El laicismo y la voluntad de construir una sociedad justa

A propósito de recordar los 100 años de la muerte de Eloy Alfaro. Recordamos que en una criminal confabulación entre jefes militares, guardianes, periodistas, aristócratas, curas y empresarios, el 28 de enero de 1912, asaltan al penal García Moreno, para asesinar, arrastrar y quemar a Alfaro y sus colaboradores en el parque, El Ejido de la ciudad de Quito, acto de barbarie que fue calificado como: ”La Hoguera Bárbara”. Pero la muerte no fue sino la victoria definitiva del “Viejo Luchador”  al recordar las palabras de Neruda: “Y aquí cayó tu sangre, en medio de la patria fue vertida, frente al palacio, en medio de la calle, para que la mirara todo el mundo y no pudiera borrarla nadie, y quedaron sus manchas rojas como planetas implacables”

Con el triunfo de la Revolución Liberal se inscribe uno de los eventos políticos de mayores proyecciones de la Historia del Ecuador: el pronunciamiento de la ciudad de Guayaquil por la transformación liberal. La fecha constituye una nueva época de nuestra vida nacional e inicia un cambio de reformas, como fortalecer al estado y regular las actividades económicas y modernizar la sociedad de ese entonces.

Para el año de 1896 con la fuerza de la convención Nacional, Alfaro logra la vigencia de una nueva constitución, en la que se libera al país de la ingerencia del Vaticano, se acepta la libertad de creencias religiosas, se introduce el laicismo en la educación, se instituyó el matrimonio civil y el divorcio, se reafirmaron las disposiciones contra la libertad y todo tipo de discriminación social y racial. Se eliminaron los diezmos y primicias, la contribución territorial y el trabajo subsidiario para los indígenas. Se afirmaron las tradiciones de libertad, condenando al coloniaje norteamericano. Se realizaron reformas muy significativas  en las acciones administrativas, fiscales, culturales y educativas. Todo esto como premio a su exilio, para dejar atrás las fronteras y hacer realidad sus pensamientos y sus escritos cuando desde Lima, escribía a Roberto Andrade, “La hora más obscura es la más próxima a la aurora”

El laicismo se define como esa voluntad de construir una sociedad justa y progresista, que garantice la dignidad de la persona  y los derechos humanos, asegurando a cada persona la libertad de pensamiento  y de expresión, en la igualdad de todos frente a la ley, en el respeto de la elaboración personal de una concepción de vida  que se funda  sobre la base de la experiencia humana individual. Una sociedad laica –de griego “laicos” del pueblo- como aspiración  universal, implica la conquista del saber y la “utopía laica”  representa entonces la aspiración del progreso, es decir, a más de las libertades, a más de responsabilidades, y desde este punto de vista, resulta fundamental.  

El laicismo implica la adhesión a los valores del libre examen. Valor laico por excelencia, el libre examen se refiere no solamente a la afirmación de un derecho, el de la absoluta libertad de  conciencia, sino y sobre todo la afirmación de un deber: el de no reconocer ningún dogma y de proceder con espíritu  critico en la discusión de las ideas recibidas, de todas las ideas impuestas comprendiendo en éstas aquellas ancladas en el fuero interno de la persona, considerando que las opciones –confesionales o no confesionales- corresponden a la esfera privada de las personas a nivel social ellas no constituyen verdades univocas o reveladas, sino expresan la búsqueda de emancipación respecto a toda forma  de condicionamiento, en el imperativo de una ciudadanía total y justa.

El laicismo valoriza las diferencias, consideradas como un enriquecimiento del patrimonio común, en el respeto de la integridad, de la absoluta libertad de conciencia y del derecho a la emancipación de cada uno. Valor laico por excelencia, la tolerancia, la tolerancia es el respeto de las personas, en tanto que individuos portadores de ideas, de creencias y de convicciones. De hecho la libertad de cada uno de nosotros se nutre de la libertad de todos  y la esclavitud de los otros que no permiten ninguna verdadera libertad. Libertad y verdad permiten orientarnos  también  en relación a las verdades religiosas, ya que, reconocernos en libertad como valor supremo, significa no aceptar el principio de autoridad en cuestiones de conciencia, que es un hecho que involucra el espíritu  y la elección individual. Consideramos que la meta ideal del laicismo, constituye la plenitud del pensamiento libre  y el humanismo en su expresión superior. Así sea.

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