El laicismo del ejército turco

Ahora que el Parlamento de Turquía ha elegido a Abdullah Gul, candidato del Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP, demócrata-musulmán), para que ocupe el puesto como Presidente de la República, veremos qué propone el Jefe del Estado Mayor, General Yasar Buyukanit, para hacer frente a “las fuerzas del mal”.

En un artículo presentado el lunes por El País (“El ejército turco afirma que 'fuerzas del mal' atacan al laicismo del país”), el capitoste militar aseguraba que su nación “ha sido testigo del comportamiento de fuerzas del mal que sistemáticamente intentan corroer la naturaleza laica de la República Turca. Cada día aparecen furtivos planes cuyo objetivo es destruir los modernos avances y arruinar nuestras seculares y democráticas estructuras".

Dicho lo cual, el periódico español afirmaba que el ejército en Turquía “es el principal garante de la laicidad del Estado […] Afanado en su defensa del territorio y de la separación entre islam y Estado.”

Bueno, es una forma de decirlo. Otra, mucho más elocuente, es la de explicar que el laicismo en Turquía no consiste en la separación entre religiones y poderes públicos, sino en el férreo dominio de éstos sobre las primeras, controlándolas, acosándolas y persiguiéndolas bajo el paraguas de un represivo código penal que impide el proselitismo en espacios y actos públicos. Y desde el punto de vista de la “defensa del territorio”, baste recordar la particular guerra contra el terror desatada por el ejército contra el “separatismo kurdo”, que desde 1984 ha dejado un saldo cercano a los 40 mil muertos.

Y, por cierto, al ejército turco se le atribuyen cinco golpes de Estado, no tres como asegura El País. Pues si bien el de 1997 y el de abril de 2007 fueron incruentos y no hizo falta sacar las tropas a la calle, lo cierto es que en ambos casos la cúpula castrense forzó a los respectivos gobiernos a plegarse a sus imposiciones. Aunque en honor a la verdad, si El País no llegó a considerar que lo sucedido en Venezuela en 2002 fue un golpe de Estado, con menos motivo habría de citar los dos últimos de Turquía.

A diferencia de lo que ocurre entre los ciudadanos turcos, quienes mayoritariamente entienden que la religión pertenece al ámbito privado de los individuos, las Fuerzas Armadas (TSK, en sus siglas en turco) tienen una concepción muy particular de lo que es el laicismo. Para los dirigentes de las TSK políticos, militares o funcionarios díscolos pueden y deben ser retirados de sus cargos ante la posibilidad, por remota que ésta sea, de que penetren los pilares de la República fundada por Atatürk. El resultado es la conversión de estos principios en una auténtica religión secular bajo la que se permiten todo tipo de actuaciones contra la disidencia, la oposición política o cualquier otro atisbo de amenaza contra el statu quo sobre el que se asienta la denominada (también por El País) elite laica, a cuyo frente se encuentra el ejército.

Pero los grandes medios no tiene empacho en presentar a esta elite como demócratas, impulsores del progreso y el acercamiento a Occidente, y al partido en el gobierno como islamistas que amenazan el régimen secular turco. 

Lo que hoy se vive en Turquía es una dura pugna entre dos tendencias burguesas [1] que poco o nada tiene que ver con la dicotomía entre secularismo e islamismo. Un pulso de enorme trascendencia cuyo objetivo es saber quién impondrá su agenda política y económica sobre el contrincante. Y en el que, por el momento, ha tomado ventaja el sector neoliberal liderado por el AKP de Recep Tayyip Erdogan.

Animado ahora por la consecución de la jefatura del Estado y del Ejército, su pragmática apuesta por conseguir que Turquía ingrese en la Unión Europea, le llevará a reformar cuanto sea necesario, aunque ello provoque la pérdida de privilegios con los que la elite laica había sabido dotarse durante décadas.

* Antonio Cuesta es corresponsal de Prensa Latina en Turquía

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