paracosmos” (mundos imaginarios). Esa capacidad ficcional de idear otros universos está en la base de la ficción, la literatura, el cine… (y yo añadiría la ciencia y, mal empleada, la religión).

Pero lo mejor viene ahora. También indica que la investigación científica ha descubierto que los niños realmente no creen en sus amigos imaginarios. Mejor dicho, ni creen ni no creen en el sentido que nosotros usamos esos términos (por eso lo entrecomillaba antes). Digamos que creen en ellos cuando deciden involucrarse en el juego (cuando hablan con ellos, por ejemplo) pero saben que no son reales. Lo que pasa es que tienen la capacidad de vivir el juego de creer en ellos e interactuar con ellos involucrándose al 100% emocional (con mucha menos intensidad, es lo mismo que hacemos cuando de adultos nos metemos de lleno en una película, novela u obra de teatro o ilusionismo: por un momento, vivimos la ficción como realidad, y resulta una experiencia sublime. Ahora bien, para eso debemos dejarnos llevar e ignorar los efectos de cámara, trucos, etc.).

Dicho de otra forma, ni creen ni no creen, simplemente es que el asunto está mal planteado en esos términos. El niño que juega al juego de Papá Noel no cree que Papá Noel exista en el mismo sentido en el que existe su papá o su abuela, ni mucho menos se plantea ni se cree que una persona real es capaz de “producir regalos para 2200 millones de niños/as, exactamente el que quiere y merece cada uno, y repartirlos en el 70% de la superficie del planeta”. Simplemente no piensa en eso, como los adultos no piensan en los efectos especiales al ver una película: ¡es que si lo haces no la disfrutas! Pero eso no significa que te creas que lo que ves en la pantalla es cierto, aunque aun así llegas a tener emociones reales (como cuando lloras o te asustas viendo una película). Los niños, simplemente, es que lo hacen mucho mejor que los adultos, se meten de lleno en sus juegos de ficción o en los cuentos, una capacidad que de adultos se va perdiendo (lamentablemente para los adultos). Intentar explicarle a un niño que Papá Noel no existe para que tenga un pensamiento crítico es como explicarle que ese palo con el que juega no es una espada sino un palo. O como advertirle que los lobos no hablan antes de leerle un cuento (como si el niño no lo supiera o fuera a creer por eso que los lobos de verdad sí que hablan).

Una prueba de que los niños no creen literalmente en Papá Noel y compañía es que ningún niño en peligro real pide ayuda a Papá Noel en vez de a sus padres. Los niños son más pequeños pero no más tontos. Según Gopnik, los niños distinguen claramente realidad de ficción, lo que pasa es que se involucran (juegan) tan bien en la ficción que somos los adultos quienes pensamos que las confunden. Algo que a los niños les sirve para distinguir realidad de ficción es el carácter extremadamente exagerado de las ficciones infantiles. Lo mencionado antes, por ejemplo: que Papá Noel sea capaz de “producir regalos para 2200 millones de niños/as, exactamente el que quiere y merece cada uno, y repartirlos en el 70% de la superficie del planeta” (y además en trineo, volando y en una sola noche). De hecho, si le preguntas a un niño que cómo es capaz de hacer eso, el niño te mirará raro (como diciéndote: “es un cuento, tío”) o te dará cualquier explicación descabellada intentando seguirte el juego y pensando que tu pregunta es parte de ese juego (él, inocente, cree que quieres jugar y no fastidiarle).

Para acabar, y como tengo una hija pequeña, decir que voy a leerle muchos cuentos y, cada vez que me hable de sus amigos imaginarios, jugaré con ella a creer en ellos: hablaré con ellos, me reiré con ellos, me pondré triste si se ponen malos, invocaré al ratoncito Pérez, le dejaré algún detalle a papá Noel y a los reyes magos para que se repongan de todo el trabajo que hacen en una sola noche, etc. Y procuraré creérmelo tanto con ella (aunque no podré llegar a su nivel por ser adulto) para disfrutarlo al máximo y compartirlo juntos. Y asumo el riesgo (soy así de temerario) de que me esté equivocando y de mayor sea beata por haberle hecho eso, pero por ahora pienso que así la estoy ayudando a ser científica.

Posdata:

Puede que parte de la oposición a los Reyes magos, Papá Noel, etc., tenga que ver con sus connotaciones religiosas y la relación con la navidad (natividad del niño-dios Jesús), etc. Aun así no veo ningún problema para un no-creyente, es más, creo que los no-creyentes deberían celebrar todas las fiestas religiosas como forma de activismo ateo.

Respecto de la religión, bien pudiera ser, por lo menos en hipótesis, que fuera un residuo de este tipo de pensamiento infantil en amigos imaginarios y paracosmos y que perdurara en algunos adultos, pero donde la frontera entre ficción y realidad ya se ha hubiera difuminado y borrado y ahí sí que no se distinguiera bien. Y digo residuo con toda la intención, en el mismo sentido en el que el mismo fuego que sirve para calentarnos en una hoguera (y por eso es tan útil) también produce un residuo (el humo) que nos molesta según sople el viento. Ahora bien, de aquí no deduciría que lo mejor es apagar el fuego sino colocarnos en el sitio adecuado. De esta forma, la religión podría ser una fase infantil mal superada por algunos adultos (aunque muy útil y valiosa como tal fase infantil y si se supera correctamente).

Bibliografía:

Gopnik, Alison (2010). El filósofo entre pañales: Revelaciones sorprendentes sobre la mente de los niños y cómo se enfrentan a la vida. Editorial Planeta.

Gopnik, Alison (2018). ¿Padres jardineros o padres carpinteros?: Los últimos descubrimientos científicos sobre cómo aprenden los niños. Editorial Planeta.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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