El milagro valenciano

Un profesor valenciano nunca puede afirmar que lo ha visto todo. Al menos, no sin haber acudido antes al curso sobre “Apariciones y milagros” que oferta la Generalitat a través de la Conselleria de Educació. La noticia, que publicó M. Planells en elmundo.es, llegó ayer hasta mi pantalla y juro que tuve que frotarme un par de veces los ojos para dar crédito. Entendedme, uno lee apariciones de Nuestra Señora y lo primero que le viene a la mente es Rita Barberá en Canal Nou.  Es cierto que la Comunitat es muy dada a los milagros, no hará falta recordar las bodas de Camps y su convertir agua en trajes o la resurrección de Chimo Bayo después de hacerse la ruta del Bakalao sin poner intermitentes, pero, pasado el impacto inicial, todavía  me pregunto si hace falta explicarle a los profesores valencianos qué es lo sobrenatural tras enfrentarse a este enero sin paga extra y tras varios años de bajadas en su sueldo.

Uno se conforma pensando que el curso sobre las apariciones es producto de nuestro tiempo. Porque antes el milagro valenciano estaba a la orden del día y lo mismo se te aparecía en una rotonda que en un nuevo puerto deportivo,  de la noche a la mañana el político más ramplón se convertía en diputado en Cortes y la Ley de Costas desaparecía como por arte de magia.  Sin embargo, ahora a ver quién es el guapo que encuentra tintes celestiales en el País Valencià. Es un alivio que el Dios del viejo testamento haya pasado de moda, porque si lió la que lió en Sodoma y Gomorra no me quiero ni imaginar cómo sería si llega a entrar en la Diputación de Castellón.

Una vez expulsados del edén de la burbuja,  hay que rascar en las sagradas escrituras del BOE para encontrar alguna inversión levantina y, puede que a algunos les quede el consuelo del nuevo Mestalla, la obra de Dios que ni dios acaba, pero no está mal recordar que en la noble tierra de Tirant Lo Blanch seguimos gobernados por criaturas divinas… divinas de la muerte con sus jerseys sobre los hombros y sus flequillos atiborrados de gomina. Tras la buena acogida de lo del curso que no os parezca raro que vengan otras ideas peregrinas como que a alguien en la Conselleria se le ocurra ponerle una banda de música a la cola del INEM y empiecen a llamarlo procesión. No me extrañaría, mirad lo que le han hecho al pobre Roberto Soldado que, después de que  la Generalitat se haya hecho accionista del Valencia, ya no tiene que preocuparse  por ir o no a la selección, si no porque al levantarse su nombre no aparezca en la lista de otro ERE.

De todos modos, no es para poner el grito en el cielo. Al fin y al cabo, año tras año han obtenido la mayoría en las urnas y la beatificación en los juzgados. No es de extrañar que, con cursos como el de las apariciones, en el resto de España se pregunten a menudo si no será que a los valencianos nos gusta demasiado el Éxtasis.

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