El laicismo como señuelo

NO falla. Cada vez que el Gobierno se siente acorralado por los embates de la realidad económica, filtra oportunamente un nuevo borrador de la Ley de Libertad Religiosa que promete impulsar la laicidad del Estado e implantar al fin la neutralidad de los poderes públicos ante las creencias religiosas de parte de los ciudadanos.

¿Cuántos borradores más vamos a conocer hasta que se decidan a sacar un auténtico proyecto de Ley de Libertad Religiosa y mandarlo a las Cortes para su debate y aprobación? ¿Cuántas veces más vamos a tener que escuchar que se trabaja en una "futura ley" que nunca termina de llegar? Ni sus mismos promotores lo saben. Lo que sí saben es que esto de la laicidad es el trampantojo que siempre se encuentra a mano para distraernos de la crudeza de la crisis.

No puedo estar más de acuerdo con mi compañero de al lado, Carlos Colón, cuando escribe que la confusión entre lo estatal y lo religioso-católico lo hemos sufrido mucho, "unas veces en forma de persecuciones a la Iglesia y otras en forma de persecuciones de la Iglesia". Delimitar estos ámbitos y separarlos en la práctica no sólo es una exigencia de la Constitución de 1978, sino que abortaría esa especie de maldición que alguien achacó a los españoles, condenados a ir siempre detrás de los curas, en ocasiones portando un cirio y en otras blandiendo una estaca. Un sino a romper.

Está bien, como se proclama en el enésimo borrador, que los símbolos religiosos queden excluidos de las escuelas, hospitales y dependencias públicas y que los funerales de Estado tengan carácter sólo civil, salvo que los familiares de los fallecidos soliciten lo contrario. Ahora bien, como dijo el otro, si no lo veo no lo creo. Si se tomaran en serio lo que dicen proponer, ya hay actitudes que podrían adoptar sin esperar a que cambie la ley. Porque este mismo Gobierno es el que ha mejorado la financiación de la Iglesia católica, hasta el punto de hacerla olvidar su compromiso de autofinanciación, el mismo que concede a esta institución un tratamiento fiscal privilegiado, el mismo que permite el deterioro de la enseñanza pública en beneficio de la privada y concertada (¡si hasta los ministros mandan a sus hijos a colegios lo más selectos posibles!), el mismo que da rienda suelta a los miles de alcaldes y concejales laicos que no se pierden una procesión o una romería, no en calidad de ciudadanos particulares que expresan así sus convicciones con todo derecho, sino de autoridades que presiden, se dejan ver y figuran.

No se equivoquen. El laicismo del Gobierno es un señuelo, un cebo para incautos, un espejismo de laicos vergonzantes que nos distraen con guerritas de despiste. Estoy dispuesto a pedir perdón aquí si los hechos demuestran que malpienso y me equivoco.

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