El laicismo no nato liberar todas las drogas

Renunciemos a la prohibición y al castigo; a toda iglesia, a toda religión y sus prelados; y quienes así lo quieran, encuentren a su dios en la búsqueda de sí mismos.

Si como nos dice Foucault, sobrellevamos el legado de la cultura hebraica en cuanto a política se refiere, y no el de Grecia, entendemos entonces que “La política (es) considerada como un asunto de rebaños.” Y sus pastores, claro, que representan a Dios sobre la Tierra para funcionalizar los mandatos a la obediencia: los agentes de la política y su sustento doctrinal con el que nos relacionamos.

Pura madre que somos seculares; es precisamente ese fundamento el que nos determina en la política, mediada por Dios, o mejor, por la exégesis de lo que Dios nos debe significar con una unívoca noción de bien y de mal, y el mandamiento de la obediencia por la fe, a un canon moral muy constreñido. Que vitalmente nos orilla a abjurar de la responsabilidad propia, para abandonarnos a ese dictado que pervierte al lazo social, porque lo fragmenta; mientras, delegamos en élites el mando, sin programa propio ni configuración de nuestro deseo. Este también ha sido ocultado de nosotros mismos. El deseo es el útero de la responsabilidad sobre sí.

El programa entonces, es el que favorece a los sucedáneos contemporáneos de lo monstruoso aséptico e inocuo como dios -“Dios es cinco veces nada” (Foucault de nuevo) porque si fuera algo, no sería Dios- hoy, después de muerto ese Dios del mandato, lo mejor que se nos ocurrió fue el mercado perversamente vaciado de contenido.

Usurpado por el modelo basado en la desigualdad, el derecho a crear tus propios medios de subsistencia, pero además sin que nadie más los genere, se confunde al vicio y a la maldad con la miseria; y a la bondad, con la vida decente y acomodada. Un espejismo con su debacle en el que el valor del amor (lo vinculante) ha sido sustituido por su reducción caritativa que no es tal, ni solidaridad, ni compasión, sino perpetuación de la fractura y sus males: pura avaricia y vanidad.

A partir del surgimiento del bautismo como sacramento obligado, que se dio hasta cuatro siglos después del nacimiento de la iglesia de Cristo, a lo largo de los dos milenios -más o menos-, hemos creado un adentro de buenos y un afuera de legiones de malos equiparables a los excluidos.

Sometidos a esa obediencia admitida, nos juzgamos y juzgamos a los demás a la luz de esas nociones: pecado y culpa, bajo los que vivimos en un continuo expiar para alcanzar una trascendente tierra prometida. Ese lazo, nos pone en orden y en falta; pero también afuera y adentro de lo que es céntrico: el bien instrumentado ahora por la centralidad del Estado, sus agencias y sus agentes.

El canon nos concede un resquicio de libertad, que entonces, no es tal: el libre albedrío de la voluntad, pero para optar sólo por dos direcciones: lo bueno y lo malo en una tabla de diez que nos dicen nos fue enviada ex profeso.

Eterna minoría de edad, sistémicamente tutelada, -nos vigilamos todos a todos. El aparato nos registra y nos clasifica y nos controlamos mediante dispositivos, mecanismos a los que hacemos iglesia, ley, institución y política pública: para esa moral exigua.

Antes de proseguir con el falaz debate sobre la legalización de la mariguana -nosotros siempre en los efectos- habríamos de preguntarnos esencialmente, si ante el evidente fracaso de la propuesta de Occidente que basa el control en el reduccionismo, la irresponsabilidad, la obediencia y la “democrática” fractura, persistiremos en ello. Parece un suicidio colectivo de orden mundial. Hemos llegado a que la política comparada se ocupe de los diferentes estilos de vigilancia y persecución en los países “democráticos” y sus tasas de castigos.

Liberalizar el consumo de las drogas –todas-, en una sociedad de personas y colectividades responsables,  comienza por construir el entorno propicio: no todo consumo es adicción; ni toda adicción genera violencia. Al contrario, la violencia simbólica, superestructural y factual, es la que genera adicción y delito. ¿Hay compulsividades moralmente correctas, legalmente aceptadas y otras que no? ¿Los mercados que medran con las compulsividades, unos son buenos y otros son malos? ¿Por qué, porque son legales o ilegales? Toda compulsividad es calabozo, aunque sea la compulsión por el trabajo. ¿Quiénes y por qué trazan las fronteras? ¿Los casinos, dejan de ser malos cuando los legalizan? ¿Por qué es mala la mariguana? ¿Por qué el alcohol que es malísimo sí es legal? ¿Por qué no supervisamos el mercado de solventes inhalables con los que se envenenan los chavos porque los tienen al alcance y son baratos?

La prohibición de las drogas, obedece al miedo atávico al flujo subjetivo liberado, desconocido, e incontrolable…

Renunciemos a la prohibición y al castigo; a toda iglesia, a toda religión y sus prelados; y quienes así lo quieran, encuentren a su dios en la búsqueda de sí mismos. ¡Pasarla bien en esta vida cierta! Sin promesa…

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