El matrimonio civil (no religioso), una institución de amor y humanidad

En estas mismas páginas se ha descrito recientemente al matrimonio como una institución no sexual. Hablamos aquí, para efectos de nuestro argumento, de matrimonio civil (no religioso), que es el que compete al diálogo que actualmente se desarrolla en El Salvador. Cada religión tiene la libertad de definir los preceptos con los que bendice sus uniones, y nadie está sugiriendo que pastores o sacerdotes sean obligados a celebrar alianzas no aprobadas por su credo. El matrimonio civil es una figura que engloba el proyecto de vida de una pareja de adultos junto con los deberes y responsabilidades de éstos frente a la sociedad. Es un contrato que surge de la innata necesidad que tenemos los seres humanos de asociarnos, hacer amistad y crear vínculos afectivos, una necesidad que es también central para las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans. Como familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo formamos parte del mismo entramado social que conecta a las y los salvadoreños cuando compartimos nuestras alegrías y lloramos las penas. El matrimonio es la unión en donde estos lazos alcanzan mayor estrechez al momento que dos personas adultas optan por compartir sus vidas y asumir el compromiso de amor y respeto frente a sus seres más allegados.

Con esto se define al matrimonio como una institución que va más allá de la atracción sexual y la procreación (pensemos en las personas estériles, por ejemplo). Nadie, por ejemplo, piensa en negar el derecho a casarse a un hombre y mujer de la tercera edad, a pesar de que sus prospectos para tener nuevos hijos sean escasos o nulos. El matrimonio ofrece la oportunidad de acompañar a esa persona especial tanto en salud como enfermedad, en tiempos buenos y difíciles. Es una promesa de amor y responsabilidad hecha frente a familia y amigos, una celebración de los sueños y esperanzas que surgen de encontrar a alguien con quien esperamos envejecer y asumir un compromiso vitalicio. Éstas son las razones por las que las personas heterosexuales contraen matrimonio, y también son las que nos motivan a las personas de la diversidad sexual a querer formar parte de tan venerable institución.

De igual forma, las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans somos más que nuestras atracciones físicas. Reducir a alguien a las manifestaciones físicas de su sexualidad es deshumanizar a esta persona. Las personas de la diversidad sexual somos más que las expresiones físicas y consensuadas de nuestro amor. Somos personas con intereses varios, distintos puntos de vista y personalidades igual de complejas que las de cualquiera. Por mucho tiempo nuestra comunidad ha sufrido bajo estereotipos y estigmas que resaltan una de nuestras facetas y suprimen los valores, ideas y acciones con las que podemos formar una sociedad más diversa y humana para beneficio de todos en nuestro país.

Procede, entonces, que si tanto el matrimonio como las personas LGBTI+ son mucho más que el sexo, y constatamos que la humanidad que compartimos con el resto de la población nos lleva a buscar el matrimonio por las mismas razones, no debe haber impedimentos para ampliar dicha figura. No pedimos trato preferencial ni derechos especiales, sino el reconocimiento de la unión con esa persona que nos ha ayudado a cuidar a nuestros padres en su vejez o que nos ha apoyado en una crisis de salud. Las personas de la diversidad sexual siempre hemos existido. No somos una moda pasajera ni el producto de enfermedades mentales. No ponemos en riesgo las uniones ni la familia de nadie. Por el contrario, buscamos aceptación en el seno de la sociedad para fortalecer estos valores en común.

Carlos Fuentes Velasco / Fundación Igualitxs

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