El mejor alcalde, Cristo

Pasma que los partidos, incluidos los de izquierdas, consideren a las asociaciones religiosas caladeros de votos

Agamenón, líder de la coalición aquea, aceptó sacrificar a su hija Ifigenia a la diosa Artemisa para que los vientos favorecieran la llegada de las naves griegas a Troya. En el 325 de nuestra era, el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea, en la actual Turquía, donde se estableció que Cristo es de la misma naturaleza del Padre. Borges detalla que, ya en el siglo XVII, Milton «notó que Dios tenía la costumbre de revelarse primero a sus ingleses». Franco se declaró «Caudillo de España por la gracia de Dios». En junio, el Ayuntamiento de Cádiz condecoró a la Virgen del Rosario. Antes, el de Málaga medalleó al Jesús de la Misericordia. Y ahora, el de Granada, con el apoyo del PP, Ciudadanos y el PSOE, va a conceder la medalla de oro a Nuestra Señora del Rosario y a Jesús del Rescate.

El recurso a la ayuda de los dioses por parte de los poderosos es una constante histórica. Y el listado de vírgenes, cristos y santos nombrados alcaldes perpetuos por las corporaciones democráticas andaluzas, inagotable. Aún así pasma que los partidos, incluidos los de izquierdas, consideren a las asociaciones religiosas enormes caladeros de votos y sus líderes se dejen utilizar sin advertir la vanidad que supone que un hombre o una mujer, por muy beato, agnóstico o ateo que sea, distinga al mismísimo Cristo. Este nacionalismo cantonal religioso que enemista a la virgen del Pilar con los franceses y la convierte en capitana de las tropas aragonesas, que erige a la Moreneta en símbolo de la Independencia catalana y a la Virgen del Rocío en la campeona del jaraneo andaluz, constituye, amén de una suerte de paganismo, una violación de la Constitución que declara a España un país aconfesional.

Pero la iniciativa alberga ventajas. Si buscamos el lado positivo, podremos encontrar plenos en los que los representantes públicos, en vez de aburrirnos con espesas discusiones en torno a la subida del IBI o el detalle de un plan de compensación urbanística, nos sorprendan discutiendo si, según ‘La áurea leyenda’, el leño en que murió Cristo provenía o no del árbol del bien y del mal que ocupaba el centro del Paraíso. Y, lo mejor, mientras los alcaldes estén entretenidos en Fitur, la jornada gastronómica del día o la inevitable sesión fotográfica, habrá un sustituto, el mismísimo Cristo, un alcalde perpetuo, totalmente inanimado y sumido en la más absoluta quietud. Eso ya supone una forma de contención del gasto y de velar por los intereses de los ciudadanos.

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