El lazo blanco y unos obispos contestatarios

Esta noche he tenido una pesadilla en la que mi onírica y desbocada mente ha mezclado recuerdos adolescentes con realidades actuales. Era el año 1959 y estábamos en el mes de abril. En febrero había cumplido los 13 años, que era la edad mínima exigida para salir de penitente con la cara tapada y derecho a cirio en la cofradía de mi colegio: “La Hermandad de la Santa Vera Cruz”.

En el interior del templo estábamos congregados todos los nazarenos esperando con impaciencia el inicio de la procesión. Pero un extraño suceso se produce en ese momento. Delante del paso del Cristo crucificado aparecen en perfecta alineación, hombro con hombro, cuatro obispos que portan, cada uno de ellos, un cesto en cuyo interior se adivinan unos pequeños y numerosos trozos de telas doblados en forma de rosquillas y, asimismo, se aprecia que cada cesto está reservado para un color diferente.

La intriga por esta singular concentración de monseñores queda disipada en poco tiempo. El que estaba situado a la derecha de la formación tomó la palabra y se manifestó con suma gravedad de la siguiente forma:

“Estimados cofrades: desde que dimos nuestro apoyo al Alzamiento Nacional para derrotar a las hordas marxistas que amenazaban a nuestra nación, hemos sido fieles al caudillo y al régimen que estableció finalizada la contienda civil. Pero en estos 23 años transcurridos se han ido deteriorando hasta tal extremo los principios de la convivencia democrática y el ejercicio de los derechos humanos más esenciales, que sólo cabe actuar con la máxima contundencia frente a este régimen dictatorial. Así que por cada principio y derecho vulnerado, hemos decidido que los hermanos aquí presentes luzcan sobre su pecho un lazo que lo represente. El lazo blanco, que simboliza la vida, mostrará nuestro total rechazo a la existencia de la pena de muerte. Otro azul, que representa las libertades, será para protestar por las que han sido pisoteadas. Con el verde pretendemos manifestar la esperanza que anida en nuestros corazones para recuperar los valores democráticos perdidos. Y, por último, llevaremos un lazo amarillo para expresar nuestra indignación por la situación vejatoria y discriminatoria en la que se mantiene a la mujer respecto al hombre..”

Una vez pronunciadas estas palabras, los cuatro obispos se dirigieron hacia los penitentes y fueron colocando en sus pechos los distintos lazos hasta que, llegado el momento en el que sólo quedaban los hermanos mayores y el capataz por banderillear, atronó en la Iglesia el ruido de unos cascos de caballos al galope. Entraban por la puerta principal del templo y, sobre ellos, montaban unos individuos con uniforme gris que blandiendo unas porras extremadamente largas y delgadas, se dirigieron con actitud insólitamente agresiva hacia los obispos. En escasos minutos fueron golpeados, reducidos, esposados y sacados de la Iglesia con extrema violencia. Según se explicó con posterioridad, los que se disfrazaron de obispos eran unos alocados republicanos antifranquistas a los que se les ocurrió esta descabellada idea para mostrar su animadversión al régimen y a los que lo apoyaban.

Mi sueño terminó con el sonoro aldabonazo del llamador que propinó el capataz para ordenar a los costaleros que levantasen el paso e iniciar el recorrido procesional, mientras gritaba: “Para que estos cabrones acaben sus vidas a garrote vil, levantad el Cristo hasta el cielo. ¡A esta va a ser! ”

En ese mismo instante, el vecino de enfrente dio un gran portazo al salir de su casa. Seguramente, iría con prisas a una reunión a la que había sido convocado por su Hermandad. Él es el portador de la “Cruz de Guía” y está pendiente de que le confirmen si junto con la cruz habrá de llevar también un lazo blanco en defensa de la vida del zigoto.

¡Habrá que reconocer que los jerarcas de la Iglesia Católica Española han agudizado sorprendentemente su sensibilidad tras la muerte del dictador!

Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicas

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